Creación Literaria, Literatura

Dos maldiciones || Cuento de María Luisa Delfín

Senovia Expósito se arremangó la falda para airearse y profirió dos maldiciones al hilo antes de azotar la puerta. Era un jueves de agosto embadurnado de hastío. Juan Froilán la miró estupefacto. Nunca la había escuchado articular vocablos tan altisonantes y groseros, ni siquiera cuando estuvo a punto de morir arrollada por el camión escolar que había perdido la ruta.

La mujer pasó a su lado sin mirarle. Iba mascullando palabrejas ininteligibles entre aspavientos de manos y piernas. Era un basilisco hecho de carne y saliva, cuyos pies se enredaron cada cuatro pasos durante el trayecto al patio de lavar. De un soplo se quitó las mechas de la cara y espantó una mosca que se le había apostado en el cachete. Hizo el destendido, desenganchó los tendederos de las alcayatas, jaló una palangana llena de ropa en remojo y comenzó a menearla con el palo huérfano de un trapeador, todo esto tan bien ejecutado como si su aprendizaje proviniera de otras vidas.

De las bolsas remendadas de su delantal de mascotita, extrajo sendos puñados de alpiste que depositó violentamente en las jaulas oxidadas de dos pájaros pelones. A su paso fue recogiendo cacas del perro, cubetas vacías, juguetes desperdigados, revistas viejas. Regó el cilantro, la yerbabuena y las verdolagas, le limpió los mocos al más pequeño de sus hijos, se sobó la cintura, miró al cielo. En su camino de regreso metió un atado de leña en el calentador y se colgó a la espalda el bulto de las sábanas oreadas con un mecate prieto que agarró al vuelo entre los dientes.

Entró a la cocina por la puerta de atrás. Encendió la estufa. Descolgó una cazuela de barro de la colección exhibida en la pared y echó en ella media cabeza de ajo junto con un chorrito de aceite. Aclaró los pocillos sucios, enjuagó unas piezas de pollo, picó algunas calabazas y chayotes que luego sazonó con una pizca de sal en un litro de agua sin hervir. Bebió los restos de un café frío, encendió el radio y se dispuso a limpiar unos frijoles pintos mientras interactuaba en voz alta con los personajes de la novela de las doce.

Juan Froilán se acercó cauteloso. A punto de formularle una pregunta oyó a Senovia Expósito explicarle a sus jícaras la situación: de nuevo estaba encinta sin saber bien cómo. Seis chamacos –el más reciente aún en pañales– y ella sin comprender todavía el estrepitoso artilugio de la concepción. El marido retrocedió sin mirarle. Nunca antes en ese año se había sentido tan contento, ni siquiera cuando el Atlas se salvó de caer a la segunda división luego de una pésima temporada llena de angustiosos vituperios.

El hombre escogió una camisa entre la media docena de prendas recién planchadas del ropero, pasó el peine por su brillosa frente y se alisó las cejas con ambos dedos corazón en un recorrido elegantemente sincronizado. Se roció el cogote con siete machos, sumió la barriga, pescó el periódico y salió al rellano dando saltitos de gusto. Antes de emprender camino al zócalo alcanzó a pisar al gato, eso sí, sin malicia. Se le había enroscado entre las piernas para suplicar uno de sus codiciados mimos. Un diente de oro asomó por los pliegues de una espléndida sonrisa en el rostro almidonado de Juan Froilán.

Mientras leía los titulares bajo un cielo ungido con nubes coloradas, se hizo lustrar los zapatos y recortar los tres pelos necios que entorpecían su prestancia. Luego se apersonó en la cantina donde pidió una cuba libre, un platito de habas enchiladas y una canción alegre que hiciera eco a su incalculable júbilo. Instalado en una mesa con vista a la calle brindó por su hombría con todos los transeúntes conocidos y no. Horas más tarde, ya entonado a todas luces, dejó escapar un eructo dichoso, señal inequívoca de la necesidad de emprender el regreso para merecer sus sagrados alimentos.

Paró en la miscelánea de su compadre Eulalio a participarle la buena nueva. Fumó un alitas para festejar el acontecimiento –aunque no había probado el tabaco en dos estaciones por estar jurado– y se echó una partida de dominó en recuerdo de los viejos tiempos. Arribó a su casa al filo de las nueve según anunciaba el escandaloso reloj cucú de imitación, regalo de boda de sus suegros. Un apetito voraz le instó a solicitar unos frijoles llorones que deglutió con premura a consecuencia de su incipiente cansancio. Acto seguido se dirigió al dormitorio. Tanta era su euforia que el alma se le salía por las rendijas del cuerpo, casi estaba seguro de no poder conciliar el sueño aquella noche.

Senovia Expósito tapó las jaulas de los pájaros pelones con pedazos de un mantel navideño, recogió los restos de la cena y ralló el pan duro. Hurgó entre las cortinas de encaje para certificar la oscuridad del patio, metió al gato, sacó al perro, corrió los pestillos de las ventanas y apagó las luces de la sala. Bendijo a sus criaturas mientras una oración pletórica de culpas concluyó con la señal de la cruz. Unas gotas de sangre mancharon el piso del corredor envuelto en su particular silencio. Escondió el gancho metálico bajo la cama y se acostó a dormir. Casi estaba segura de poder conciliar el sueño aquella noche.

***

la foto (1)Marcela María Luisa Delfín Espinosa. He colaborado en el periódico Intolerancia con la columna “A cientos de kilómetros” y en la revista digital Insumisas con el Blog “Cómo te explico“. Mis cuentos han sido publicados en las revistas Letras Raras, Ochogramas, Almiar, Más Sana y Punto en Línea de la UNAM y antologados en “Basta 100 mujeres contra Violencia de género”, de la UAM Xochimilco y en “Mujeres al borde de un ataque de tinta”, de Duermevela, casa de alteración de hábitos.

He sido finalista del certamen nacional “Acapulco en su Tinta 2013”, ganadora del segundo lugar en el concurso “Mujeres en vida 2014” de la FFyL de la BUAP, obtuve mención narrativa en el “Certamen de Poesía y Narrativa de la Sociedad Argentina de Escritores”, con sede en Zárate, Argentina y ganadora del primer lugar en el “Concurso de Crónica Al Cielo por Asalto 2017” de Fá Editorial.

He participado en los talleres de novela, cuento y creación literaria de la SOGEM y de la Escuela de Escritores del IMACP y en los talleres de apreciación literaria del CCU de la BUAP.

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