Arte y feminismos: El desnudo desde la ‘otra’ mirada

El desnudo femenino ha sido una constante en la historia del arte occidental. A través de esta tradición, mayormente pictórica, el cuerpo de la mujer se ha reafirmado como un objeto de belleza y de contemplación para un espectador que, idealmente, siempre es varón. Este hecho, reforzado por la preeminencia masculina en el campo de las artes —es decir, por su agencia como creadores mismos de la representación—, ha generado una mirada unilateral sobre lo que ser mujer, y mostrarse como tal, significa.

En el arte europeo occidental, el principal protagonista nunca aparece en el cuadro. Ese protagonista es el espectador de la pintura, es un hombre, y todo va dirigido a él. En función suya las figuras han asumido su desnudez. Es un extraño que observa con sus ropas puestas.

John Berger, Modos de ver, 1972

Una mirada rápida a las categorías de “desnudo masculino” y “desnudo femenino” en las páginas de algunos museos como El Prado (Madrid) o el Metropolitan Museum (Nueva York) nos permite notar la recurrencia de este género en las artes visuales. El cuerpo humano —independientemente de su sexo— ha sido motivo de estudio, fascinación y representación; sin embargo, existen claras diferencias entre la simbolización del cuerpo femenino y el masculino.

Si bien la idea del “desnudo en el arte” ya trae a nuestra mente una serie de obras en las que la diosa Venus aparece como motivo principal, algunos acervos museísticos resguardan una mayor cantidad de hombres retratados “al natural”. Esto, que podría generar la falsa idea de que no sólo las mujeres han sido musas para la apreciación, se ve mitigado cuando observamos los elementos que, de manera general, diferencian la representación de unos y otras.

Sandro Botticelli, El nacimiento de Venus, 1485-1486

La desnudez masculina suele ser una característica que, en sí misma, no determina al hombre plasmado. De hecho, la piel expuesta suele más bien enfatizar la acción o temática que se desenvuelve ante el espectador: la fuerza de un guerrero, la virtud o pureza de un dios. El desnudo no es, pues, el fin ni el tema último de la obra. En el caso femenino ocurre lo contrario. Las actividades representadas —si es que acaso las hay— no son más que un mero accesorio, un pretexto para disponer a cierta clase de mujer al servicio del placer de la contemplación masculina.

Tiziano, Venus de Urbino, 1534

El desnudo ‘artístico’ —y sobra decir que así mismo el que no se enuncia desde tal perspectiva— es por excelencia el de la mujer, mas no el de cualquier mujer, sino el de aquella que corresponde con un modelo canónico que se ha construido desde un discurso hegemónico racista, clasista y patriarcal. En este sentido, existen cuerpos que han sido históricamente invisibilizados en tanto que no cumplen con los parámetros de aceptación determinados.

Lo que no se enuncia ni representa parece desaparecer de la faz de la tierra. Lo omitido entra en un estado de ocultamiento que lo reviste de irrelevancia, misma que lo mantiene en el limbo de lo indigno, irrepresentable e innombrable. Los cuerpos junto con sus deseos —los suyos, no los de quien los mira— se mantienen en esta lógica de valoración, resultando indignos para la representación. Tal ha sido el caso de cuerpos de piel oscura, de descendencia africana o latina, así como de anatomías robustas, colgantes, viejas, voluminosas, fuertes o, en fin, disidentes e imperfectas desde la mirada dominante.

Harmonia Rosales, El nacimiento de Oshun, 2017
Fuente: https://www.harmoniarosales.com/

En este punto, quisiera hacer un paréntesis para recalcar la importancia de cuestionar las representaciones mismas de la otredad. ¿Quién tiene el poder de controlar los significados sobre lo impropio? ¿Desde qué lógica de dominación se mira a lxs otrxs? En el caso del desnudo, no importa de qué clase de mujer se trate, no podemos dejar de notar de qué manera la imagen de la mujer desnuda ha venido a satisfacer las necesidades eróticas masculinas por medio de una producción “de hombres para hombres”. Sin embargo, me interesa instalarme en lo interseccional; problematizar cómo juega la raza, etnia o clase con la condición de género y cómo ello influye en la omisión de algunxs cuerpos; hablar, pues, de aquellos que ni siquiera ocupan un lugar en el mundo de lo visible al que pertenece el arte.

