Preludio || Cuento de Kalton Bruhl

Estábamos juntos, finalmente estábamos juntos. Ella parecía asustada. Sus ojos lo recorrían todo: los cuadros en las paredes, los arabescos en el papel tapiz, los muebles y a mí, especialmente a mí. No tengas miedo, le dije, mientras me acercaba. Ella retrocedió e intentó tomar un florero que se hizo añicos contra el suelo. Se vio las manos con extrañeza  y comenzó a gritar.

Las fronteras son un invento de los hombres, dijo lord Jennings. Encendió una cerilla y acercó la llama a su pipa. Dio varias caladas antes de continuar: las aves migratorias cruzan docenas de países sin preocuparse por adquirir un pasaporte. Todos reímos. Es una lástima, dijo, que los hombres solo podamos hacer lo mismo cuando nos hemos despojado de nuestra incómoda envoltura. Las velas de la estancia comenzaron a parpadear. Ocupamos nuestros lugares en la enorme mesa circular. En el momento en que nos tomamos de las manos una repentina corriente de aire apagó las velas.

Margaret Sinclair. Un nombre también es una frontera. Nos indica cuál es nuestro lugar y con quiénes podemos relacionarnos. Cada letra de nuestro nombre es una sección de la muralla que nos rodea, que nos limita.

No rompan el círculo. La voz de lord Jennings se escuchaba lejana. El repentino tintineo de una campana nos indicó la presencia de una nueva visita. Hicimos preguntas concretas y recibimos respuestas crípticas. Los maestros, aunque sean maestros desencarnados, hablan siempre en parábolas, nos dijo lord Jennings. Tampoco en el plano astral es conveniente lanzar las perlas a los cerdos.

La vi a la salida de la iglesia. Caminaba al lado de quien supuse que era su madre. Un carruaje las esperaba. Pregunté por su nombre. Margaret Sinclair, me dijeron. Esa noche soñé con ella.

Era una pesada mesa de roble. Todos la sentimos levitar. Permaneció cerca de un minuto flotando en el aire. Descendió con suavidad. Un punto de luz comenzó a brillar y se expandió rápidamente. La figura era clara. Venía de la India a compartir su sabiduría.

Hasta en mis sueños ella era inalcanzable. Caminé un buen rato y ni siquiera pude recorrer por completo el perímetro de su mansión. Amanecía. Me encaminé hacia la fábrica. Me aguardaban doce horas de tedio.

Estamos envueltos en un intrincado tejido de anhelos y frustrjaciones, nos dijo el maestro de la India. Debemos descoserlo, liberarnos, dejar al descubierto nuestro verdadero ser.

Anhelos y frustraciones. Margaret Sinclair y Peter McNeil.  Agua y aceite. Oro y carbón.

El fluido espiritual, como lo llamaba lord Jennings, tenía la apariencia de un fino tejido de gasa. Lo habíamos visto salir de su boca, de sus orejas y de sus fosas nasales. Cuando brotaba del cuerpo de lord Jennings se precipitaba hacia el suelo y reptaba por las baldosas. Al principio lo vimos con repulsión, pero al verlo compactarse hasta formar figuras humanas, la repugnancia se transformó en esperanza.

No podía hablarle. No mientras siguiera siendo un miserable obrero. Me enrolé en un barco mercante. Deserté en el momento en que tocamos tierra en Nueva York. El oro era una fiebre que lo contagiaba todo. Yo también me dirigí al oeste. La riqueza tardó demasiado en llegar. Cuando regresé, Margaret ya se había marchado. Visité su tumba y le leí, una a una, las cartas que jamás me atreví a enviar.

El caso más célebre de fluido espiritual fue el producido por Florence Cook, de 15 años. La materialización fue tan perfecta que la bautizaron como Katie King, ya que todos pensaron que se trataba de la hija de John King, otro famoso espíritu. Lord Jennings no buscaba la fama. La había alcanzado sin esfuerzo. Sus materializaciones superaban con creces a las de Florence Cook.

Compré la mansión de la familia Sinclair y me instalé en la antigua habitación de Margaret. Cada noche me dormía musitando su nombre.

Las materializaciones de lord Jennings gozaban de cierta autonomía, algo que resultaba insólito. Generalmente, el fluido espiritual tiene una existencia efímera, ya que pierde rápidamente su forma y regresa al cuerpo del médium. En realidad, nunca se separan, ya que el fluido no es más que una extensión del mismo médium.  En el caso de lord Jennings, el fluido espiritual se desprendía de su cuerpo y subsistía por sí mismo. 

