Teoría de las catástrofes III: el proceso de la producción de feniletilamina al desencanto

Pensar en la figura y posición de Mariana podría hacernos caer desde lo alto de las expectativas en las que la descripción de una mujer como Julia nos elevó. A diferencia de la de Julia, la historia de Mariana Hernández resulta muy bien trazada: no hay espacios en blanco, no hay preguntas que hacerle a una personalidad difuminada: su figura está completamente delimitada, y la parte de la historia de Mariana que nos atañe es la que refiere a los años que pasó como la pareja sentimental de Anselmo Santiago.

“El número mágico, en su caso, fue el tres. Al tercer mes de residir en Oaxaca conoció a Mariana. Tres semanas bastaron para irse a vivir juntos. Tres años. Lo que algunos antropólogos y darwinistas afirman que dura la etapa que reconocemos como amor. Es decir, la etapa en que los cerebros de una pareja producen feniletilamina como dos máquinas desaforadas operando igual que el cerebro de un usuario habitual de anfetaminas. Al término de ese periodo, similar a una droga dura que deja de suministrarse de un día para otro, sobreviene la resaca insufrible y espantosa. Dichosos de aquellos que logran salvarla y sobrevivir en el intento, porque de ellos será el reino de los opiáceos. El estupidizamiento del matrimonio. El placebo del adulterio. O, dicho de otra forma, el carril lento de las endorfinas.
Este último no fue el caso de Anselmo y Mariana”. (p. 12)

¿Qué más puede ser una pareja sentimental que un monstruo bicéfalo? Compartimos, damos, ofrecemos todo; damos los mismos pasos, perseguimos los mismos intereses y profesamos la misma cantidad de amor que el otro; planeamos, cancelamos y replanteamos; pero juntos. Siempre juntos. O eso parece. La importancia de que este monstruo que resulta ser una pareja sentimental tenga dos cabezas (a pesar de compartir el resto de las extremidades) es que, aunque parezca que estos dos sujetos son uno mismo, jamás se puede asegurar que lo que el otro piensa, dice y siente es exactamente lo mismo que profesa: al final, son siempre dos personas independientes que, aunque en los mejores momentos y con toda la disposición del mundo se juraron amor eterno, en un abrir y cerrar de ojos, pueden tomar la decisión de darle un rumbo distinto a sus vidas. Así de estable, seguro y confiable es el amor.

La dificultad que encontramos en querer describir o descubrir a Mariana sin que sea a partir de la figura de Anselmo no es un caso extraordinario, y se recrea a diario tanto en la vida cotidiana como en la literatura. En algún punto de nuestras relaciones, dejamos de ser pares para convertirnos en el subordinado del otro; de pronto, creemos que, ya que decidimos formar un proyecto de vida en conjunto, la voz de uno puede sustituir a la del otro y nos vamos diluyendo: dejamos de ser a partir de nosotros y empezamos a serlo a través del otro.

Mariana Hernández pertenecía a una familia de clase media-alta que residía la mayor parte del tiempo en la Ciudad de México y defendía los valores de la familia tradicional. Se afilió desde temprana edad al Partido Comunista de México, del que desertó por creer que sus convicciones feministas chocaban con la hegemonía androcéntrica del partido. Llegó a la costa de Oaxaca con un grupo de profesores y estudiantes de la UNAM. Nació con diabetes tipo uno. Estudió Educación en la Universidad Pedagógica Nacional. Hizo algunas estadías en Berlín, Barcelona y California. Volvió a la Ciudad de México con sus padres. Se escapó a Oaxaca, conoció a Anselmo y, al cabo de tres semanas, se instaló a vivir con él.

Durante el tiempo en que se gestó del movimiento magisterial, Anselmo no tenía trabajo y ella cobraba por sesión. No tenían muebles salvo unos cuantos, pero tenían grandes expectativas para el futuro, aunque a todas luces tenían ya una relación desgastada. Mientras vemos cómo Anselmo se adentra en el universo anárquico de Julia durante el plantón, Mariana permanece estática, trabajando para poder sacar adelante su relación en lo que Anselmo consigue trabajo, pero a pesar de no estar inmersa en el movimiento, sí sufre la violencia del final del movimiento.

Víctima de la diabetes. Víctima del momento histórico. Víctima de un intento de violación. Ataque sexual. Tortura. Así como es complicado despegar a Mariana de Anselmo, resulta aún más complicado despegar a Anselmo de todas las circunstancias que arrastraron a Mariana, la agotaron y la quebraron, hasta romperla finalmente, como una presa en una ola grande y accidentada, que terminó dejándola en reposo, sola y con la necesidad de reinventarse.

“Noviembre era el último mes que contemplaba el contrato de arrendamiento que habían firmado por un plazo de tres años. Como ninguno de los dos tenía forma de continuar solventando una renta por sí mismo, optaron por no revalidarlo. […] Su parte de los muebles, o lo que quedó de ellos después del saqueo, también se lo cedió Mariana a Anselmo. Era como si no quisiera arrastrar consigo nada que hiciera referencia a esa época”. (p. 406)

La que sería descrita al principio como la gran mujer que Anselmo conoció en el Café Central y que no dejaba de comérselo con los ojos mientras sonreía, en medio del fulgor, producto de la mezcla de su perfume y el humo del tabaco, se convertiría al final en la mujer que, sin importar el clima o la temperatura, no se quitaba los lentes oscuros y el gorro de estambre tejido; aquella mujer que, en contra de su espíritu independiente, tuvo que recibir dinero de sus padres para pagar el médico y regresar a vivir con ellos, sin la más mínima huella de lo que alguna vez fueron sus planes para el futuro.

Resulta lamentable pensar en una historia como la de Mariana, pero tal vez, de una manera más amable, puede ser vista como una oportunidad que, a pesar de haber llegado de forma violenta y desgarradora, le dio la fuerza para terminar con una relación que la había dejado estancada durante los últimos tres años. Tanto el estado de Oaxaca como Mariana, tenían que reposar para sanar, seguir creciendo y volver a echar raíces con esperanza, amor y valentía.

María Fernanda Murillo RodríguezAutor: María Fernanda Murillo Rodríguez “El humano está formado de un espíritu y un cuerpo, de un corazón que palpita al son de los sentimientos.” -Violeta Parra. Estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas, FFyL.

 

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