Etiqueta: España

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Rosalía es para siempre

Siempre encuentro muy necesario hablar, sugerir o escribir sobre por qué cualquier momento es perfecto para leer a Rosalía de Castro (1837-1885). La gran poeta de Galicia ha dejado su huella en la tradición popular gallega y en un sinfín de autores ulteriores; por ejemplo, en los Seis poemas galegos (1935) y en algunas de las Impresiones y paisajes (1918) de Federico García Lorca, en los relatos cortos de Manuel Rivas, así como en cantautores como Xoan Montes Capón, Luz Casal y Carlos Nuñez, quienes han musicalizado la “Negra sombra» del fenomenal libro Follas novas (1880). El otoño siempre nos invita a reiterarnos la fugacidad de nuestra piel, como si fueran hojas quebradizas de un otoño deshojado. Éste es el mejor momento, tal vez, para ir a las Hojas nuevas tan eternas y tan entrañables como la presencia de Rosalía de Castro.

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Un libro para la impureza: Los peces de la amargura

Escúchanos, Señor, protégenos de la maldad
y líbranos de toda mancha del alma

La impureza es, según la segunda acepción de la RAE, la “materia que, en una sustancia, deteriora alguna o algunas de sus cualidades”. Mísera contaminación que irrumpe un estado de perfección. Mezcla, degradación, deterioro. Sustancia indeseable.

Los peces de la amargura, libro de Fernando Aramburu, abre justamente con una emblemática dedicatoria dirigida a la impureza, una frase demoledora que planta cara a una de esas palabras desgastadas por el tiempo, que cargan a cuestas la historia de una cultura y una ideología creyente de las esencias puras y perfectas.

Dedico este libro a la impureza

Fernando aramburu
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Despertar - Aimeé Cervantes

Deleite || Cuento de Nieves Pascual Soler

Ilustración de Aimeé Cervantes Flores

“¿Después que he envejecido tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo?”

(Génesis 18.12)

“Ay, Alfonso, perdóname”, se recrimina Doña Augusta para sí misma en la puerta de la tienda de electrodomésticos. Alfonso, su marido, murió hace tres años, a los setenta y ocho. No es que Doña Augusta no sienta profunda su pérdida, pero siente deseos de deleite que crecen en la primavera y en el verano. Respira a fondo una vez, yergue la espalda hasta donde le permite la desviación de la columna y entra con paso decidido.

El aire acondicionado alivia el calor hirviente de agosto a las cinco de la tarde. La tienda está llena de merodeadores que se benefician del fresco gratis.

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Soñar - Aimeé Cervantes

Muros, Mc Donald’s y Mönchengladbach || Poesía de Tomás Sánchez Hidalgo

Ilustración de Aimeé Cervantes Flores

El muro

Hemos aprendido a protegernos un poquito del frío, sí, pero demasiados de mis sueños en estos días son todogrises. Creemos en Dios, según como vaya el mes. Fase REM. Lo que a continuación se cuenta llega a mi rápido movimiento de ojos en un plano corto, en un technicolor vicioso. Drogadictos en un campo de concentración. Terminales. Estaban desnudos. Al tiempo, y en un palacio, una reunión de intelectuales. Y de ventrílocuos. Estaban, los referidos, aquéllos y éstos, igualmente desnudos. Una estación de trenes en Moravia. Locomotora: gimes rauda locura, demoledora: fiesta de los maniquíes. Oro, los dueños ya no existían. Kafka tenía razón: Praga no te deja salir. Si Europa fuera un tango*, o un parque temático sexual, te diría que setenta años no son nada, pero que se han disuelto para bien las fronteras. Al fondo, el Wrigley Field (y eso son un montón de chicles).

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Polinización - Aimeé Cervantes

En las entrañas de la poesía… || Poemas de Laura Fernández Valdés

Ilustración de Aimeé Cervantes Flores

Reino

Si te doy,

de nuevo,

mi número de teléfono

fingiendo ser otra,

con otro rostro y otras maneras,

¿me aceptarías,

                                     de nuevo,

en tu reino?

Si pudieras moldearme a tu antojo,

si por un momento fueras dios

y yo,

arena de la cual hacer un cuerpo,

si tus manos pudieran definir

                                     a través de un lienzo

la forma y fondo de tu amada,

y yo,

fuera el cemento

para imprimir a esa ninfa,

a esa diosa corpórea,

a esa autómata sin sueños,

a esa sombra idílica que te acompañara

a recorrer tu mundo

                                     agujereados los dos por el miedo.

 

¿Sería yo una firme candidata,

o continuarías mortificándome con esta crueldad,

que es,

en definitiva,

mi destierro?