El héroe misófobo || Cuento de Fernando Vérkell

Ayer recibí una carta: una caligrafía temblorosa y apretada me informó que Molinaro, mi gran amigo de la infancia, murió dos semanas atrás y fue enterrado sin pompa. La noticia me desbarató la mañana; cancelé mis planes berlineses, desconecté el teléfono y me atrincheré en mi habitación. Cuando abrí las ventanas, varias horas más tarde, oscurecía. Triste y descorazonado, encendí un cigarrillo, contemplé la ciudadela, y recordé.

Molinaro nació en Roma la medianoche del 30 de octubre del 83. Su madre era de carácter autoritario, y los deportes preferidos de su padre eran la apatía y el desánimo. No tuvo hermanos ni mascotas y nunca se interesó por los deportes. Fue un chico enfermizo y sin sentido del humor, pero era afable y honesto, y muy inteligente. Nos hicimos amigos de inmediato.

Quizá la vida de Molinaro suene como un párrafo de Cumbres borrascosas, pero la culpa es mía: mi memoria es endeble, parcial y desagradecida. Confieso que me hubiera gustado falsear su biografía, pero los héroes representativos nunca son perfectos.

Molinaro era misófobo. Desarrolló su situación desde chico. Se lavaba las manos y los dientes cada treinta minutos y tomaba largas duchas dos o tres veces al día.  

En la escuela no hablaba con nadie y comía solo. Frecuentemente desinfectaba sus zapatos, el escritorio y los bolígrafos, y jamás nos tendía la mano.

Sufría ataques de pánico los días de gimnasia; sudar le producía mareos. Los chicos crearon un juego escatológico de precisión y velocidad: el autor del escupitajo más grande y viscoso que hiciera vomitar a Molinaro, recibiría una moneda por cabeza.

 El maestro de gimnasia era cómplice y verdugo, y sostenía que el chico raro era un farsante holgazán y mimado que necesitaba un escarmiento. Se empeñó en hacer de él un hombre, y lo torturaba. Recuerdo que una tarde de marzo, Molinaro reptó sobre barro y se desmayó. Su madre elevó una queja al director, y el enclenque fue envidiado por todos: recibió licencia para largarse temprano a casa y evitar al maestro-burro.

Molinaro, más tarde, resultó hábil para el ajedrez; y contra su voluntad compitió en algunos torneos regionales sin ganar ninguno. Jamás tocó directamente las piezas y siempre rehusó saludar a sus contrincantes.

Había educado a su estómago para nunca visitar los baños públicos; jamás comía en restaurantes por temor al cólera, y limpiaba su habitación varias veces al día. Rociaba desinfectante antes y después de accionar la llave del inodoro, y nunca bebía agua del grifo.

Se enamoró alguna vez, pero evitó cortejar a las chicas por temor a olores extraños y para evitar el inevitable intercambio de fluidos. Se ponía guantes quirúrgicos para masturbarse y sus padres le obsequiaron una cubierta especial para el teclado de su ordenador. Juró jamás ensuciarse. Pero una tarde rompió su promesa y me salvó la vida.

Una tarde lluviosa de agosto sufrí un accidente: volvía a casa en bicicleta y fui atropellado por un repartidor de pizzas, que huyó sin remordimientos. Sufrí heridas profundas y pensé que moriría desangrado. Antes de perder el conocimiento vi que alguien cruzaba la calle varias veces, desesperado. Era Molinaro. Me contó que luchaba consigo mismo, mientras me moría. Al fin, decidió ayudarme. Nunca supe si alguna vez había visto sangre real, pero me auxilió como pudo y avisó a los paramédicos.   

Fui llevado de urgencia al hospital. Molinaro, sin pensarlo demasiado, me acompañó en la ambulancia y pidió un antiséptico; minutos después llegamos a la sala de urgencias, y se empeñó en acompañarme y avisar a mis padres.

Sé que se arrepintió de inmediato: pensó que estaba en un infierno blanco: enfermos, enfermeras y olor acre a medicamentos; enfermedades, bacterias y gérmenes.

Molinaro sufrió un ataque de pánico y compartimos camillas. No soportó ver la sangre que fluía hacia mi brazo y huyó despavorido. Ya en casa, permaneció dos horas en la ducha y no volvió a salir en varios días.  

Regresé a casa dos días después con varios huesos fracturados y algunas suturas. Lo telefoneé para agradecerle. Balbuceamos algunas bromas estériles y Molinaro me hizo prometer que jamás volvería a desangrarme en público. No pude asegurarle nada, pero he tratado de cumplir mi promesa.

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Autor: Fernando Vérkell (Ciudad de Guatemala, 1989). Profesor. Dirige la revista digital El camaleón y escribe para el medio centroamericano Casi literal. Ha publicado relatos, reseñas literarias en revistas y antologías hispanoamericanas, y los libros de relatos Nebulosa (Mandrágora, 2014), El sendero del árbol enjaulado (Tujaal Ediciones, 2019), y la novela Káplan (Loqueleo, 2020). Vérkell es ateo, childfree, defensor de las libertades civiles, ciclista aficionado y lector.