A las ocho en punto de la mañana | por Ray Nelson

Este 4 de junio se llevan a cabo las elecciones que definirán qué candidato será el nuevo gobernador del Estado de México. Esta ha sido una campaña muy sucia y de más está decir que, al menos en cuanto a política en el país, el proselitismo está a la orden del día: abundan los rostros amables que, en definitiva, esconden un lado muy oscuro que no vemos a simple vista, pues todos los candidatos se encargan de mostrarnos su mejor cara.

            Este cuento de Ray Faraday Nelson (1931 – presente) nos muestra esa otra cara de los gobernantes de nuestro mundo: hay siempre algo más. ¿Estamos realmente despiertos o sólo caminamos y vemos lo que queremos ver? Un cuento esclarecedor que fue utilizado por John Carpenter para su película They Live (1988). Un cuento perfecto para un domingo de elección (en el mismo tono, “La fe de nuestros padres”, de Philip K. Dick).

Esta versión fue realizada por Marco Antonio Toriz Sosa.

***

Al final de la demostración, el hipnotista dijo a los presentes: “Despierten”.

Algo inusual ocurrió.

Uno de los presentes despertó del todo. Aquello era un hecho sin precedentes. Su nombre era George Nada: parpadeó ante el mar de caras de los presentes en el teatro, al principio sin ser consciente de que hubiera algo fuera de lo habitual. Luego se percató: estaban ahí, entre la muchedumbre, eran rostros no-humanos. Eran los rostros de los Fascinadores. Ellos habían estado ahí todo este tiempo, por supuesto, pero sólo George estaba realmente despierto, así que sólo él podía reconocerlos como lo que realmente eran. Entendió todo en un instante, incluyendo el hecho de que si era demasiado obvio, ellos lo notarían y de inmediato le darían la orden de volver a su estado habitual, y entonces él volvería a obedecer.

Por intervalos,  George observaba los carteles que colgaban y mostraban fotografías de los Fascinadores y sus múltiples ojos a lo largo de la calle. Debajo de ellas, inscritas, aparecían varias órdenes, tales como “trabaja ochos horas”, “juega ocho horas”, “duerme ocho horas” o “cásate y reprodúcete”. Una televisión colocada en el aparador de una tienda captó la atención de George, pero él desvió la mirada de inmediato. Si no veía al Fascinador en la pantalla, podría resistir la orden: “siga sintonizando esta emisora”.

George vivía solo en un pequeño dormitorio. Tan pronto como llegó a casa, desconectó el televisor. A pesar de ello, podía escucharse el rumor de las televisiones encendidas de sus vecinos. Las voces eran humanas, la mayor parte del tiempo, pero ahora, de un momento a otro, él podía escuchar las voces arrogantes, los extraños graznidos de los alienígenas, semejantes a los de un ave. “Obedece al Gobierno”, decía uno de los graznidos. “Somos el Gobierno”, decía otro. “Somos tus amigos. Tú harías cualquier cosa  por un amigo, ¿no?”.

“Obedece”.

“Trabaja”.

De repente sonó el teléfono.

George contestó. Era uno de los Fascinadores.

“Hola”, chilló. “Habla tu control, el Jefe de policía Robinson. Usted es un hombre viejo, George Nada. Mañana a las ocho en punto, su corazón se detendrá. Por favor repítalo”.

“Soy un hombre viejo”, dijo George. “Mañana a las ocho en punto mi corazón se detendrá”.

El jefe de policía Robinson colgó.

“No, no pasará”, susurró George. Se preguntó por qué lo querían muerto. ¿Sospechaban, acaso, que se encontraba despierto? Era probable. Alguien podía haberlo notado, darse cuenta de que George no actuaba como el resto de las personas. Si al pasar un minuto después de las ocho él seguía vivo, entonces estarían seguros.

“No tiene caso esperar el final aquí”, pensó.

Salió de nuevo a la calle. Los espectaculares, los televisores o las órdenes ocasionales dictadas por los extraterrestres parecían no tener ningún poder definitivo sobre él, aunque todavía se sentía tentado a obedecer, a ver las cosas de la misma forma en que su amo deseaba que las viera. Entró a un callejón y se detuvo. Uno de los alienígenas se encontraba allí, solo, apoyándose en la pared. George caminó hacia él.

