Racismo de baja intensidad

Parte I: Brown blur y el sudor temible

Como toda pareja estable, llega un momento ineludible durante una relación: la tarde que se destina estrictamente a ver álbumes familiares. Hay algo de ritual y enternecedor en el hecho de ver fotos de la persona que amas en las distintas etapas de su vida, en el develamiento a veces pudoroso de historias jamás contadas, no por falta de confianza, sino por no tener presentes ciertas memorias; memorias que, sólo a través de las imágenes, pueden ser detonadas.

Estábamos en la mesa circular del comedor, Beto, mi hermana, mi mamá y yo, hace aproximadamente cinco años. La mesa se encontraba repleta de fotografías. Mientras reíamos y aludíamos anécdotas familiares, y Beto se familiarizaba con mi cara de niña —que, según él, es la misma desde los ocho años, como si siempre hubiera sido una “pequeña adulta”—, tomó una foto de mi fiesta de cumpleaños número tres.

La foto es simple. Santiago, mi novio del preescolar —duramos muy poco porque se enamoró de Elenita, pero yo lo acepté con dignidad—, se está rascando el muslo con su mano izquierda y sosteniendo un palo con la mano derecha. Probablemente está viendo a su papá, o la roca volcánica que da en esa dirección. Está disfrazado de jugador de pumas. “Qué aburrida elección para él”, pienso ahora. En la esquina inferior derecha, una bola blanca: mi perro Botón. Lo amé tanto, que uno de mis primeros textos, escrito para una compilación de cuentos de la primaria, fue sobre él. Y yo, bueno, soy la niña que mira a la cámara, con el pelo negro despeinado que se sale de una peluca rubia, disfrazada de Angélica Pickles.

Cuando tomó la foto, Beto comenzó a reírse estrepitosamente. Yo no sabía cuál era la razón de su gracia, pero en cuanto me asomé, entendí. Había olvidado esconderla. Empecé a sentir cómo se me calentaba la cabeza, me sentía débil y comenzaba a sudar de mi precario bigote. El sudor temible. Lo conocía bien.

*

Nunca me ha gustado disfrazarme. Me parece que el costo es demasiado grande para el beneficio. Siempre he admirado a las mujeres que hacen sus disfraces desde cero y ponen empeño semanas antes para alguna fiesta de Halloween, pero las veces que he usado disfraces, no me siento cómoda. Sin embargo, no siempre fue así. De niña me disfracé de Blancanieves y de Bombón de las Chicas Superpoderosas. Pero al pasar los años las opciones se iban acotando. Y yo comenzaba a sentir vergüenza de mis elecciones en festejos pasados.

En mi secundaria, había una fiesta de día de muertos, en teoría sin alcohol, para recaudar fondos. Cuando estaba en primer año, recuerdo haberle preguntado a una amiga qué hacer, porque no sabía si disfrazarme:

—¡Claro que te tienes que disfrazar! Hay que pensar… Puedes disfrazarte… ¡De Pocahontas! O de Esmeralda… ¿Qué dices?

Terminé disfrazándome de Lydia Deeds de Beetlejuice en la versión de caricatura y todo mundo pensó que traía un poncho de Spiderman. Así que decidí dejar de esforzarme los siguientes años: fui una improvisada gitana (“¡te va muy bien!”, me dijeron) y un As de picas cuadrado que mi mamá me cosió.

No había muchas posibilidades para enmascararse.

*

En primero de secundaria, conocí a Katia. Estábamos juntas en la misma clase de inglés. El universo hace a las ñoñas y ellas se juntan y se prestan la primera temporada de Glee. En más de tres ocasiones me llamaron por su nombre. Y varias veces nos dijeron que teníamos un gran parecido. Jamás me ha molestado particularmente que me confundan con alguien, y a veces sucede que de tanto pasar tiempo con alguien comienza a haber una semejanza por adyacencia más allá del físico; sin embargo, nunca estuve de acuerdo con que nos pareciéramos. La forma de los ojos de Katia es muy distinta a la de los míos. Yo tengo la espalda ancha y Katia tiene una complexión más bien menuda. Katia tiene la barbilla partida y yo no.

Pero ambas somos morenas.

En mi último año de preparatoria, sucedió algo parecido. Estaba con mi mejor amigo platicando cuando un profesor se acercó y nos dijo “siempre que los veo pienso que son hermanitos”. Nuevamente, lo tomé como un cumplido, por la carga simbólica de la palabra “hermano”, pero lo cierto es que mi amigo tenía —el pasado que apunta a la muerte de una persona o a la pérdida de un vínculo, en este caso lo segundo— un gran espacio entre la nariz y los labios, que yo no poseo, y una frente bastante promedio en comparación a la mía, que es muy pequeña.

