La verdad: un diálogo entre Platón y Sócrates

Una noche en compañía del insomnio, nació este diálogo que podría ser la sátira de un Platón y un Sócrates envejecidos. Mi pretensión no es ofender a los verdaderos filósofos; sin embargo, algunos académicos suelen criticar la poca habilidad filosófica que hay en las obras de escritores no reconocidos; aunque, siendo sincero, me tienen sin cuidado. En este diálogo irónicamente hay algo de verdad, pues su tema central es la misma. Hay que aceptar curiosamente que Platón no haya dialogado con su maestro Sócrates como señal y oportunidad para retratar la plática entre estos dos: ¿Qué hubiera sucedido? ¿De qué hubieran hablado?

Nuestra imaginación nos invita a pensar la batalla entre estos dos monstruos del pensamiento filosófico si hubieran entablado un diálogo bellamente racional como simbolismo de una fraternidad sin límites, de un amor y de una búsqueda a la verdad con miras a evolucionar el conocimiento de la vida. Lejos de elucubrar, Platón y Sócrates quizá dialogaron a su manera sin dejar de reír e ironizar, rasgos que son inherentes a los genios y a los hombres genios.

Sócrates —¿Qué has venido a hacer a la plaza tan temprano, Platón? Yo estaba por irme. Pasé la noche observando la frescura de la oscuridad en el momento en que se ve arrebatada por el cálido amanecer.

Platón —¿Por qué la pregunta, Sócrates? No esperas que responda, ¿verdad? ¿O quieres comenzar a interrogarme a mí primero esta mañana?

Sóc. —¡Oh! ¡Creí que tú serías el que me interrogarías! He estado pensando en un asunto que me tiene pasmado y que es imposible olvidar. ¿Tienes tablillas donde escribir?

Pla. —Claro que traigo tablillas y estilo. Quizá no sea posible escribir todo cuanto digas, pero trataré de aprehender lo esencial de tu discurso.

Sóc. —¡Ea, pues! Mi preocupación no es la muerte, sino cuánto han creído en mí todos mis interlocutores. No soy lo suficientemente verdadero para decir siempre la verdad. Imagínate si siempre dijera la verdad. Ahora mismo estaría en un atolladero. Todas mis palabras tendrían que ser verdaderas. Hasta la descripción que he hecho sobre el amanecer tendría que ser tan perfecta y verdadera que palabra y objeto se corresponderían con tanta precisión que no habría más dioses, o si los hubiera tendrían que adaptarse a mis palabras. ¿Entiendes lo que digo?

Pla. —Por supuesto que entiendo. Si dices siempre la verdad no habría lugar alguno para la mentira. Entonces, tu ironía sería el rostro de la seriedad, amiga de la verdad. ¿Crees que si dijeras la verdad tendrías la oportunidad de preguntar por ella? ¿No sería esto ridículo?

Sóc. —¿Pero en qué momento la verdad es conocimiento? ¿No es cierto que hay verdad, pero también hay ignorancia? ¿No es acaso la ignorancia una verdad?

Pla. —Así lo creo, Sócrates.

Sóc. —¿Qué sucede cuando se ignora la verdad? ¿Deja de ser lo que es? ¿Cuál sería una verdad ignorada?

Pla. —Yo creo que se ignora la verdad. Déjame que te explique: no sé, por ahora, si la verdad existe o no. Pero lo que digo no sé si es verdad. Parto de la impresión que tengo sobre las cosas, pero yo no soy la verdad. ¿Cómo puedo comprobar que digo la verdad, Sócrates?

Sóc. —Exactamente a eso me refiero. ¿Qué sucede con la verdad? ¿Es necesaria o no? ¿La necesitamos o debemos conocerla para vivir seguros? Al parecer la verdad no es necesaria ni existe. Pero no podemos eludir la importancia que tiene en nuestro vocabulario. ¿Hasta cuándo tendremos la palabra “verdad” en nuestro vocabulario?

Pla. —Bien has preguntado, Sócrates. Si la verdad no desaparece de nuestro inconsciente colectivo es señal de su existencia y de que no podemos abandonarla. ¿Estás de acuerdo con esto?

Sóc. —No lo sé. Ha llegado el momento de partir. Después volveré al ágora para pensar en la verdad y en su carácter de evidencia. Adiós, Platón, pronto charlaremos.

Pla. —Adiós, Sócrates.

***

Autor: Víctor Hugo Espino Hernández. Licenciado en Filosofía por la UNAM. Ha publicado en el número 11  y 12 de «La sirena varada, revista literaria»; en la revista electrónica “Symposium”, “Acido para llevar”, “La barca de los locos”, “Perígrafo”, “Seattle escribe” y en el “Periódico lúdico de transgresión académica” que nació en la FFyL. Tiene aforismos publicados en un compendio intitulado: “I Concurso internacional de aforismos Encarnación Sánchez Arenas” editado en España por Playa de Akaba.

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