El trago espirituoso – Cuento de Alberto Férrera

Macario Canizales de la Virgen es un santo popular de El Salvador, Sonsonate Izalco, mejor conocido por la tradición como un indígena curandero al que los habitantes adjudican varios eventos milagrosos. Cada año se visita su tumba y se le realizan rituales para invocar su protección a cambio de un poco de guaro.

Armando Perla se hallaba postrado a punta de plomo, observando con un ojo el alza hueca y su dedo a punto de ejercer presión sobre el gatillo. Muy pronto, los fardos retozantes iban a cesar de luces la osadía del hombre abatido, pero ni la inquebrantable astucia evitaría que consumiera la última gota de su botella de licor.

Frente al páramo de la cuadra, yace una choza envuelta por las melodías nupciales que brotan de los músicos callejeros; lugar de paredes lúgubres y borrachines asaltados en la acera por el peso de las botellas. Armando abría la puerta diariamente y cruzaba esas aceras que guardaba con cariño. Al mediodía, ya habitaba el final de la senda con un pequeño taller de lienzos, cuadros, tejas y comales confeccionados con los colores más acaparadores de su pincel. Luego de arduas labores, al compás del sol´, cayendo en sus manos agotadas, siempre se dirigía hacia los bares y burdeles que yacían a pocas cuadras del vecindario. Regresaba ebrio todas las madrugadas, preguntándose si algún día iba a acribillar su hambre perversa. Ay, pobre de Armando, que flagelaba constantemente las botellas fragmentadas en pequeños trozos de su pasado.

Una noche, camino hacia su bar de preferencia, recordaba los maltratos de su difunta madre, quien lo forzaba a pintar desde su niñez para ganarse la vida. Tan pronto descubrió que Armando tenía un talento nato en el arte, azotaba sus brazos y espalda para que sujetara el pincel entre sus dedos. A veces le era inconveniente mantener la tarea por sus temblorosas manos que no ayudaban. En estos casos que ameritaban decisiones extremas, la madre lo despojaba de comer por un día entero. Tan voraz era su hambre y poco graso la magnitud de su cuerpo; el pobre Armando llegó a adulto luciendo una piel desgarbada y sin brillantez, pero, de tanto pintar a entrecejos y rechines de dientes, terminó encontrando un gusto por su área. Pese a todo, pintar le evocaba un poco de placidez en el aura de los colores.

Habiendo llegado al bar, para su sorpresa, se encontraba cerrado con un letrero en la madera resquebrajada de la puerta que decía “En reparación”. Era inusual, porque su mente, divagando en el camino, lo hizo ignorar las calles vacías y mudas que aterrorizaron sus vellos. Toda la cuadra guardaba el tinte sombrío que impregnó en sus muchas pinturas realizadas con melancolía. Otra vez, a su mente vino el recuerdo de aquellas noches refugiado en el cuarto oscuro, mientras escuchaba los jadeos de su madre en la habitación de al lado. Perspicaz y sin vergüenza, ésta le daba pequeñas ráfagas de alcohol y lo enviaba a la cama, creyendo que la infamia haría que durmiera rápido y sin parlaches. La acción se frecuentó con costumbre cada que algo incomodaba a Armando. Por cada momento sobrio, éste se decía a sí mismo que algún día todo iba a acabar.

Parado afuera del establecimiento, se escuchó un eco a lo lejos que desmeritó cualquier recuerdo. La voz de groso modo, aullando sobre el pajar de los matorrales, iba acercándose cada vez más. Diez presuntos latidos conformaron el suspenso y, en un instante, Armando ya había volteado a ver lo que producía el fenómeno estremecedor: frente a él, un hombre bajo con sombrero de paja, un traje de hilo de maguey y algodón, con unos ojos profundos de tierra y un bigote de aspecto talante. “Mi nombre es Macario Canizales de la Virgen”, escupió de su boca con seguridad.

Reconocía en su semblante la mirada del júbilo extraviado y el letargo perpetuándose en todos los sentidos. Sin embargo, en el rostro de aquel extraño yacía un misterio, una esencia de la que no todos los hombres se hacen portadores. Armando supo esto desde el primer encuentro, pero todos sus pensamientos divagantes optaron por nublarle la conciencia, y su boca se limitó, nada más, a preguntarle qué deseaba de él. Éste, con sonrisa burlona, admitió que era la potestad inmaculada de la luz y la sanación, de los hombres alumbrados y encaminados al encuentro de lo divino.