Una pista: las aseveraciones venían siempre de una tez que no era la nuestra.

¿La piel hace las veces de todos los rasgos físicos?

*

Cuando tenía quince años, hice mi primer viaje sin familia, sólo con amigos y la familia de uno de ellos. Tenían una casa en un condominio con albercas compartidas en Punta Diamante. Recuerdo las partidas de dominó hasta la madrugada y el terrible precio a pagar si una pareja perdía: caminar con dos capas de lentes de sol por los banquitos del bar de la alberca. Eso, aunado a un elevado pero no alarmante consumo de alcohol, daba un resultado infalible para doblar de risa a los ganadores y para que, la noche siguiente, mejoráramos nuestras habilidades como estrategas. Exudábamos lozanía e inmadurez.

En esos días conviví con dos primas de mi amigo que para mí eran intimidantes por su belleza física y por su absoluta bondad. Cumplían a la perfección con el estereotipo de unas “niñas fresas” por su estrato económico, el tipo de ropa que usaban e incluso algo que no sé describir bien, pero llamaré “el fenotipo” (narices delgadas, ojos claros, sonrisa “perfecta”, algo en las dimensiones del rostro). Sin embargo, en esa misma línea, agregaría que no eran mimadas ni superfluas, aunque su mundo me lo pareciera. Siempre me trataron bien. Un día, nos invitaron a la playa de Punta Diamante porque se verían con unos amigos. Cuando llegamos, el paisaje se componía de dos palabras: Spring. Break.

La playa estaba sucia y turbulenta, había demasiada gente, extranjeros jugando vóleibol, inflables y basura, edecanes y competencias de alcohol. Tal vez no fue realmente tan estridente, pero así lo repaso en mi mente. No quería estar ahí. Después de un primer momento de sentirme aturdida, me acostumbré y logramos encontrar a los mentados amigos. Nos dijeron que se estaban quedando en el Princess y que fuéramos a la alberca de ahí. No era necesario ir a la entrada principal, ya que el hotel tenía una salida que daba al mar. La señaló. Una de las primas dijo que no nos dejarían entrar porque ninguno de nosotros era huésped, pero su amigo le dijo que sólo teníamos que caminar seguros, como si lo fuéramos.

Algo me supo mal. Comencé a sudar. Tenía un miedo parecido al de meter alcohol de contrabando al Vive Latino, pero esta vez no traía nada. Ni vodka en una bolsa de plástico, ni cigarros. Ni siquiera gomitas. Nos dirigimos hacia el hotel. Mis pasos comenzaron a ralentizarse y una de las primas me miró con confianza, me sonrió y me dijo: “sólo camina segura”. No sabía bien cómo interpretar su comentario. Es más, no sabía bien qué significaba “caminar segura”. La mire nerviosa, pero agradeciendo el gesto. Cuando volví en mí, escuché que alguien me preguntaba: “¿A dónde?”. Era el guardia. Un hombre corpulento e imponente, con rasgos faciales muy diferentes a los míos y un tono de piel más oscuro. Pero café al fin, como yo. Todavía intenté jugar el juego:

—Voy al hotel.

Para ese momento, ya había sudor temible. El barro de mi piel se volvió maleable y pensé en que el guardia me castigaría por tener que limpiar la mancha sucia de un cuerpo derretido en el piso.

—¿Podrías mostrarme la llave de tu habitación?

—Es que la tienen mis papás.

—Mira, no puedes entrar sin llave.

La derrota fue fulminante. Y cuando no supe qué responder fue cuando todos, ya dentro, se dieron cuenta de que habían perdido a un miembro en la misión. Hubo un intercambio entre todos los demás, mis amigos y las primas de mi amigo volvieron. Sus amigos —y sospechaba que pretendientes— se quedaron adentro. Convencida, les dije que no se preocuparan, que podía quedarme afuera esperando. Me contestaron: “¿cómo crees?” aunque, bajo el gesto de empatía de sus primas, había un dejo de enojo. Sabían que no era mi culpa. Pero sí lo era. Me sentía avergonzada de haber arruinado un plan ajeno y también me sentí tonta cuando volteé a ver lo que llevaba puesto: una camiseta blanca holgada de hombre, unos shorts negros de futbol, un tankini del supermercado debajo, y unas crocs azules. Jamás he sido muy intuitiva con la moda o el estilo, pero entendí que la ropa genera una idea de nuestra persona más de lo que quisiéramos, o nos confirma datos (sean verdaderos o no) de la geografía de alguien.

Nos fuimos.

