Juventudes y revoluciones

Ilustración de Carlos Gaytán

“Yo debería tener un infierno para mi cólera, un infierno para mi orgullo, y el infierno de las caricias; un concierto de infiernos”.

Arthur Rimbaud – “Noche del infierno”

Ese adolescente que fuimos, que de alguna forma somos, se hace con un espacio en nuestras vidas. El espíritu joven evoca rebeldía y revolución; en él, se condensan las esperanzas y las inseguridades del mundo subjetivo. Es relevante porque los que se encuentran en sus primeros contactos formales con el sistema social son quienes tienen la oportunidad de cambiarlo. Eso explica las dimensiones que adquiere la lucha de los jóvenes en cuanto su propia realidad. La literatura nos da no pocos ejemplos de adolescentes resistiendo desde sus trincheras al modelo impuesto.

Probablemente la novela de iniciación —término ciertamente reduccionista y apenas vigente acuñado por un filólogo alemán hace un par de siglos— por excelencia es El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, donde Holden Caulfield, un sociópata de 16 años, lucha por encajar en los círculos que tanto repudia. El protagonista declara: “me alegro de que inventaran la bomba atómica: así si necesitan voluntarios para ponerse debajo cuando la lancen, puedo presentarme primero”. Es cierto que hay en el discurso del joven una pizca de existencialismo fatalista y una crítica casi metida con calzador. Se repele al sistema, desde luego, cuando uno no se siente parte de él.

Concebimos la adolescencia casi como un rito de paso que marca la transición de la niñez a la adultez y como un campo minado en donde se pueden encontrar muchas de las raíces que forman el carácter. La verdad es que la adolescencia es mucho más; es un estadio en sí y alberga peculiaridades más excéntricas que cualquier otro periodo de la vida. El mismo J. D. Salinger escribe un cuento que plantea que uno deja de ser niño cuando pierde la inocencia: “El hombre que ríe”. Aquí el equipo de béisbol se introduce al salvaje mundo real a través de un cruel y recurrente cuento de niños que su entrenador, el Jefe, les narra.

Dejar de lado la fantasía infantil para introducirse de culo en las horribles dinámicas culturales de occidente es más bien un proceso largo donde cada golpe es más duro que el anterior. El fin de esos puñetazos es el knockout, mejor conocido como la vida adulta: ese periodo donde uno se encuentra tendido en la lona, resignado a seguir soportando lo que queda del conteo. Lo ideal sería morir luchando, sin duda, o por decisión de los jueces al final de la pelea. Luis Britto García retrata en “Rubén”, un cuento brevísimo, la aguerrida lucha de un joven que pasa de la niñez a la adolescencia con el propósito de intentar cambiar el mundo.

Es cierto que los jóvenes pueden resistir desde sus propias trincheras; eso significa resistir los embates de la vida social desde sus posibilidades. Así lo hace Antoinette, la hija de una familia de nuevos ricos en la Francia decimonónica, captada maravillosamente en una novela de menos de cien páginas de Irene Nemirovsky. En El baile, dicha familia está hambrienta del reconocimiento y validación de sus iguales de clase, por lo que organizan un baile maravilloso. Todas las invitaciones postales quedan a cargo de la sirvienta que delega la responsabilidad a Antoinette; en vez de enviarlas a sus respectivos destinatarios, las arroja al río Sena. Si lo concebimos en toda su extensión, más que un capricho o un acto de rebeldía, se trata de resistencia. Es cierto que las actitudes revolucionarias no se limitan a la juventud, pero sí encuentran un lugar adecuado para germinar en ella.

Otro joven que irremediablemente resiste es el que retrata José Agustín en La tumba, la legendaria novela iniciadora de la corriente de la onda. Seguro las buenas conciencias saltaron de la silla al ver el sorpresivo final de Gabriel. Un revolver en la cien, para ser pesimista, también representa un acto revolucionario. Una suerte de huelga permanente de la vida donde las cosas no son, ni de cerca, justas o por lo menos acertadas. Gran parte de la obra de Agustín se centra en la adolescencia y la niñez; en De perfil se observa un transito aventurero, y en Se está haciendo tarde las aventuras toman un toque alucinógeno.

En estas condiciones, ser joven y no resistir es una contradicción hasta cultural. Estoy seguro de que en la juventud se halla la génesis del cambio, y que algo hay en ella de crítica e inconforme. En las obras mencionadas aquí y en muchas otras se encuentra trazado el camino para transicionar y para hallar resistencia en la rebeldía. Todo acto juvenil alberga en su interior un coqueteo al cambio y a la revolución.

Ilustración de Carlos Gaytán

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Ilustrador: Carlos Gaytan Tamayo (Ciudad de México, 1999). Estudia Ciencias y Artes para el Diseño en la UAM Azcapotzalco. Formó parte de varias exposiciones colectivas de cartel en su universidad. Algunas de sus obras ilustran artículos de Cultura Colectiva. Su trabajo se inspira en diversas técnicas y se encuentra en el diseño gráfico y la ilustración.