Tras estas palabras, bastaron segundos para que el fulgor de las bombillas, la electricidad y la vibración del ruido se reanudara en los bares, los prostíbulos y los locales impregnados de la llama occidental de una sociedad lujuriosa en decadencia. En el pequeño descarrío de la mirada, aquel letrero pegado a la puerta del bar, había desaparecido, tal cual se marchó Macario sin aviso, pero abandonando una fragancia a caverna pútrida en el ambiente. Todo, en el desvarío del momento, parecía señalar que nada había ocurrido y que fue producto de la mente resacada de Armando. La noche en sus ojos había cobrado vida e ímpetu de necesidad: confundido, se marchó a su casa y empezó a asaltar el hígado a escarcha de cerveza y licor.

Al día siguiente, despertando con el pulso enfadoso en la cabeza, se arremetió en las profundidades de Izalco, preguntando a los viejos sabios ─esos que han guardado la mirada por siglos, presenciando el contoneo de los cipotes imberbes que, por primera vez, acaban la última gota de una lata de cerveza rebajada─. El nombre de Macario Canizales se escuchó por toda la cuadra, pero de tanto escupitajo a bravata de supersticiones, un viejo (que parecía, más bien, loco), le advirtió a Armando que rezara a este hombre o, de lo contrario, perdería todo lo que alguna vez tuvo.

Como dicta el precepto de la moraleja, pasaron los días sin que Perla obedeciera a los consejos sabios. Cada momento en el día iba carraspeando ya la garganta de tanto alcohol. Poco a poco, el sentimiento típico iba cesando, pues en vez de sentir el desahogo de la lengua y los hombros estribados, su cuerpo se atemorizaba por escalofríos y sentimientos de espanto.

En una de esas ásperas noches, el brujo tomado por santo se le volvió a aparecer, esta vez, pidiéndole que de él hiciera el mejor retrato. Aunque la actitud embarnecida de Perla fuera la primera a relucir, por una extraña razón, no pudo negarse ante los encantos de Macario. Dos largas horas bastaron y la cumbre de la pintura estaba por secarse. De pronto, despidiéndose la figura, advirtió a Armando que lo vería dentro de poco.

Tras la despedida provocadora, Armando no pudo dormir, enloquecido en la larga instancia de la noche. A cagalera de vuelo se esfumó a primera hora, sintiendo que hasta ya la suela desgastada de caucho se le esfumaba del zapato. Arremolinándose en una tiendita de armas, compró un revolver de fogueo diminuto y una caja de balas con la mitad de sus ahorros. “Esta es la noche”, se repetía seguidas veces.

La hora por fin había llegado; el tanque cargado de fardos y el guaro lo anunciaba: éste sería el fin de los días de sentencia, aquellos que acabaron con la jovialidad de Armando hace mucho tiempo. Sin embargo, el curso increpante de las horas se extendía y, Macario ni el olor degollaba en la atmósfera. Estresado, inmaculado, depresivo, nadie sabe qué volcó su mente en esos momentos. Armando Perla se hallaba postrado a punta de plomo, observando con un ojo el alza hueca y su dedo a punto de ejercer presión sobre el gatillo. Muy pronto, los fardos retozantes iban a cesar de luces la osadía del hombre abatido, pero ni la inquebrantable astucia evitaría que consumiera la última gota de su botella de licor.

En la insensatez y el disparate de los segundos, la profecía había dado paso a su jurisdicción; la choza, envuelta por las melodías nupciales, se hallaba amontonada en un desagüe de sesos y sangre. Todo un carnaval de cinismo había convergido a la noche. Los vecinos de los alrededores no se demoraron mucho tras el pitido imponente de la pistola, pero no encontraron algo con vida más que la pintura con el rostro de un hombre extraño, un viejo que se paseaba entre los sueños de los vecindarios y los beodos clavados en las laderas de los bares. A los días, la susodicha fue plantada en la plaza principal de Izalco, convirtiéndose con los años en el monumento de aquel ser de luz que atormenta a las almas de los impíos y se invoca con la tenencia ingrata de un mililitro de alcohol. Pero, más que el monumento de un espíritu andante, aquella obra evocaba los pasos de un pintor moribundo y lleno de dolencias sin sanar.


Autor: Alberto Férrera (Santa Ana, El Salvador, 2001) es un joven escritor, poeta y estudiante de Ciencias Jurídicas. Ha asistido a diversos eventos culturales, y ha participado en la presentación de libros, peñas poéticas y algunos talleres literarios. Asimismo, es miembro activo del colectivo santaneco Rescoldos Literarios y sus poemas han sido publicados en sitios divulgativos como El Norteño News y la revista Perséfone. Desde niño, adoptó un interés por el arte narrativo y cinematográfico, y jugó con historias que acrecentaron el desarrollo de su creatividad. A los trece años ingresó al colegio Bautista; sitio educacional donde comienza a surgir su pasión por la poesía; ahí creó sus primeros escritos y abordó un romanticismo entrañable en las letras.