74,088 ideas para hacer música: El reciclaje musical

¿Existe algo que limite el número de piezas musicales que pueden llegar a componerse?

Toda la música occidental moderna está escrita a través de la ínfima cantidad de doce notas. Debido a las escalas tonales -el sistema musical que ha predominado desde hace quinientos años- el número de sonidos posibles en cada pieza se reduce a siete.

Se considera que la cantidad mínima de notas que pueden conformar una ‘idea musical‘ es tres. Si calculamos las combinaciones de tres notas que pueden crearse con siete sonidos tenemos que solamente existen 343 ideas melódicas diferentes.

En cuanto al ritmo, se estima que una melodía en promedio solamente llega a ocupar seis figuras rítmicas distintas. Si cuantificamos las combinaciones que podrían generarse a partir de esas seis figuras rítmicas obtenemos que existen 1342 ritmos diferentes.

Por ello, si buscamos las combinaciones que pueden hacerse a partir de las melodías y los ritmos disponibles, encontramos que solamente existen 74,088 opciones diferentes de ideas musicales. Virtualmente, sólo pueden existir 74,088 fragmentos musicales que puedan considerarse completamente ‘originales’. Con este número tan limitado de ideas, ¿qué tanto se repite la música que se ha compuesto a lo largo de la historia?

Mucho.

A lo largo de los doce siglos que se tiene de registro musical tangible, son innumerables los pasajes que se han repetido una y otra vez dentro de las piezas musicales. La idea de originalidad en la música es un concepto tan problemático que incluso hoy en día existe una rama del derecho especializada en determinar qué tanto material musical dentro de una canción podría considerarse o no parte de otra para así resolver las demandas por plagio.

Con todas estas consideraciones resulta interesante pensar: ¿Cómo es que año con año, día con día, siguen lanzándose una cantidad infinita de canciones a pesar de la aparente finitud de originalidad?

El fenómeno de lo que aquí llamaremos ‘reciclaje musical‘ es algo que ha existido desde siempre.

Antes de que existieran las primeras formas de notación, la música dependía totalmente de la memoria de los ejecutantes. En ese momento la música era reutilizada de manera cotidiana y cada vez que una pieza era ejecutada por un nuevo intérprete ésta sufría cambios que respondían al gusto y a la memoria del músico en cuestión, llevando a una permanente reelaboración de las piezas musicales.

Aún después de que surgió la notación musical, el hecho mismo de que no existiera una figura de autor tal y como la comprendemos hoy en día permitía que un compositor tomara el material escrito por algún otro y dispusiera de él para crear música nueva.

Una de las melodías más recicladas a lo largo de la historia de la música académica es la del Dies Irae, un tema musical perteneciente a un canto gregoriano del siglo XIII.

El tema del Dies Irae fue empleado por compositores como Berlioz en su Sinfonía fantástica y Liszt en su Danza Macabra

Compuesta como un himno litúrgico para reflejar el día del Juicio Final, el uso que se le ha dado a lo largo de los siglos se ha conformado ya como un símbolo tan claro de la fatalidad y el destino que la secuencia ha llegado a ser usada incluso como material dentro de la música cinematográfica.

Con la llegada de la figura del autor iniciaron algunos de los conflictos, puesto que la música propia de tradición oral no había sido compuesta por una persona en específico, sino que respondían al folclor conformado con el paso de los siglos. Muchos de los compositores académicos de finales del siglo XIX, tales como P. I. Tchaikovsky, I. Albéniz o el propio Manuel M. Ponce, retomaron dichos temas de la música popular para componer obras de carácter nacionalista.

Justo en este ámbito de la música folclórica ocurrió un fenómeno de lo más curioso hace algunos años.

En la década de los ochenta un grupo folclorista llamado Los Kjarkas lanzó la canción «Llorando se fue», en donde se rescataba un tema propio de la música de tradición oral andina. Treinta años después, la cantante Jennifer Lopez compró los derechos a los Kjarkas para usar el mismo tema en la canción «On the floor». Así, lo que en su origen fue una canción quechua pasó reciclarse como una canción pop número uno en los Billboard.

«María Lionza» de Ruben Blades y Willie Colón
usada en «Watch out for this» de Major Lazer

Esta reutilización deliberada de cierto material musical ‘pegajoso’ se volvió una estrategia que actualmente se usa frecuentemente en la producción musical para conectar un gancho fuerte en la audiencia, ya sea a través de una base rítmica, de un motivo melódico o de una secuencia armónica.

Pero el reciclaje no se ha quedado en sólo usar partes de material musical. Los covers de las canciones se han popularizado tanto que hay veces en las que una de estas reinterpretaciones puede modificar de tal forma una canción que incluso termina por insertarse en una audiencia completamente diferente. Así es como, por ejemplo, un vals peruano compuesto por el argentino Ángel Cabral puede haberse vuelto famoso en Francia gracias a Édith Piaf para después pasar a transformarse en una cumbia colombiana popularizada por la Sonora Dinamita.

«Que nadie sepa mi sufrir» o «La foule»

La tendencia de reciclaje musical actual ha llegado a un punto todavía más profundo que el del cover mismo. Las colaboraciones se han vuelto la forma más sencilla de generar tendencias musicales por lo que ha dejado de ser necesario que un artista ceda los derechos de cierto material musical a otro. Un contrato discográfico basta para que dos músicos, incluso de géneros y de épocas diferentes, saquen un tema en conjunto que logre acaparar un público mayor.

Uno de los ejemplos más recientes es la canción «Con calma», en donde Daddy Yankee colaboró con Snow, un rapero de la década de los noventa, para hacer el refrito en versión reggaetón de «Informer», el tema más popular del rapero canadiense. Cabe mencionar que esta versión tuvo incluso un remix en donde participó la cantante estadounidense Katy Perry.

No quedan dudas de que el reciclaje se ha vuelto uno de los recursos creativos más empleados ya no sólo en la música sino a lo ancho de toda la industria cultural. La reutilización de ideas «pegadizas», la apelación a la memoria, ya sea consciente o inconsciente, o incluso el simple hecho de despertar el morbo provocado por un remake impensable ha marcado mucho de las tendencias actuales.

Sin embargo, este reciclaje cultural no tiene por qué implicar algo negativo. La idea de originalidad total ha quedado muy atrás en los procesos creativos, por ello, la reutilización debe verse como una paleta de colores a partir de donde re-crear obras nuevas. El verdadero reto se encuentra en encontrar una propuesta que vaya más allá del simple pastiche y del mero pretexto mercadotécnico. Y creo que 74,088 ideas son suficientes para hacerlo.

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