Cine

#LosCondenadosDeLaPantalla 1. Okja y las corporaciones: historia de lo que comemos.

El año 1977 marcó un antes y un después: de la era de evolución humana, el mundo se desplazó a  la era de la  in-evolución o de la in-civilización . Lo que se había construido mediante el trabajo y la solidaridad social empezó a ser disuelto por la depredación de un súbito proceso de desrealización […] La fuerza seductora de la simulación transformó formas físicas en puntos de fuga, entregó el arte visual a la propagación viral y vendió el lenguaje subjetivo al régimen falsificado de la publicidad […]. Así comienza el libro de Hito Steyer Los condenados de la pantalla, un libro que intenta comprender las consecuencias del internet y la era digital en la vida cotidiana y su complicidad con la multiplicación virulenta de las imágenes (Image-Virus, como dice Burroughs). En 1977 murieron los grandes relatos, los mitos que proporcionaban profundidad y sentido a la vida. Los héroes han sido reemplazados por las imágenes, las figuras de celebridades o la mera abstracción de una vida simulada en las pantallas.  El cine ha creado estos nuevos héroes e imaginarios que, lejos de proporcionar un sentido profundo de la existencia, nos deleitan con la superficialidad de las imágenes y su repetición hasta el hastío de modelos publicitarios. Ahora, con la aparición de los servicios de video streaming como Netflix, Blim, Claro Video y FilmIn Latino, el cine se ha mudado de medio, y el almacenamiento en la nube crea otro medio en el cual el cine tiene otras posibilidades, pero también otro tipo de mensajes. Así, esta columna se dedicará a comprender la producción audiovisual producida por y para plataformas de streaming como la nueva forma de construir imaginarios y sujetos.

Cuando nos encontramos con aseveraciones como (sin olvidar mencionar las anodinas y pretenciosas reseñas de El Universal): “es un cuento de hadas para adultos”, es “ecléctica… una misión de rescate de dos horas”, una  película que crea “conciencia sobre el veganismo frente a las malas políticas de las corporaciones de alimentos”, etc., entiendo que nadie ha entendido el filme, o, al menos, nadie ha querido reflexionar más allá de una cuartilla, escrita para llenar su columna semanal de recomendaciones.

Dirigida y escrita por Bong Joo Ho, director que se ha ganado un lugar en el género Thriller-Sci-Fi con películas como “Memorias de un asesino” (2003) y “Expreso del miedo” (2013), la película comienza con la presentación del Super Pig Project por Lucy Mirando. El discurso, al estilo Steve Jobs, hace alusión a los CEO’S de empresas transnacionales de enorme envergadura que buscan convencer al consumidor y a los medios de que la producción en masa de sus productos es eco-friendly, socialmente responsable y comprometida a mejorar la calidad de vida de las miles de millones de personas que habitamos este planeta. Este discurso es la parodia del más reciente discurso del capitalismo: ecocapitalismo. Lucy Mirando (Tilda Swinton) tiene razón, en parte, al afirmar que la producción de alimentos es cara, insuficiente y rezagada tecnológicamente, pero yerra con el tema respecto a los transgénicos y los alimentos genéticamente modificados. Tal vez, fuera del mundo hispano, algún reseñista o petimetre del cine ya se dio cuenta sobre la corporación ficticia Mirando y la corporación real Monsanto, porque Lucy, en repetidas ocasiones, se refiere a Mirando como “la empresa agroquímica más grande del mundo”. No es coincidencia. Las experimentaciones genéticas en semillas y animales más que inocuas y benéficas tienen serias consecuencias ecológicas, políticas y culturales, algo que Lucy Monsanto (error mío) no comprende. Dice que su padre era un ser humano terrible, psicópata, y limpiar el nombre de la empresa era su responsabilidad. Hay temor hacia los transgénicos a causa de las malas prácticas en el pasado por parte de dichas empresas (véase el documental “El mundo según Monsanto” de 2008) quienes, en su forma de corporación, piensan únicamente en el rendimiento de las ganancias y los negocios, como dice Nancy Mirando en la película: “Nuestro padre era un terrible ser humano, pero era bueno para los negocios”.

