Suspendida entre dos ruedas

Ilustración de Ximena Brócoli

Parte I: La vida y mis bicicletas

que pedaleo y me alejo de los problemas…

Mariano Blatt

Tomo el dobladillo de mi pantalón y con mis dos manos lo enrollo hasta que ya no da más de sí y queda a la mitad de mi pantorrilla derecha. Es precaución, pero también un lenguaje secreto y compartido que porto con alegría. Corroboro si todo está en orden, me ajusto el casco, me incorporo y dejo de tocar el suelo. Sólo vuelvo a pisar el asfalto cuando mi pie derecho se posa en la banqueta de un semáforo que interrumpe mi marcha. Así es más fácil frenar, pero, sobre todo, agarrar el impulso para continuar.

El inicio siempre es lo más difícil. Comienzan los jadeos, que en mi caso pueden llegar a ser bufidos o resoplidos si nadie me ve o me escucha. Y es que no hay nadie a mi alrededor. Hay coches, pero no son mis amigos. Simplemente los tolero, porque en el espacio de aguantarlos está la integridad de mi cuerpo. De repente, dejo de estar sola si veo a alguien más en bicicleta, y a menos de que tengan mucha prisa, decidimos acompañarnos en una danza paralela, en donde abarcamos entre los dos un carril. Su fortaleza es mi fortaleza porque nos volvemos un poco menos vulnerables en la calle. Alguna vez un amigo, después de haber ido a rodar juntos, reinterpretó al cursi Benedetti diciéndome: “En la calle, manubrio a manubrio, somos más que dos”. Me reí, pero pensé y sigo pensando que es cierto.  

El aire se alebresta en mis oídos y enfría mi cara. Cuando es invierno, aun con mi color de piel, la nariz se me pone roja. Pero el resto de mi cuerpo se calienta, y el sudor se produce como consecuencia lógica, y como señal de que estoy cabalgando.

Cuando hace calor, el camino es más cansado. Me bronceo al punto en el que siento que guardé una porción del sol adentro de mi cuerpo, y espero con ansias para volver a casa y bañarme con agua fría. Procuro no andar en bici hacia el oeste a las cuatro o a las cinco, dependiendo del horario, porque la vista se ve afectada por la luz solar.

Mi mente se aclara se aclara. Puede ser la circulación del aire que hace que las cosas literalmente entren por un oído y salgan por el otro. Tengo la velocidad perfecta para poder observar casas y árboles que en un coche no repararía, pero puedo avanzar más rápido que cuando voy caminando. Es el balance perfecto.

Después de estar un rato, el dolor de nalgas comienza a manifestarse, y se hace aún más patente cada que paso por un bache gigante. Intento esquivarlos, pero no siempre se puede. Pienso en las veces que he oído a un conductor quejarse de la falta de reparación del asfalto en ciertas calles y colonias. Concuerdo con ellos. Sin embargo, quisiera que tanto ellos como los delegados que “administran” el erario público, tuvieran en el catálogo de la memoria corporal la sensación de pasar por un bache en bicicleta.

Se avecina una pendiente. Hay que cambiar de velocidad. Una que te permita pedalear más, a ritmo constante, para subir sin mayor problema. Siento como si mis muslos se quemaran del esfuerzo. Pego mi tronco al manubrio, como si ese cambio de peso fuera realmente a ayudarme a subir. Vale la pena, sé que vale la pena, cuando toca bajar la pendiente. Entonces no hay más fatiga, sólo una aceleración cada vez más grande. No pienso frenar. Prefiero llevar la velocidad hasta sus últimas consecuencias.   

*

La historia de cómo aprendimos a andar en bici es el viaje del héroe o la heroína. Comienza con el mundo ordinario, y se detona con un llamado a la aventura. En mi caso, un triciclo Apache con asiento verde y compartimiento trasero amarillo, con cintas de plástico azules y blancas a los costados de cada extremo del manubrio, que arrancaba por diversión hasta dejar el manubrio pelón. Me arrepiento de haberlo hecho, pues aceleré un proceso de maduración que eventualmente llegaría: el de tener manubrios sobrios, sin cintas de colores, como son todos los manubrios maduros.

Mi triciclo no tenía ese tubo con agarradera en la parte de atrás para que los adultos impulsen a lxs niñxs. Nadie más que yo controlaba mis pedaleos. Mi ritmo era mío. Fui feliz ahí, a pesar de que muy pronto se rebeló mi naturaleza atrabancada y un poco dada al peligro. Por eso no sé y no quiero manejar coches.

