Etiqueta: día de muertos

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Cenar con los muertos

Para todos los muertos y las muertas,

que aún no regresan a casa.

Para mi tito Fino,

 y todos los míos.

Bienvenidos.

Una vez leí un artículo, no recuerdo si en National Geographic o en otro lado, en el que un extranjero contaba su experiencia viviendo el Día de Muertos mexicano. Decía que no concebía cómo comíamos pequeños cráneos de dulce y llenábamos las calles de papel colorido con esqueletos. Se le hacía extraño que la muerte no estuviera ligada con el horror, con la tristeza, con el llanto, sino con la fiesta, el jolgorio y la comida.

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La difunta coincidencia de Fígaro

Mariano José de Larra (1809-1837) ha sido uno de los escritores decimonónicos en castellano que más influencia han legado en la escritura periodística hasta nuestros difuntos días. El 2 de noviembre de 1836, Día de los difuntos, apareció en “El Español” el artículo El día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio.

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Día de muertos: De difuntos y sus canciones

Esta tierra de panteones

De dolientes se ha llenado

Sobre las tumbas, hay flores

Que son ofrenda de los muertos

Y de los vivos, canciones

En el centro hay un ramo de flores recién cortadas. El aire que acaricia los pequeños pétalos amarillos trae consigo aroma de incienso, calabaza y pan caliente. Sal, agua, una cruz grande de madera, todo acomodado entre las pequeñas llamas de las veladoras de colores que alumbran el altar. Algunas gotas de cera caliente se funden entre las graciosas formas del papel picado. Los rostros nos observan fijamente a través del cristal de los retratos; miradas intercambiadas de uno y otro lado. Ya todos están sentados a la mesa. Entre vapores de nostalgia y chocolate caliente el ambiente se va llenando de historias y de risas y de canciones. Una lágrima, dulce como calaverita de azúcar, se resbala por los recuerdos. En esta noche de Día de Muertos, la vida y la muerte al fin han venido a cenar juntas.

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EL CULTO A LOS MUERTOS: EN LAS PROFUNDIDADES DEL LABERINTO

day_of_the_dead_display_at_disneylandCaminamos por las calles y viene al encuentro de nuestros sentidos una amplísima gama de estímulos: un ambiente festivo por doquier, disfraces de monstruos, de catrinas y catrines; en los mercados el dulce olor de las flores de cempazúchitl, los sahumerios, el pan de muerto, las calaveras de chocolate y de azúcar; el ambiente se llena de fiestas, los más pequeños piden su calaverita y los literatos que llevamos dentro salen del subsuelo a entonar cantos donde la flaca es la protagonista y va en busca personas o grupos que nos son queridos, si no es que de nosotros mismos. En México es común el sincretismo (si no es que el sincretismo de sincretismos) entre el Halloween y el Día de muertos. Sincretismo de sincretismos porque, si hacemos caso a las historias más difundidas, tanto Halloween como el Día de Muertos son el resultado de la mezcla entre tradiciones precristianas y cristianas, siendo el All Hallows Eve, y el Día de Todos los Santos domesticaciones de tradiciones celtas y de pueblos prehispánicos respectivamente. En nuestro país, en algunos lugares, especialmente en las zonas centro y sur, logran apreciarse aún ritos con rasgos indígenas.