La nota moderna, Música

Ígor Stravinski: Sinfonías para instrumentos de viento

Rezamos en calma. Un silencioso horizonte se extiende detrás de nuestras espaldas. En él, artistas, políticos y pensadores observan atentos. Nosotros, los nacidos, somos quienes enterramos a nuestros padres en el centro de nuestra cultura. Permitimos que sus cuerpos nutran las raíces de los frutos que nos alimentan. El rito que acompaña este entierro, como un regalo de la sociedad, nos abre un espacio para tratar los sentimientos e ideas que aún revuelan tras el ruido sordo de la muerte. Únicamente escuchamos un gran ensamble de alientos que proyecta por nosotros, con sus sonidos coincidentes, la calma con la que vocalizamos el adiós. En el tiempo detenido del rito los cuerpos se corrompen y las almas resucitan en el horizonte que nos hará compañía hasta nuestro entierro.

Ígor Stravinski, compositor nacido en Rusia en 1882, creció en San Petersburgo con un interés joven por la música mentoreado por el célebre compositor Nikolai Rimsky Korsakov. Viajó a parís a sus casi treinta años para completar una serie de ballets rusos comisionados por Serge Diaghilev, el visionario que catalizaría la obra del compositor más influyente del siglo XX. Así vivió una década de componer música esencialmente rusa. Admirado por su visionaria imaginación se sintió en casa entre los artistas de la época que le rodeaban.

En 1918 al escuchar de la muerte de su amigo y compañero compositor Claude Debussy, esbozó en papel pautado un austero coral para ningún instrumento en específico. Armonías claras y disonantes que, pese a su riqueza, son presentadas en gestos repetitivos que las pintan con tierna fragilidad. Un par de años después se publicó, entre otras piezas en homenaje a Debussy, con el revelador título “Fragmentos de sinfonías para instrumentos de alientos”. Esta sería una obra, compuesta para un gran ensamble de instrumentos de viento de madera y metal, que seguiría paso a paso la forma de una misa de difuntos de la Rusia ortodoxa.

Descrita por el compositor como “un ritual que se desarrolla en términos de cortas letanías entre distintos grupos de instrumentos homogéneos”, la pieza comienza con una serie de cortos materiales rítmico-melódicos que se presentan por bloques claramente definidos y contrastantes. El primero de estos; un estridente llamado de los clarinetes que inician el ritual. Este es de inmediato seguido por una brevísima sección del coral que dio origen a la obra, intermitentemente interrumpido por juguetones saltos en los oboes. Esta corta interacción del llamado y el coral se repite, dando paso a nuevo material: una vivaz melodía que se teje entre flautas, contestadas por un fagot en una breve danza. A lo largo de la pieza el llamado inicial y fragmentos cortísimos del coral dan paso al desarrollo de los materiales ya presentados, primero la melodía de flautas, luego la danza del fagot y por último; lo que inició como oboes alegres, reaparece orquestado con todo el ensamble en un veloz clímax. La constante reaparición de los materiales, como los colores de un rosetón, narra la forma del rito estático donde el tiempo se detiene por completo. Al terminar el desarrollo, nos quedamos a solas con el rezo del coral, esta vez despidiéndose de principio a fin. Los alientos, mezclados en distintos conjuntos cada vez, nos recuerdan a las voces humanas de un coro, que cubierto por un velo nos esconde sus palabras únicamente permitiéndonos escuchar la intimidad de las melodías que rezan. Las últimas frases de la obra, una más bella siempre que la anterior, nos roban el aliento como si de nuestra propia muerte se tratase.

Las sinfonías de instrumentos y alientos regresarían con las épocas a la vida de Stravinski con correcciones y nuevas versiones como lo hacen los eventos que nos obsesionan en recuerdos. Un rezo del pasado por asimilar lo que éste ofrece y enterrar lo que ha muerto. La última obra que compondría mirando hacia su país natal serviría de sepulcro no únicamente para su amigo Debussy y su música ya consagrada, también lo sería para sus recuerdos de Rusia a la cual no regresaría nunca más.

Fermín León SalazarAutor: Fermín León Salazar Compositor y seguidor de las artes. Mexicano de 20 años.
Escribo sobre la música que conozco y la manufactura detrás de ella.

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