Alguna vez mi pareja me dijo que el trauma primigenio de todxs no es que te quiten las rueditas de la bici, sino darte cuenta de que, con las bicicletas, no puedes pedalear en reversa. Después de un triciclo, todo en la vida es hacia adelante. 

Y como el show debe continuar, siempre hay un encuentro con el mentor. Podría asegurar que en la mayoría de los casos es un papá. Es una de esas pocas cosas hacen por tradición e incluso por una suerte de obligación. Podría ser también una mamá. Pero no, las mamás ya tienen demasiadas obligaciones. Enseñar a andar en bici es una de las pocas treguas que la sociedad les concede, y por eso es mejor delegarlas a la figura masculina. Me pregunto si es realmente una concesión o un castigo, porque ser mentora de una ciclista me resultaría de lo más divertido.

Así pues, mi papá me enseñó andar en bici. No tengo recuerdos tan concretos, sólo la sensación de tener unas manos grandes sobre las mías para curvear el manubrio y dar una vuelta. Quisiera decir que recuerdo el momento exacto en el que mi papá le quitó las rueditas a mi bici, pero sólo tengo el titubeo de mis manos y el posterior acompañamiento, cada vez más de lejitos, cada vez menos tacto y más observación, de mi padre.

Comienzan las pruebas. Ojalá y quitar las rueditas de tu bicicleta fuera el último de los desafíos, pero en realidad es la inauguración de sendas caídas, tropezones, choques, moretones, cicatrices y raspaduras por venir. Podría apostar también, que cada persona tiene LA caída traumática de su niñez. En el mejor de los casos, lo cuentas riendo, en el peor de los casos, tal vez fue suficiente para no haber querido volver a pedalear jamás.

Nuevamente, no recuerdo la caída. Sólo puedo reconstruirla a partir de la sensación corporal que se quedó conmigo: estoy acostada boca abajo, con la cara en concreto, y siento una rueda por mi occipital y otra en mis corvas. Mi papá y yo estábamos practicando como siempre en una cancha cercana, que se encontraba más elevada que el andador. Iba pedaleando, no calculé el final de la cancha y fue como si me lanzara un clavado con la bicicleta. Por suerte, la elevación era de no más de 40 centímetros.

*

La bicicleta con la que aprendí a andar, color azul cielo y amarillo, era heredada. También la bicicleta verde oscuro con la que fui creciendo. Cuando eres la hermana menor, siempre hay un resentimiento por no poder tener cosas nuevas, pero también un nivel de sensatez que te dice que, si las cosas ya están ahí, sería una estupidez comprarlas sólo por el hecho de que tú podrías elegirlas. Tal vez jamás habría elegido una bicicleta verde oscuro, pero funcionaba para lo que necesitaba. Jamás me decepcionó. Lo mismo con las computadoras, la ropa y los juguetes. Pienso en qué tanto de mi estilo o gusto personal fue elegido o más bien heredado, pero también en lo abrumador que hubiera sido para mí ser hija única o hija mayor. Tantas opciones, no sólo para ti. Sino para lxs que vienen en camino.

Hay un paso decisivo en el mundo de las bicicletas: decidir comprarte una de adulto o simplemente aceptar que las bicicletas fueron exclusivas de la niñez, mientras la tuya se empolva y se oxida en una bodega o la cochera.

Continué con el periplo más por inercia que por otra cosa. Mis hermanas acababan de comprarse bicicletas nuevas y no quería ser la única sin una, tomando en cuenta que, al tener una estatura parecida, ya no volverían a heredarme una bicicleta. Mi papá se ofreció a regalarme una si encontrábamos la ideal.

Fuimos a tres lugares. Había varias baratas y útiles, pero opté por la cara y bonita, debido a que era la primera vez que tenía la opción de elegir: una bicicleta vintage color rojo, pedales metálicos y asiento café. Pero me arrepentí al día de comprarla: era demasiado pesada, y el cuadro no estaba inclinado hacia abajo, sino que formaba una pequeña protuberancia. Aunque bajara lo más posible el asiento, me quedaba muy grande y era difícil subirme a ella. Concluí que era más feliz al recibir cosas heredadas que al hacerme responsable de mis decisiones de consumo. Dejé usar la bici tan pronto como llegó a la casa. En la preparatoria, sólo recuerdo haber andado por algunas calles vacías de la colonia Del Valle con la bicicleta semi-plegable de mi mejor amiga, quien siempre ha tenido una relación muy cercana con las bicicletas.