*

Hace unos meses estaba viendo Modern Family, debido a que se erigió como el bastión del comic relief en mi vida después de estar sentada todo el día haciendo tesis. Y, si bien esta serie, popular además entre las clases altas de Estados Unidos, no es el lugar para cavilar acerca de temas políticos y sociales, dos escenas concretas me llamaron la atención. En la primera, uno los personajes principales —Mitchell, un abogado homosexual— consigue un nuevo trabajo con una compañera de la carrera. Cuando entra a la oficina ve un retrato y emocionado exclama:

—¡Oh dios mío, son Michelle Obama y tú!

—…Es mi tía.

—Perdón. No sé por qué…

—Cálmate, culpa de blancos. Es Michelle Obama.

Y se ríen. Al terminar el episodio, cuando su excompañera y nueva jefa entra en crisis por ser una persona demasiado “fría”, Mitchell le contesta que no es cierto porque todos la quieren. La abraza, señala otra foto en la pared y dice:

—Incluso Samuel L. Jackson te quiere… Es tu madre con boina, ¿verdad?

—Sí.

Se corta la escena antes de saber qué sucede después, pero fue suficiente para tener una iluminación respecto al fenómeno que operaba detrás de esos chistes malos y mi experiencia de vida: La mirada blanca es bastante perezosa en términos de agudeza cuando la piel que se mira no es como la suya. Más que un defecto visual, es una falta de voluntad, que ha sido aprendida y perfeccionada históricamente.

Mucho se ha dicho, desde un prejuicio racista, acerca de cómo la gente asiática es igual entre sí. Sin embargo, creo que no se ha discutido tanto de este fenómeno cuando las personas son negras y morenas. Parece que 1) las personas morenas somos eso y nada más (no rasgos, no ademanes, no taras, no peculiaridades, no singularidades) y 2) lo que no es blanco, es un borrón marrón, o brown blur, como me gusta llamarlo, debido a que la palabra blur es una de mis favoritas en el inglés, pues puede traducirse de distintas maneras, como verbo o como sustantivo. Es borrar, empañar, difuminar, enturbiar, pero también mancha, falta de definición, vaho, algo borroso. Es acción y decisión de unos. Es convertirse en objeto y recipiente de una forma de ver para otros. Y no, no lo pensé por la gran banda, sino por una frase de una canción en la versión de inglés de Enredados que dice: “All those years living in a blur/ All that time never truly seeing/ Things the way they were”.[1]

*

Un día le platiqué a mi novio que mi sueño siempre ha sido disfrazarme de Katara, pues fue de los primeros referentes que yo tuve de una heroína prieta. Eso hizo toda la diferencia para mí a los nueve. Él me dijo que podía disfrazarme conmigo porque también es fanático de Avatar, pero de pronto se dio cuenta de que no había opciones, “a menos que me disfrace de Sokka” pero eso era raro, porque Katara y Sokka son hermanos. Me pareció elocuente, por decir lo menos, que él, como yo, como el mundo, descartara automáticamente poder disfrazarse de cualquier otro personaje, pues había un impedimento mayor: todos los demás protagonistas son blancos. Me di cuenta de que él tenía el mismo problema que yo había tenido diez años antes. Porque la simple idea es ridícula. ¿Cómo podría haber una Cenicienta prieta? La imagen, más que ser ofensiva, causaría una sensación parecida a la vergüenza, y probablemente sería leído como un aspiracionismo extraño. Una operación parecida sucede cuando las mujeres morenas se tiñen el pelo de rubio. Socialmente, a menos que seas Beyoncé o te blanquees la cara con maquillaje, no se encuentra “bien visto” por ciertos sectores sociales. Incluso es motivo de burla. Así que, es más fácil disfrazarte de lavadora o de la leche de «Coffee & tv» que de Beatrix Kiddo de Kill Bill.

Hay una prohibición implícita para la gente morena de disfrazarse de personajes blancos, y es que sonará absurdo, pero este impedimento, que más bien es una posibilidad impensable incluso para la misma gente morena —prohibición, al fin—, saca a relucir un problema político importante. Porque es más fácil —y urgente— ver la violencia desmedida hacia los cuerpos racializados en protestas o en espacios inseguros, que lo mucho que hemos interiorizado y pasado desapercibido respecto a nuestros propios cuerpos, o lo mucho que tenemos vedado por no “incomodar” a nadie y protegernos de las burlas.

Toda esta situación se vuelve más molesta a la luz del blanqueamiento de los escasos personajes morenos que existen en las películas. Nadie parece tener problemas con mujeres blancas disfrazadas de Jasmín de Aladín, o con los cosplays de Korra. Esta molestia tuvo su antecedente primigenio cuando fui a ver la película de El último maestro aire —la película más mala que he visto en mi vida, tan sólo después de Daniel y Ana de Michel Franco—. Para mi sorpresa y enojo, Katara y Sokka eran blancos. Y la nación del fuego —los malos—, quienes eran originalmente blancos en la caricatura, eran morenos. ¿Coincidencia? No lo creo.