Alguien me habló del salón de lord Jennings. Existía una posibilidad de volver a verla. Esa noche, la madera de la mansión crujió con un ruido ensordecedor. Lo tomé como un buen augurio.

Luego del maestro de la India nos visitó Charlie. Antes de invocarlo colocábamos varios juguetes de latón sobre la mesa. Escuchábamos el sonido de los juguetes al moverse sobre la mesa y una risa suave, como el gorjeo de un pajarillo. En esa época no existía una sola familia que no hubiera perdido a uno de sus miembros durante la infancia. Atesorábamos aquellas risas. Eran mucho mejores que una de aquellas tétricas fotografías post mórtem.

No deseaba asistir a una sesión. No soy de los que comparten su dolor con extraños. Debía atraer a lord Jennings hasta mi casa.

Lord Jennings resopló con cansancio. Alguien encendió una vela. Pasaron un frasco de sales aromáticas bajo su nariz. Lord Jennings terminó de recobrar la conciencia. Charlamos sobre el éxito de la sesión mientras el secretario levantaba el acta. Todos los asistentes debíamos firmarla. La seriedad de nuestros experimentos así lo imponía.

Adquirí varios libros sobre el tema y leí sin descanso. Escribí una carta en la que me desenvolvía con una fingida erudición. Lord Jennings cayó en la trampa. Me visitaría el fin de semana.

Es difícil que una conversación frente al fuego del hogar durante una noche de invierno no derive en una historia de fantasmas. Nosotros necesitábamos algo más que una simple charla. Buscábamos la verdad científica. La muerte era un abismo insondable. Nosotros construíamos un puente.

Charlamos durante un par de horas. Le pedí que me ayudara. Él se negó. No podía hacerlo solo, el esfuerzo sería abrumador. Le mostré las cartas. Había gastado una pequeña fortuna en adquirirlas. Lord Jennings palideció, lo creía un asunto olvidado. El escándalo salpicaría a varias familias. Me preguntó por mi precio. No necesitaba su dinero, solo sus habilidades.

Todos somos víctimas de la muerte. Aprendemos a temerla. La imaginamos lejana, pero está siempre junto a nosotros, dentro de nosotros.  El sueño es solo un preludio.

Yo aguardaría en la habitación de Margaret. Lord Jennings entraría en trance en la habitación contigua. La invocación tuvo éxito. No necesitó la energía de un grupo de personas como me advirtió. Mi deseo era suficiente. Margaret estaba frente a mí.

Existen varios planos existenciales. Las fronteras que los dividen son permeables, pero existen y deben existir siempre.

Estábamos juntos, finalmente estábamos juntos. Ella continuaba gritando. Quizás si hubiera encontrado un rostro conocido estaría desconcertada, pero no asustada. Le alargo un libro. En él encontrarás todas las respuestas, le aseguro. Toma el libro, finalmente su cuerpo se ha solidificado.

La Biblia habla de invocaciones a espíritus, recordemos la historia de la adivina de Endor a quien Saúl le pidió ver al profeta Samuel: “Él le dijo: ¿Cuál es su forma? Y ella respondió: Un hombre anciano viene, cubierto de un manto. Saúl entonces entendió que era Samuel, y humillando el rostro a tierra, hizo gran reverencia”.

Lord Jennings lanza un grito de dolor. Corro hacia la otra habitación. Tiene ambas manos sobre el pecho y su espalda forma un tenso arco. Está sufriendo un infarto. Se desploma de pronto y cae de bruces.

Pero no siempre esos regresos son del agrado de los espíritus: “Y Samuel dijo a Saúl: ¿Por qué me has inquietado haciéndome venir?”.

Dejo a lord Jennings y salgo a buscar a Margaret. En el pasillo hay un ominoso silencio que es roto de pronto por el golpe seco de un pesado libro al caer sobre el suelo de la habitación vacía.

***

Autor: Kalton Harold Bruhl (Honduras, 1976) ha publicado los libros de relatos El último vagón (2013), Un nombre para el olvido (2014), La dama en el café y otros misterios (2014), Donde le dije adiós (2014), Sin vuelta atrás (2015), La intimidad de los Recuerdos (2017), El visitante y otros cuentos de terror (2018), La llamada (2019); Novela: La mente dividida (2014).  Es premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa” y miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua, Correspondiente de la Real Academia de la Lengua.

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