La narrativa de la empresa amigable, generosa y flexible se desbarata cuando ocurre el arrebato físico. Así son las empresas: no preguntan, arrebatan lo que consideran suyo, restando importancia hasta la obnubilación de los afectos y relaciones que se desarrollan en otros puntos geográficos ajenos a la empresa. Mija y Okja han creado un lazo afectivo  entre iguales, sin importar la especie. Tal lazo afectivo nos atrapa como espectadores y es el nudo narrativo de la película. La relación nada tiene que ver con  la manera en que tenemos a nuestras mascotas en casa, nosotros citadinos, sino más profunda, natural e incondicional. No es la típica historia de amistad humano-animal como Free Willy (1993) o Joe (1998), vaya, como King Kong. Resulta una amistad de alcance global y medial en tanto que la relevancia otorgada a esta amistad por parte de Mirando es clave para el éxito comercial de su producto. Para Lucy, quien representa el rostro de esta nueva industria, guardar la imagen aparente sobre el buen trato entre el productor de materia prima (granjero y Mija), la ideología ecofriendly y el consumidor final, es la otra piedra angular de la historia.

Sin embargo, el fracaso es eminente cuando la mentira es destapada ante los medios y aparece el verdadero rostro de la industria de alimentos: Nancy Mirando. Psicópata, es el adjetivo por excelencia usado dentro del filme. Psicópata es el nombre de la empresa. Al final, las relaciones públicas, marketing, publicidad, social media y un discurso bonito son sólo un tapón que intenta resanar las prácticas reales de las multinacionales. Su verdadera crudeza es mostrada cuando Mija, desesperada por rescatar a Okja, se infiltra en el rastro de Mirando. Hacinamiento, torturas, vejaciones y maltrato es lo que sufren los super cerdos. Aquí introduzco el contrapeso de Mirando: ALF (Frente de Liberación Animal). No es una referencia, sino es la inserción completa de un movimiento real fundado en 1976. Según su página oficial[1], ALF hace tres cosas: 1. Infligir daño económico a aquellos que lucran con la miseria y explotación de animales. 2. Revelar los horrores y atrocidades cometidos contra animales tras las puertas de las empresas, llevando a cabo acciones no violentas. 3. Tomar precauciones necesarias para no herir cualquier animal, humano o no humano. Este radicalismo ecologista no busca mostrar maniqueísmos, mas bien, intenta cambiar las relaciones existentes en el actual sistema de producción desde la vivencia personal. Plata, uno de los activistas, rechaza comer un tomate de supermercado porque conoce el cómo, dónde y cuándo los procesos que originaron el tomate. Sí, la película despierta una conciencia, pero no aquella conciencia simplona que nos obligaría a dejar para siempre la carne, es una conciencia que nos obliga a ser críticos con el origen de lo que comemos. Nuestra relación con la comida es tan superficial que nunca pensaríamos en todo el aparato que operó, desde el granjero hasta el vendedor, para que tengamos un kilo de arrachera en nuestra mesa. Este es el propósito real de ALF.

Al final, no es una típica película maniquea, en la que el gran corporativo es el malo malo, y los arrebatados son los buenos buenos, puesto que propone relaciones complejas entre globalidad, alimentos y afectos. No propone erradicar el sistema, como mencioné arriba, sino cambiar las reglas del juego y respetar a todos los participantes. En primer lugar, no engañando a los consumidores mareándolos con historias lindas y maquilladas. Segundo, tratar con dignidad a productores de materia prima, ofreciéndoles opciones justas y no arrebatándoles su modus vivendi, sus pertenencias simbólicas y culturales ni su identidad a cambio de una imagen empobrecida de sí mismos, oxidada por el dinero. Tercero, saber qué comemos y porqué no cambiamos nuestros hábitos alimenticios. La industria ganadera es la más contaminante[2], y no es necesaria, puesto que consumir carne, más que mantenernos saludables, nos da estatus.

Okja, entonces, resulta ser una película genial que lo mismo nos hace reflexionar y llorar mientras observamos el triste destino de los miles de super cerdos. Lo único que reprocho es la visión optimista del final (que no está mal, ya que la ficción permite moldear la visión que tenemos del mundo): la situación no empeora ni mejora, sino que se queda estática, lo que permite que la resistencia de ALF sea efectiva; Mija vuelve a casa con Okja y un pequeño super cerdito, en plena restauración de su tranquilidad personal, pero no la de todo el mundo.

[1] http://animalliberationfront.com/index.html

[2] http://www.fao.org/Newsroom/es/news/2006/1000448/index.html

David ParedesAutor: David Paredes(Ciudad de México, 1993)Estudiante de Letras Hispánicas en la UNAM y colaborador en Primera Página.  Ha publicado narración breve y poesía en revistas como Opción, La Colmena y EnEspiral. Baritono en Orfeón México y actor en la Compañía de Teatro ¡Adelante Teatro!.

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