Repunteando el bolero: Historia, música, bohemia y arrabal

Para mi abuelo.
Por enseñarme a escuchar
entre el requinto de una guitarra

“Pasarán más de mil años
muchos más
y yo no sé si tengamos la eternidad
pero allá, tal como aquí, en la boca llevarás
sabor a mí”
ÁLVARO CARRILLO

Siempre hay amores que brotan implacables como la hierba entre las banquetas. Amores de besos entre callejones y de ruido de pasos ansiosos subiendo las escaleras. Amores de miradas como ascuas que anteceden al incendio. Amores que al morderlos llenan la boca de sabor a fruta madura. Amores que se intuyen entre el roce de un abrazo. Esos amores que bailan al vaivén cadencioso de un suspiro acompasado. Esos amores que resuenan en las paredes como el rasgueo de una guitarra. Entre las lineas de esos amores es que se escribieron las letras de los boleros.

Aquel ritmo que hoy suena al fonógrafo y a una vieja tornamesa girando a 33 revoluciones por minuto ha estado siempre rodeado por una atmósfera mezcla del aura de íntima proximidad y de los susurros pronunciados al oído.

El bolero nació entre los empedrados de Santiago de Cuba y maduró entre las copas de los bares y las cantinas mexicanas como hijo migrante de los músicos cubanos en Yucatán. Entre las letras del bolero se refleja ya su carácter ambivalente. A través de cada palabra se asoma una pequeña parte del anecdotario de la trova caribeña mezclada con el desgarrado misticismo de la lírica peninsular. Penas y dichas de amores forman parte de un solo afecto que se derrama e inunda los 32 compases que lo componen.

Heredero lejano de la contradanza española y de los tambores de la música afrocubana, el bolero creció sin mayores pretensiones, como un refugiado amparado por la guitarra y la percusión que acompañan los versos apasionados de un músico en la cantina.

Siempre en el entrelugar. Nacido sin patria definida ni unívoco autor probable. La canción mestiza, popular entre los ritmos populares. Boleros inspirados por el punteo yucateco del Guty Cárdenas resonaban en la profunda voz de cierto Flaco veracruzano a la mitad de una noche de ronda por los burdeles de la Ciudad de México. Por eso es que entre cada rasgueo de guitarra se oyen ecos de corazones y botellas quebrándose contra el suelo.

Luna que se quiebra sobre la tiniebla
de mi soledad, ¿a donde vas?
Dime si esta noche
tú te vas de ronda como ella se fue

Noche de ronda – Agustín Lara

Pero de un momento a otro el bolero salió del arrabal, echó a andar por la calle y se atrevió a meterse entre las figuras de esmoquin y vestido que tomaban vinos franceses en los grandes salones. El requinto seductor de una guitarra bastó para difuminar diferencias y cerrar espacios, porque a la mínima distancia con la que se baila el bolero, mejilla a mejilla, ya es imposible distinguir esas cosas de las clases sociales.

Y como cualquier otro huérfano apátrida, el bolero se aferró a la vida, sobreviviente de la revolución mexicana, de la primera guerra mundial y de las dictaduras militares en latinoamérica. Los compases medidos en quintillos cubanos acompañaron los amores de revolucionarios, agraristas, militares, cristeros, soldados rasos, policías, obreros, campesinos, aristócratas, niños, jóvenes, ancianos. Durante décadas hispanoamérica entera consoló sus penas suspirando como si fuera esta noche la última vez.

Ay, pero quiereme
sólo basta una sonrisa
para hacerte tres regalos
son el cielo, la luna y el mar

Tres regalos – Los Panchos

Y tras el fin de la guerra, el salto a la pantalla grande. El falsete de Pedro Infante y de Jorge Negrete resonando en las salas de cine y relatando todos esos amores que estaban fuera del protocolo. Amores imposibles. Amores prohibidos. Amores de serenata al pie del balcón. Pero también despechos, desplantes, desasosiegos.

El bolero siempre encarnó la aparente contradicción propia de los sentimientos desmesurados. Gozo y dolor, memoria y olvido, moralismo y libertinaje, todo discurso sobre el amor convergía entre los versos que llevaban del altar al adulterio. En el bolero entraron en juego no sólo los rituales y las formas del cortejo, sino también ese otro ángulo plagado de erotismo, sensualidad y voluptuosidad que se antojaban irresistibles.

Un cigarro compartido
y los dos mirando al techo.
Un olor que nos embriaga
que avergüenza de momento
y mi voz en tus oidos te asegura que te quiero

Como un bolero – Los Tres Reyes

¿Cuántos amores desaforados se buscaron impacientes bajo el resguardo de una paso de baile? Y en cada rincón fuera del cine, el reflejo de esos amores apasionados de la pantalla grande. Besos en la vecindad. Besos entre las milpas. Besos en los salones de baile. Añorados besos que se buscaron más allá de las normas establecidas.

Y llegaron los tríos históricos y los discos Orfeon y la música que llegó para quedarse. “Bésame mucho” de Consuelito Velázquez se versionó más de mil veces alrededor del mundo y Los Panchos vendieron más de quinientos millones de copias. Y poco a poco pasaron las décadas y el bolero convivió con el rocanrol de Elvis, con el mambo de Pérez Prado y con las guarachas de la Sonora Santanera.

Pero como todo, el tiempo corrió más rápido que el ritmo que marcó toda una época al pulso de un sentimental cuatro cuartos. Se formaron las grandes agrupaciones, la cumbia, la salsa, la música pop, el rock en español, y el bolero se quedó en ese lugar atemporal que siempre ha tenido el mal de amores. Desde entonces habita ahí, un poco en la memoria y un poco en el olvido de una sociedad que aún hoy se encarna contradictora como se pregonaba en cada canción.

Cada acorde y cada verso se han quedado suspendidos en el tiempo, congelados junto a las viejas fotos gastadas por los años, a un lado de las historias de los abuelos que hoy nos suenan como a través de un fonógrafo lejano. Cada bolero se ha quedado esperando el momento de resonar con el aire de un requinto, bajando por la memoria como unos dedos por la espalda acariciándonos el recuerdo.

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