*

Sin embargo, todo lo anterior fue un preámbulo. Una introducción. Yo crucé el umbral con Juan. Tuvo que haber sido ahí.

Yo jamás había conocido a nadie cercano que se moviera por la ciudad en bicicleta. Me parecía una actividad completamente impensable. Las bicicletas cabían, para mí, en abstracto, sólo en parques o lugares boscosos. Pero él tenía una bicicleta desvencijada y le hacía muy feliz andar entre calles transitadas. También usar el transporte público. Dos características que probablemente muchos compartimos, pero que en ese momento me parecieron novedosas.

Ahora sé que jamás me volvería a esforzar en proyectar una imagen distinta de lo que soy, o incluso de lo que sí me constituye, pero no puedo evitar recordar con cariño la búsqueda adolescente de identidad, la urgencia por conocer cosas que ni siquiera podía concebir y por saber qué es lo que era en ese momento y cómo podía manifestarlo. La sensación de que el mundo es vasto.

El amor, en mi caso, no ha podido separarse de la admiración. Es una combinación peligrosa, porque comprendo que la admiración ha sido sistemáticamente un instrumento para ejercer poder sobre otra persona, casi siempre una mujer. Pero intento recuperar, si es posible, la idea de que el amor tiene que ver con las cosas que hace la otra persona que nos gustan, nos intrigan, que compartimos, o que no compartimos para nada, pero podríamos hacer porque nos sentimos convocados. Cada historia de amor es un viaje del héroe. El chiste es regresar al mundo ordinario con la certeza de que algo se transformó para siempre.

Así que comencé a salir en bicicleta cuando nos veíamos. Inició tal vez como una banalidad: el deseo de impresionarlo, de llegar en bicicleta al café donde habíamos quedado y que eso de alguna forma modificara su percepción de mí, y que eso jugara en mi favor. Pero pronto derivó en otra cosa, porque en primer lugar no creo que ese gesto moviera sus afectos de forma sustancial, si acaso una sorpresa momentánea, y, en segundo lugar, porque podíamos compartir esa actividad juntos, aunque fuera por poco tiempo.

Juan se fue lejos. Y nos regalamos mutuamente un abismo. El problema es que el mío fue un poema de Bolaño y el suyo fue un abismo real.

Después de semanas de tristeza, comencé a agitarme el letargo. Mi forma de hacer duelo podría considerarse una forma de aferrarse, pero no lo viví así: decidí volver a hacer las cosas que hacíamos juntos, sin él. O a hurtar pequeñas cosas suyas. Era una forma de tenerlo presente, sin sentir que me olvidaba de los detalles. De confirmarme que sí había sucedido lo que sucedió y que irreversiblemente se habían quedado cosas conmigo. Compré una Lubriderm con protección UV como la que usaba y me la ponía en la cara para poder olfatear, si no el olor “verdadero” —el que cada quien tiene en su particularidad, producto de sus feromonas— alguna de las esencias que lo acompañaban. Escuchaba en un loop infinito la canción de los Rolling Stones que sonaba cuando torpemente golpeé su pómulo con mi codo y fue el pretexto perfecto para darle por primera vez un beso. Compré un mosquetón para usarlo de llavero, como él lo hacía. Desde entonces he perdido dos juegos de llaves, pero siempre vuelvo a adquirir ese pequeño grillete de montañismo. Ahora son cosas tanto suyas como mías. A veces sólo mías.

(He tenido duelos donde sucede exactamente lo contrario: la reticencia o rechazo deliberado a hacer todo lo que hacías con alguien es una forma de encontrar paz mental. Se arma una fortaleza o un refugio con situaciones u objetos que jamás tocaron el ser de la otra persona. Pero ya escribiré sobre ello después).