“Sigue caminando”, gruñó la cosa, enfocando sus letales ojos sobre George.

George sintió que su dominio de conciencia vacilaba. Por un momento la cabeza reptiliana se desvaneció, dejando ver en su lugar el amable rostro de un anciano ebrio. Por supuesto, el borracho era amable. George tomó un ladrillo y golpeó al anciano en la cabeza con todas sus fuerzas. Por un momento la imagen pareció difuminarse, luego brotó un tenue hilo de sangre azul-verdosa de la cara del reptil que cayó al suelo, retorciéndose. Después de un rato, el reptil estaba muerto.

George arrastró el cuerpo hacia las sombras y lo revisó. Encontró una pequeña radio en su bolsillo, además de un cuchillo tallado cuidadosamente y un tenedor. De la radio brotaba un audio incomprensible. Dejó la radio junto al cuerpo inerte del reptil, pero conservó los utensilios para comer.

“Es probable que no pueda escapar”, pensó George. “¿Por qué combatirlos?”.

Pero quizá él podía.

¿Qué pasaría si él podía despertar a otros? Valía la pena intentarlo.

Caminó doce manzanas hasta llegar al apartamento de su novia, Lil. Llamó a la puerta. Lil abrió, enfundada en una bata de baño.

“Quiero que despiertes”, dijo él.

“Estoy despierta”, respondió Lil. “Adelante, pasa.”

Entró. La televisión estaba encendida y George la apagó.

“No”, dijo él. “Quiero que despiertes de verdad”. Ella lo miró sin comprender, entonces George chasqueó los dedos y gritó: “¡Despierta! ¡Los amos te ordenan que te despiertes!”.

“¿Acaso estás loco, George?”, preguntó ella, sospechosa. “Estás actuando muy raro”. Él la abofeteó. “¡Lárgate!”, gritó ella. “¿Qué demonios haces?”.

“Nada”, dijo George, derrotado. “Sólo estaba bromeando”.

“Darme una bofetada no es una broma”, chilló Lil.

Alguien llamó a la puerta.

George abrió.

Era uno de los extraterrestres.

 “¿Podrían mantener el ruido a un nivel más bajo?”, dijo.

La imagen de los ojos amarillos y la carne reptiliana se difuminó un poco y George pudo ver el rostro vacilante de un hombre gordo en mangas de camisa. Todavía era un hombre cuando George le cercenó el cuello con el cuchillo de cocina, pero volvió a ser alienígena antes de tocar el suelo. Lo arrastró hacia el departamento y cerró la puerta de una patada. “¿Qué ves ahí?”, le preguntó a Lil, señalando aquella cosa, semejante a una serpiente con muchos ojos en el suelo.

“Señor… Señor Coney”, susurró ella, con los ojos llenos de horror. “Tú… acabas de matarlo como si no tuviera importancia”.

“No grites”, dijo George, avanzando hacia ella.

“No lo haré, George. Te juro que no lo haré… sólo, por favor, suelta ese cuchillo, por el amor de dios”. Ella retrocedió hasta que su espalda tocó la pared.

George vio que no tenía caso.

“Voy a atarte”, dijo George. “Pero primero necesito que me digas en qué habitación vivía el señor Coney”.

“La primera puerta a la izquierda, yendo hacia las escaleras”, dijo ella. “Georgie… Georgie, no me tortures. Si vas a matarme haz que sea rápido. Por favor, Georgie, por favor”.

La ató usando las sábanas de la cama y la amordazó. Luego buscó en el cuerpo del Fascinador. Encontró otra radio pequeña de la que brotaba un idioma incomprensible y otro par de utensilios de cocina. Nada más.

George fue hacia la puerta de al lado.

Cuando llamó a la puerta, una de esas cosas-serpiente contestó: “¿Quién es?”.

“Un amigo del señor Coney. Quiero verlo”, dijo George.

“Ha salido por un segundo, pero volverá”. La puerta se abrió con un crujido y de ella se asomaron cuatro ojos amarillentos. “¿Quiere entrar y esperar?”.

“Claro”, respondió George sin mirarle a los ojos. “¿Vives sólo aquí?”, preguntó él mientras aquella cosa cerraba la puerta, dándole la espalda.

“Sí, ¿por qué?”.

George se abalanzó sobre él y le cortó la garganta desde atrás, luego revisó el departamento.

