Corazón de cebolla, Literatura, Música

“El entierro de Cortijo” casi cuarenta años después

Quien escucha salsa y algo como un brinco animal empieza a sacudirle las caderas y los hombros, debe leer la crónica del puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá: El entierro de Cortijo; publicada en 1982, mismo año de la muerte del músico boricua. Pero también debe leerla quien haya nacido entre la pobrecía de Lima, Caracas, Cali, Ciudad de Panamá, San Juan, La Habana, Veracruz, Nueva York o cualquier zona candelosa que desde los años sesenta venga trasnochándose al ritmo de los cueros aguardientados por una descarga bestial de Cortijo y su Combo. Debe leerla quien se asuma parte del feliz mulataje y entienda que las madrugadas en el barrio no llegan solamente con sabor a salsa, sino que también truenan seco y duelen de cansancio.

El entierro de Cortijo no es una crónica excluyente (solo para la clase obrera), también pueden leerla quienes no tienen idea de cómo se bate el cobre escalinatas arriba o vereda adentro; si conservan un poco de sensibilidad hacia la palabra que narra, el discurso reflexivo, la mirada crítica, la historia caribeña y alguna idea más o menos clara sobre la lucha de clases, puede, cómo no, disfrutar y agradecer El entierro de Cortijo. El libro es un cuenco del que podemos beber muchos y todos saciar la sed.

La muerte del plenero mayor, en octubre de 1982, condujo a nuestro (para ese entonces joven) escritor puertorriqueño a Lloréns, caserío descrito por él mismo “como signo mítico de toda la criminalidad sobre la faz de Borinquen Bella”. Ahí, entre una muchedumbre bulliciosa y proletaria, yacía el cuerpo silente de Rafael Cortijo, cuerpo que sería cargado en pintoresca procesión de pueblo, hacia su entierro.

Desde las primeras líneas el cronista se devela ante el lector, le participa sin desparpajo su condición de clase, muy distinta a la de aquella turba entre la que se encuentra, se muestra física y socialmente lejos de ella, se define como “un blanquito de cara mofletuda, bigotes de punta al ojo y espejuelos” que aparece, Mont Blanc en mano, en el velorio de uno de los más destacados músicos latinocaribeños del siglo XX. Es importante e incluso necesaria esta presentación porque también deja claro que está allí como observador, no como doliente, no como fans lacrimoso ni como curioso de cuadra, sino como alguien que ha ido a “observar” lo más que pueda, para luego, en el reposo que activa la memoria y por supuesto sus trampas, escribir.

Esa distancia que marca entre la multitud de la calle Providencia y él, es definida por el autor con despliegue discursivo funámbulo, entre cinismo y confesión, entre ironía y sentencia. De entrada anuncia con qué hilo tejerá el texto: su perspectiva crítica e intencionadamente personalísima.

Perspectiva crítica, porque no se limita a describir espacios, presentar personajes, construir clima, disponer secuencia de hechos, sino que mientras configura las bases de la crónica, deja campo distendido a sus reflexiones, mismas que no están exentas de prejuicios que reconoce “de clase” (recordemos que se trata de un confeso “blanquito mallorquín” en mitad de un rito de mulatos, de un niño bien, dispuesto a mirar con ojo de científico social lo que luego dejó desparramar en tinta de crónica).

Gracias a esa especie de honesta conciencia marxistoide (no debe entenderse el sufijo como peyorativo, sino como intento de definir una posición de análisis que no muestra influencias de una sola corriente de pensamiento) a través de la cual van surgiendo ciertas lecturas de la realidad política de Puerto Rico, que nos ofrece asimismo un close up de las penurias históricas del Caribe latinoamericano.

Las reflexiones de Juliá aparecen enhebradas con voces de personajes, esto marca una intermitencia que nos permite ser testigos del acontecimiento (el velorio y entierro del gran Cortijo), dejarnos llevar por la memoria del narrador y establecer conexiones con la situación contemporánea de su propio devenir, casi cuarenta años después de haber sido escrita.

La presencia de Ismael Rivera, Orvil Miller, Cheo Feliciano, Elías Lopés y Ruth Fernández orbitando a distintos ritmos entre el gentío sudoroso y el cuerpo del plenero mayor, determina la bisagra que facilita al cronista definir el fenómeno que significó el surgimiento de la plena como música de la antillanía. Afirma que “la plena de Cortijo conservaba su profundo arraigo popular; evitó convertirse, como le ocurrió al jazz, en música formal, más hecha para profesores de filosofía que asisten a conciertos que para bailadores de cabetes inquietos”, dice además que luego de los tiempos de “cuartetos de trompeta asordinada y los dolientes tríos sentimentales” llegó “Cortijo con una nueva presencia social, la del mulataje inquieto que la movilidad traída por el desarrollismo muñocista posibilitó. La plena proletaria de Canario, la del barrio y el arrabal, se convierte en música del caserío. Para esa nueva música surge un nuevo medio: la televisión se convierte en el foco de luz que destaca no solo una nueva fisonomía musical, sino también una amenazante presencia social. El blanquitismo de los grandes clubes sociales y los salones de baile tiene que haber temblado ante esta nueva agrupación formada casi exclusivamente por negros”.

No se trata pues de una simple reseña con decorados de crítica de arte, se trata, sí, de una panorámica que muestra las dimensiones de impacto social que alcanzaron músicos salidos del denso engranaje popular con un ritmo de mágica y festiva negritud.

La crónica del escritor boricua nos recuerda también que asistir a un entierro no significa únicamente despedir el cuerpo de aquel que dejó de ser, significa sobre todo mostrar conciencia respecto de la levedad que determina nuestra existencia, congregarse alrededor de la muerte como quien se asoma a contemplar la sinuosidad del camino que pronto o más tarde se verá obligado a emprender, y que en este caso particular significa también entregarse a un “Caribe hispánico y barroco, novelero e impresionable” donde “la muerte exhibe (…) todos sus carismas”.

***

Muralista: Pablo Kalaka (Chile, 1975). Nació en Santiago de Chile y a causa de la dictadura militar es exiliado con sus padres a Venezuela, donde creció e hizo vida. Es pintor y muralista. Ha realizado murales y participado en festivales en varios países de América, Europa y el Caribe

Yanuva LeónAutor: Yanuva León Escritora y editora. Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Autora de los poemarios “Como decir cántaro” y “Lengua zahorí”.
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