La representación de estas identidades marginales tuvo que esperar siglos para que, siendo retratadas por sí mismas, las mujeres y sus obras pudieran insertarse en el sistema artístico —aunque aún con muchas desigualdades—. Sobra mencionar que las imágenes emanadas de la autorrepresentación —individual o colectiva— resultan claramente distintas de lo que años antes se había mostrado de manera exotizante desde la mirada coloniazadora europea en torno a dichos cuerpos. Así pues, y sin más preámbulo, quisiera destacar el papel de algunas artistas que desde su devenir mujer han plasmado en el lienzo los significados, sentimientos y pulsiones que giran en torno a esta posibilidad, haciendo uso del desnudo.

Una de las estrategias de las que se han valido las artistas feministas para visibilizar la pendiente de dominación que privilegia lo varonil, ha sido la apropiación y la resignificación de “obras maestras” de la historia del arte realizadas por hombres. La intervención de estas piezas pone de manifiesto la reducida visión que ha tenido a bien validarse como “artística”, muchas veces cargada de prejuicios de género. Aunado a ello, la sustitución de modelos blancas por cuerpos negros cobra una deuda histórica de visibilidad étnica y racial.

Harmonia Rosales, Creación de Dios, 2017
Fuente: https://www.harmoniarosales.com/

Harmonia Rosales, artista de origen afrocubano, explora el empoderamiento de las mujeres negras colocándolas en espacios que históricamente han sido otorgados a una jerarquía masculina blanca. El papel de la mujer eurocéntrica es también cuestionado por sus personajes oscuros, de nariz y labios anchos, o con cabello afroide.

Hago esto por mí, por lo que me gustaría ver y lo que me encantaría que mi hija creciera viendo y disfrutando. Quiero que ella se acepte a sí misma, su pelo afro, todo. Cuando hago mi trabajo, lo hago por ella.

Harmonia Rosales

Mickalene Thomas, por su parte, involucra de manera igualmente activa su propia identidad afroamericana en la plástica que realiza. Por medio de una revisión crítica de obras paradigmáticas, la artista expresa de manera digna y poderosa su «ser mujer» negra. Thomas hace uso del collage, la fotografía y la instalación, cuestionando los antiguos significados sobre la sexualidad femenina.

Dominique Ingres, La gran odalisca, 1814
Mickalene Thomas, Shinique: now I know, 2015

Los enormes formatos de Mickalene Thomas, cuyas piezas suelen ocupar paredes enteras, envuelven al espectador con sus brillos y colores. Sus personajes, con grandes ojos, enfatizan la mirada activa de la mujer y su agencia erótica. Es ella quien nos contempla. Su representación desnuda no se trata más de nuestros deseos, sino de los de ella.

Edouard Manet, Olympia, 1863
Mickalene Thomas, Marie Femme Noire Nue Couchée 2, 2014
Fuente: https://www.mickalenethomas.com/works/paintings/VpWBER8AAC8VIp93

En el contexto europeo, en donde las categorías de raza y etnia juegan de manera distinta, la pintora Jenny Saville reflexiona en torno a las propias divergencias de su cuerpo desde una mirada íntima. Su anatomía no canónica, que representa, pone de manifiesto aquello que históricamente se había censurado.

Jenny Saville, Propped, 1992
Fuente: https://gagosian.com/artists/jenny-saville/

La existencia misma de personajes como Harmonia Rosales, Mickalene Thomas y Jenny Saville es ya un hecho retador de las condiciones socio-históricas de su género y profesión: un medio mayormente dominado por hombres, encargados de controlar los significados, de validar los espacios artísticos y de exaltar —u omitir— nombres de las páginas de la Historia del Arte. Que sus representaciones salgan, temática e iconográficamente, de la norma; que su obra traspase la esfera de lo privado que se le ha otorgado a la mujer; que exploren con su pintura formas no tradicionales, patriarcales ni heteronormadas de vivir sus cuerpos y sexualidades, resulta aun más detractor.

Jenny Saville, Shift, 1996-1997
Fuente: https://gagosian.com/artists/jenny-saville/

Esta obra de Saville destaca las distintas posibilidades anatómicas existentes, ninguna de las cuales se apega con rectitud al canon de belleza. La artista pone énfasis en las arrugas y los vellos, así como la cualidad táctil de la piel.

Distintos cuerpos, distintas formas de vivir la sexualidad y la desnudez, de devenir mujer —pues nadie nace siéndolo, como ya afirmó Beauvoir—. El trabajo de estas artistas expone una urgencia social que, si bien se vislumbra todavía utópica, conlleva una causa que vale la pena seguir luchando desde las trincheras políticas, epistémicas, domésticas y, por su puesto, artísticas.