Encontró huesos y cráneos humanos, una mano a medio comer.

 Encontró tanques con babosas gigantes y gordas flotando en ellos.

 “Las crías”, pensó y las mató a todas.

También había armas, de un tipo que nunca antes había visto. Disparó una por accidente, pero por fortuna no hacían ruido. Parecían disparar dardos venenosos.

Tomó la pistola, guardó todos los dardos que pudo y volvió al apartamento de Lil. Cuando ella lo miró, se retorció en una mueca de horror indefenso.

“Tranquila, cariño”, dijo él. “Sólo quiero tomar las llaves de tu auto”.

Tomó las llaves y bajó las escaleras hasta estar de nuevo en la calle.

El auto estaba estacionado en el mismo lugar de siempre. Pudo reconocerlo por la abolladura del lado derecho. George se introdujo en él, lo encendió y comenzó a manejar sin un rumbo fijo. Condujo por horas, pensando con desesperación en busca de una salida. Encendió la radio para ver si podía encontrar un poco de música, pero no había nada más que noticias. Eran todas sobre él: George Nada, el maníaco homicida. El locutor era uno de los Jefes, pero sonaba un poco asustado. ¿Por qué debería estarlo? ¿Qué podría hacer un solo hombre?

George no se sorprendió cuando vio el camino bloqueado. Se detuvo a un lado de la calle antes de llegar al punto de control. “No hay más viajes para ti, pequeño Georgie”, se dijo.

Ellos ya habían descubierto lo que había ocurrido en el departamento de Lil, probablemente estarían buscando su coche. Lo estacionó en un callejón y tomó el metro. No había extraterrestres en el metro, por alguna razón. Tal vez se consideraban demasiado buenos para tomar el metro, o tal vez ya era demasiado tarde en la noche.

Cuando finalmente uno de ellos abordó el metro, George descendió. Salió a la calle y fue hacia un bar. Uno de los Fascinadores estaba en la televisión, diciendo una y otra vez: “Somos tus amigos. Somos tus amigos. Somos tus amigos”. El estúpido lagarto sonaba asustado. ¿Por qué? ¿Qué podría hacer un solo hombre contra todos ellos?

George pidió una cerveza. Entonces, repentinamente, le impactó la idea de que el Fascinador de la televisión ya no parecía tener ninguna fuerza sobre él. Lo miró de nuevo y pensó: “Tiene que creer que puede dominarme para realmente hacerlo. El menor indicio de temor por parte suya, y el poder de hipnotizar está perdido”. Mostraron la foto de George en la pantalla de la televisión y él se retiró a una cabina telefónica. Llamó a su control, el Jefe de policía Robinson.

“Hola, ¿Robinson?”, preguntó.

“Él habla”.

“Soy George Nada. He averiguado cómo despertar a las personas”.

“¿Qué?… George, espera. ¿En dónde estás?”. Robinson sonaba casi histérico.

Colgó, pagó y abandonó el bar. Probablemente intentarían rastrear la llamada.

 Tomó otra línea del metro y fue hacia el centro de la ciudad.

Ya estaba amaneciendo cuando entró en el edificio que alojaba al más grande de los estudios de televisión de la ciudad. Consultó con el portero del edificio y luego tomó el elevador. El policía del estudio lo reconoció: “Eh, usted es Nada”, jadeó.

A George no le gustó dispararle con el dardo envenenado, pero tuvo que hacerlo.

Tuvo que matar a algunos más, antes de poder entrar en el estudio, incluyendo a todos los técnicos presentes. Afuera había un montón de sirenas de policía, gritos y pasos que corrían por las escaleras. El extraterrestre estaba sentado frente a la cámara de televisión mientras decía: “Somos tus amigos”, y no había visto a George acercarse hacia él. Cuando le disparó con la pistola de dardos, el alienígena se detuvo a media oración y se quedó sentado, muerto. George se quedó cerca de él y dijo, imitando el graznido del extraterrestre: “Despierten. Despierten. ¡Vean lo que somos y mátenlos!”.

Fue la voz de George la que se escuchó en la ciudad aquella mañana, pero fue la imagen del Fascinador. La ciudad despertó por primera vez y la guerra comenzó.

George no vivió para ser testigo de la victoria que se alcanzó finalmente. Murió de un ataque al corazón exactamente a las ocho en punto.

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