*

Volví a andar en bici, esta vez por la ciudad. Esta vez siendo ciclista, recorriendo tramos cada vez mayores. Comenzó como un ritual y se convirtió en parte de lo que soy. Poco a poco desarrollé una sensibilidad que forzosa y gustosamente tiene que existir si decides emprender rodadas por la ciudad: la de estar alerta. La de contemplar a los ciclistas, la de cuidarse de los coches. La de poder escuchar una motocicleta de tu lado izquierdo sin siquiera voltear. La de calcular si alcanzas a cruzar la calle mientras un coche está pasando por un tope. Los ciclistas somos como el centauro, tenemos racionalidad y animalidad (me perdonará Bruno Latour por echar mano del falso binomio naturaleza-cultura). Poder y fragilidad. Estamos en el medio, y esa posición te permite generar otro tipo de sensorialidad y escucha. Con esto no quiero decir que estemos bendecidos con un don superior, pues también hay ciclistas con alma de convertible que te rebasan abruptamente, se mueven en sentido contrario o no tienen luces en la noche. Falta mucho por aprender. He de admitir que yo llegué a ponerme bastante cafre con los coches, a perseguirlos y a ponerme al “tú por tú” si me pitaban o me decían alguna grosería.

*

Era 2015. Tenía una bicicleta semi-plegable Benotto negra con verde fosforescente que habíamos adquirido en la Merced. A mi mamá le preocupaba que siguiera yendo a la facultad con una bicicleta tan pesada, y resolvimos que una bicicleta que pudiera cargar en el puente peatonal le daría más tranquilidad. El color fosforescente no me terminaba de convencer, pero con ella fue un flechazo a primera andada. Me sentía liviana, y con una posibilidad de movimientos más vertiginosos.

Pasaron dos meses. Era martes. Dejé mi bici donde siempre, atada a la mampara más cercana a la entrada con un candado de cable. La estacionaba ahí porque siempre había gente en la entrada. El problema es que tenía clase a las ocho, y es un horario poco concurrido. Mi teoría es que todo sucedió a eso de las 8:30 am.

Salí hasta las dos de la tarde, porque tenía clases de corrido. No vi la bicicleta en la mampara. Lo primero que pensé fue que seguramente la había estacionado en otro lugar. Caminé en el pasillo, fijándome en las otras mamparas, intentando esquivar lo que ya sabía que probablemente había sucedido. Seguí caminando, negándome la respuesta más obvia.

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Le hablé a mamá llorando. Perdóname mamá. Yo sé que no la habías terminado de pagar. Yo te la pago. Perdóname. Me la robaron.

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Fui con el abogado de la facultad.

—Hay dos opciones: podemos ir a un Ministerio Público y esperar a que nos atiendan hasta las tres de la mañana porque probablemente va a haber personas picadas y ensangrentadas o podemos levantar una denuncia en la universidad. Aunque eso sólo sirve para estadísticas. Déjame decirte que en promedio se roban una bicicleta al día en Ciudad Universitaria.  

*

Caí en una breve depresión de dos semanas. Un robo en la ciudad de México no es nada nuevo, ni nada original. Incluso, me considero privilegiada porque las veces que me han arrebatado cosas, no he estado presente en el momento. Sin embargo, hay una dimensión psicoemocional del trauma que todos reconocemos, pero que es difícil comunicar. En este caso, no podía concebir que me quitaran mi medio de transporte. Aunque supongo que, si a alguien le roban su computadora, no podrá entender por qué alguien le haría tanto daño quitándole sus archivos y su medio de conocimiento más cercano. Las secuelas de dejar de sentirte seguro en tu trayecto cotidiano son graves.

No quería seguir viviendo en la ciudad. Podrá sonar exagerado, pero me golpeó el ánimo profundamente. Publiqué en Facebook la canción de LCD Soundsystem, cambiando el título original por “D.F. I love you, but your bringing me down”. Estaba enojada y triste. Jamás había considerado en la posibilidad de vivir en otro lado, pero dejé de sentirme cobijada y pronto comencé a obsesionarme con la idea de vivir en un lugar donde casi no robaran bicicletas: Ámsterdam, Copenhague, Berlín, Londres. Comencé a seguir a sus embajadas en redes sociales, pensando que, aspirar a vivir en Europa, era la única vía posible para volver a rodar.

*

Dejé de andar en bicicleta por tres años. Fue la gran prueba.

*

Luego conocí a Luis.


Ilustradora: Ximena Brócoli (CDMX, 1996). Licenciada en comunicación visual por CENTRO. Actualmente colabora con la editorial de línea psicoanalítica Litoral Editores. Es ilustradora y también trabaja con textiles y libros y tiene dos perritos.

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