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#LosCondenadosDeLaPantalla 1. Okja y las corporaciones: historia de lo que comemos.

El año 1977 marcó un antes y un después: de la era de evolución humana, el mundo se desplazó a  la era de la  in-evolución o de la in-civilización . Lo que se había construido mediante el trabajo y la solidaridad social empezó a ser disuelto por la depredación de un súbito proceso de desrealización […] La fuerza seductora de la simulación transformó formas físicas en puntos de fuga, entregó el arte visual a la propagación viral y vendió el lenguaje subjetivo al régimen falsificado de la publicidad […]. Así comienza el libro de Hito Steyer Los condenados de la pantalla, un libro que intenta comprender las consecuencias del internet y la era digital en la vida cotidiana y su complicidad con la multiplicación virulenta de las imágenes (Image-Virus, como dice Burroughs). En 1977 murieron los grandes relatos, los mitos que proporcionaban profundidad y sentido a la vida. Los héroes han sido reemplazados por las imágenes, las figuras de celebridades o la mera abstracción de una vida simulada en las pantallas.  El cine ha creado estos nuevos héroes e imaginarios que, lejos de proporcionar un sentido profundo de la existencia, nos deleitan con la superficialidad de las imágenes y su repetición hasta el hastío de modelos publicitarios. Ahora, con la aparición de los servicios de video streaming como Netflix, Blim, Claro Video y FilmIn Latino, el cine se ha mudado de medio, y el almacenamiento en la nube crea otro medio en el cual el cine tiene otras posibilidades, pero también otro tipo de mensajes. Así, esta columna se dedicará a comprender la producción audiovisual producida por y para plataformas de streaming como la nueva forma de construir imaginarios y sujetos.

Cuando nos encontramos con aseveraciones como (sin olvidar mencionar las anodinas y pretenciosas reseñas de El Universal): “es un cuento de hadas para adultos”, es “ecléctica… una misión de rescate de dos horas”, una  película que crea “conciencia sobre el veganismo frente a las malas políticas de las corporaciones de alimentos”, etc., entiendo que nadie ha entendido el filme, o, al menos, nadie ha querido reflexionar más allá de una cuartilla, escrita para llenar su columna semanal de recomendaciones.