Categoría: Letras

Un panorama de amplio espectro en torno al fenómeno de la palabra escrita

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Por las tardes – Poemas de Juan David Cárdenas

Al abuelo

En un alma vieja
sólo emerge la ausencia,
decía papá señor.
Ahora yo soy el abuelo,
o abuelito,
en los cada vez más frecuentes
días de parqués,
acaloradas tardes de dados musicales
con arepa y guarapo
como cuando era pobreza,
porque le cuento,
ahora soy rico,
ya no hay tanta guerra,
puedo comer
bien fritico
y con buena salecita
la papita en paz.

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«Poetas a la intemperie»: Doce autores contemporáneos al aire libre

Una docena de autores de edades variadas y geografías distintas se reúnen en una antología poética. Una docena de autores que hablan (y escriben) en español. Doce experiencias subjetivas del mundo se reúnen bajo un título: Poetas a la intemperie I. Una docena de prácticas poéticas son arrojadas en conjunto al aire libre. Ahora comparten su exposición al sol y al viento.

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Títulos para novelas por venir – Rodolfo Ruiz Vázquez

Sólo el segundo día pudo detenerse a pensar en el contenido que podría esconderse tras algunos títulos. Leyó: El estreno, Las ideas puras, Andanzas del impresor Zollinger, El estupor y la maravilla…Y luego: El niño que jugaba con la luna, El canto del pájaro, El peregrino ruso… Leía un título y cerraba los ojos. Dado que todavía no le era dado realizar su sueño (leer), lo ensoñaba.

Pablo d’Ors

El sendero de los pinos plateados

*

Tañidos con sabor a pan

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Cita a ciegas (contigo) – Poema de Rosa Martínez Guarinos

Mírate. Ya nunca regresará
ese aleteo de fiebre en tus mejillas,
te has convertido en una proyección
malograda de tu propia insistencia
y no sabes aceptar la derrota.
Desnúdate y observa
las primicias del derrumbe interior,
esa delicuescencia en que las formas
oscilan reagrupando contornos,
desbaratando moldes,
convirtiendo tu cuerpo en huésped
extraño de sí mismo.

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Los Narutos de Schalper – Ensayo de Steff Cárdenas

A propósito de mis casi treinta años, el otro día mientras veía el catálogo del sistema de streaming me di cuenta que últimamente se ha apostado mucho por la animación japonesa, lo cual me hace sinceramente feliz. Fui de la generación que creció viendo Caballeros del Zodiaco, Súper Campeones y La Visión de Escaflowne, sólo por un canal, y si alternabas a la competencia daban Ranma ½, Dragón Ball y Pokemón. Allá por los 90 las televisoras tenían una inclinación por el entretenimiento asiático y era el paraíso, aunque —a riesgo a que me escuche igual que mis tíos de mayor edad— ya nada es como antes. Sin embargo, por aquellos años, recuerdo muy nítidamente cómo las amistades de mi mamá (y algunos familiares) trataban de convencerla de que Pikachu era el diablo disfrazado de amarillo, que Ranma ½ me haría homosexual (nada tuvo que ver) y que las letras de los opening de Inuyasha —que me sabía en español y japonés— eran una forma de adorar a Satán; todo esto desembocó en una cacería de brujas en mi propia casa. Todos mis pokemones (los 150 originales) desaparecieron, mis tres decks originales de Yu-Gi-Oh! (incluyendo el de Kaiba y la rarísima —en realidad era bastante común, pero en la serie mencionaban que sólo había tres en todo el mundo— carta de Dragón blanco de ojos azules) y mi beyblade de Kai Hiwatari (con todo bestia bit) tuvieron la misma suerte. Hubo drama, llanto y enojos, me castigaron por desafiar a la autoridad, y terminé por desarrollar un hábito de ahorro para comprar mis cosas.

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«Creo en los aviones»: Una novela de Josemaría Camacho

He notado que en los últimos años me cuesta mucho trabajo terminar de leer un libro de narrativa actual. Me obligo a pasar sus páginas como quien en una peregrinación arrastra sus rodillas para expiar culpas, sangro, hago acopio de toda mi fuerza de voluntad, sufro hasta llegar a la meta. En varias ocasiones simplemente no he podido más y he tenido que optar por el abandono. Por eso me emociono mucho al encontrar un libro que me devuelve mi felicidad de lectora ingenua, ésa que no piensa en otras cosas más que en el placer de leer. Libros que llevo conmigo a todas partes de la casa. Leo un párrafo mientras deshebro pollo, leo unas páginas mientras hierve el agua, cancelo citas para seguir pasando con avidez mis ojos por sus líneas impresas. Eso me pasó con Después de matar al oso pardo (2021) de Josemaría Camacho.