Savia y sombra: entre la memoria y el olvido – Poemas Mario Benavides Fernández

Exilio

La infancia: aquella fue una edad mirífica,
de aromas inolvidables y dulces juegos,
al arrullo de una voz misteriosa
que desde el follaje nos llamaba al atardecer.
Nunca conocimos del todo aquel país,
pero la fragancia salutífera de los eucaliptos 
y aquel leve temblor de una brizna de hierba 
entre nuestros dedos infantiles,
nos conducían por azules senderos nocturnos, 
entre seres luminosos
de lentos párpados vegetales.
Después, nos dispersamos sobre la faz de la tierra.
En sus áridos caminos
nunca hallamos esa dulce vibración del viento 
entre la seda mágica hilada por árboles fragantes.
Voces. Sombras.
Huellas de una luz perfecta
extinguida hace mucho tiempo,
y el comienzo de una esperanza,
en el débil fulgor
de esa llama declinante
que se agita 
en el abismo de la memoria.

*

Olvido

Ah, cuando en la mañana
nos conduce la dulce voz del viento 
a los recintos azules del aire,
los eucaliptos arden en una llamarada negra.
Ronda entre sus ramas una luna de olor.
Presiente el viejo labrador senderos de silencio 
cuando contempla cruces anónimas, 
como rostros mudos, 
empotrados en el suelo blando de la colina.
Un perro late en el patio,
mientras la tarde 
se precipita en negras oleadas sobre la choza, 
donde un niño llora 
y donde la madre 
deshace la trenza de largas hebras plateadas.
En aquel tiempo bordeaba el río nuestra casa 
y eran sus pies de espuma, ceniza blanca, 
agolpados susurros de la hierba fresca tronchada.
¿Pero quién, quién se sobrepone al tiempo?
Antes, voces infantiles surcaban el azul del cielo.
Antes, frágiles cometas batían sus alas doradas.
Hoy recorre los recintos vacíos un viento olvidado.
A la cruz solitaria en el quicio 
nadie eleva palabras de perdición.

*

El camino

Al caer la tarde una oscura bandada 
cruza fugaz sobre el estanque plateado.
En el patio, donde sentado en un rincón
descansa el viejo labrador, 
la luz fugitiva del día se diluye entre las sombras.
Uno a uno se encienden en el cielo los luceros.
Anochece en el valle,
tiemblan las hojas de los eucaliptos, 
una voz se apaga en el sendero cercano. 
El viento que llega de tierras remotas 
trae consigo el milenario rumor de la noche,
mientras en su morada, 
el hombre apacienta con sus recuerdos el silencio.
El fuego, entrañable, arde en el hogar
y un rostro de mujer
ronda sigiloso en la cocina.
¿Aun recuerdas lo que perdimos?

Ven conmigo, 
ven conmigo ahora.
Sigamos el camino.
Ese camino de oro
detrás de las montañas,
ese camino que soñamos,
ese camino que nos promete
un país más allá del olvido.

*

Visión 

I

Lo antiguo,
lo velado por la sombra,
lo que el tiempo relegó 
a la fugacidad 
del instante perdido. 
¿Un nombre?
¿Un rostro?
¿Ese quebrase inevitable
de la luz en lo profundo
de la caja de tu pecho?

II

El viejo camino 
cubierto por las ortigas,
los muros rozagantes de antaño
abatidos por la hiedra:
no hace mucho 
los dioses entrañables del hogar
perecieron en hogueras de silencio.
Ahora te sientas junto
al muro derruido
de cara al solar inmenso
de la niñez 
dispuesto a atrapar 
en la red de la nostalgia,
cual mariposa fugaz,
el eco fugitivo 
de la voz de los mayores,
pero en medio 
de la tarde perdida 
sólo oyes
el sordo zumbido de las abejas,
el croar incesante de los sapos
y el avance implacable 
de la hierba meridiana
que apaga, 
poco a poco,
el último rescoldo 
de la memoria perdida. 

III

Una silueta
se abre paso a lo lejos,
en medio de una maraña
de brezos
y espinos,
luego parece flotar 
sobre el estanque
que anegan lotos
y libélulas prehistóricas.
Libre ahora 
de la pesantez del recuerdo,
un soplo repentino 
del viento
la arrastra al cielo.

*

Ante la tumba de los antepasados

No se quiebra el silencio
en esta altura prodigiosa 
cuyos contornos perfectos 
fueron perfilados por la luz
y donde el viento amolda a su fugacidad 
la forma eterna.
Lo que no conservó 
la desatenta memoria del hombre
la piedra lo atestigua 
desde su ilesa majestad milenaria:
no hay olvido 
donde el verde canta a la sombra,
donde una voz aun eleva en el aire 
la muda letanía de los muertos.
No, no es la muerte 
el final de este largo viaje, 
de este milagro llamado vida,
es la muerte el fin del recuerdo, 
el empeño ciego por destruir la memoria, 
ese asedio inútil de la nada 
en el que persiste la criatura humana.


Autor: Mario Benavides Fernández (Colombia). Magister en Filosofía Contemporánea. Actualmente, radica en Bogotá. De profesión médico veterinario, ha dedicado su vida profesional al campo de la salud pública. Ha publicado algunos relatos y poemas en distintas revistas mexicanas y colombianas.