*

El sudor temible se volvió una identidad. O una certeza. Y el brown blur, una carga, un castigo, algo que estaba pagando. En una clase social como la mía, donde mucha gente es blanca, me han gustado personas blancas casi en la misma proporción que personas morenas. Y, aunque no fuera clasemediera, ¿cómo podría no sentir deseo por las primeras? Si nos bombardean con la cara de *inserte aquí el rostro blanco del momento* todo el tiempo. He tenido varias citas, algunos amores, muchas decepciones. Como todas y todos, me imagino. Lo que puede resultar particular, o por lo menos restrictivo a cierto tipo de persona, es una voz que no se presentaba jamás con palabras, sino con el sudor temible. Una voz, que creo que, si pudiera traducirla, me decía: si te rechazaron, ya sabes cuál es la razón.

Me parece que esa frase no es excepcional en mí, aunque desearía que lo fuera. Probablemente muchas mujeres y tal vez algunos hombres son aquejados por ella, aunque esta tome, como un encantamiento, la forma que nos haga más daño. Directo al punto débil de cada quién. Personalizado y efectivo. Es decir: te rechazaron por tu peso, te rechazaron por ser muy alta, te rechazaron por ser muy bajo, te rechazaron por tener una nariz grande, te rechazaron por tener acné, te rechazaron por no tener chichis, te rechazaron por ser tímida, te rechazaron por ser más pobre. Te rechazaron por ser morena. Ding ding ding.

Lo primero que pasaba por mi mente, pero sin poderlo enunciar realmente, era: “es por eso”. Lo terrible de ese pensamiento tan acaparador y unidimensional es que la mayoría de las veces no es así. A veces, las personas sólo no se sienten atraídas hacia una, o les gusta alguien más, o simplemente la vida pasa. Pero nos paralizamos en lo que consideramos defectos. “Defectos”, por lo demás, no infundados, pues sabemos perfectamente qué es lo bello y qué es lo deseable en el imaginario social, al punto de que he llegado a normalizar el pensamiento de “probablemente no le gusten las chicas morenas” como si fuera lo mismo que decir “no le gustan las personas impertinentes”, como si no tuviera un trasfondo turbio, por decir lo menos.

También es cierto, y hay que decirlo no como una concesión sino como un hecho innegable, que hay personas a las que no les gustan las personas morenas. Ello puede estar relacionado con un contexto muy blanco, pero más bien, tiene que ver con el brown blur, con la imposibilidad de desear o de considerar bello un cuerpo racializado, porque las formas de mirar están demasiado condicionadas. Además, si agregamos el factor patriarcado, la cuestión se vuelve aún más compleja. Por lo mismo, creo que en mi experiencia ha sido más común ver parejas heterosexuales de un hombre moreno y una mujer blanca que la de una mujer morena y un hombre blanco. Tal vez la relación tiene que ver con cómo pertenecer a una minoría puede darte la posibilidad, que no la capacidad automática, de mirar de otra forma. Más cuidadosa, menos cosificadora. Es claro que, en mi caso, el sudor temible se potenciaba si la persona que me gustaba era blanca, puesto que una morena, incluso teniendo privilegios de hombre, podría entender tal vez lo que implica tener esa experiencia de vida; podía, sólo tal vez, mirarme con deseo. De la misma forma que yo le veía.

*

Después de darle varias vueltas, pienso que, si algún día salimos del encierro, me encantará disfrazarme de Katara en una fiesta, o de Selena Quintanilla, como lo hice alguna vez. Pero también de Dani de Midsommar, porque el tono de piel no tendría que quitar el hecho de que es un personaje con el que me sentí identificada y del que sin duda me disfrazaría por sus increíbles vestidos. Sí, sí, entiendo que los personajes son gringos y suecos pero, lo repito: ¿una lavadora sigue siendo más fácil? ¿en serio?

Esta resolución tiene dos aspectos a considerar: la primera, la necesidad tantas veces discutida de seguir teniendo una mayor representación de personas no-blancas en el arte y la cultura. En los últimos años se ha avanzado, pero la proporción sigue siendo abrumadora. En segundo lugar, la transgresión a la imposibilidad de no poder caracterizarte de un personaje por tu tono de piel. Tampoco se trata de un blanqueamiento o de querer ser exactamente como ellos. Sólo de dejar que cada quién haga lo que le venga en gana. Como una niña.

*

Cuando terminó de reírse, Beto me volteo y me dijo:

—¡¿Te disfrazaste de Angélica?! ¡¿Era tu personaje favorito de los Rugrats?! ¿Querías ser como ella? Eso explica muchas cosas…

Y me reí con él, aliviada.


[1] “Todos esos años viviendo en un recuerdo borroso / todo ese tiempo sin nunca ver realmente / las cosas tal y como eran” [N. del E.].

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