Creación Literaria, Literatura

Noctámbulo || Cuento de Mayret Montiel

—Hemos pasado una tarde agradable—, dijo, dedicándole una galante sonrisa. Desde su punto de vista, todo había sido casi perfecto; habían salido a comer a un pequeño restaurante gourmet, y cabe mencionar que las viandas fueron lo menos interesante de aquella experiencia. En verdad se había sentido el hombre más afortunado sobre la tierra cuando la vio tomar su cuchara con tal delicadeza que parecía que al acercarla a su boca no estuviese probando el bisque de langosta, sino dibujando aquella pequeña curva que, dulcemente, se pintaba granate sobre su rostro. Cada pequeño gesto de coquetería hacía que su corazón saltara de gozo, olvidando así toda pena.

Después fueron a una galería de arte cercana: ella repasó todos los cuadros, se daba tiempo para admirar cada trazo, cada colorido punto con una minuciosidad demencialmente cautivadora; a él le fascinaban los comentarios elocuentes que ella solía hacer. No sabía describir la sencillez con la que soltaba una a una las frases más ingeniosas, ni tampoco podía reprimir ese leve suspiro cuando la notaba tan ensimismada en sus pensamientos. Lo cierto es que su inteligencia era incluso más atractiva que el lunar que podía verse en su cuello cuando ella se acomodaba el pelo de manera discreta, y vaya que ese diminuto lunar era toda una obra de arte. Logró convencerla de ir a tomar una copa en su terraza. No fue difícil en realidad. Él leía las ansias que había en sus manos de encontrarse por fin con las suyas.

Mientras charlaban sobre la terrible inmensidad del universo, la botella de vino se quedó poco a poco vacía y, con ello, la intensidad de sus miradas aumentó hasta que, sintiéndose confiado, la tomó de la mano, se acercó lentamente a su rostro y la besó con dulzura. En ese húmedo recóndito, encontró al fin el remedio para todo aquello que ensombrecía su alma; deslizó hábilmente una mano por su espalda. Estaba seguro de que ella cedería al fin después de pretenderla, como si se tratase de una dama: sin besos ni caricias, sin insinuaciones de ningún tipo. La había conseguido de una vez por todas, o al menos eso creía hasta que ella apartó su rostro, dejándole en la boca una especie de silbido sordo.

Aquella mujer, de facciones felinas y actitudes sibaritas, con la cabeza hizo un gesto en señal de negación, pasó su mano tersa por el rostro de su anfitrión y le dijo, sonriendo, que era hora de que ella se marchara. Esto sacudió desde lo más profundo al joven que aún no entendía lo que estaba sucediendo, pero ella era importante, era lo más cercano a aquello que añoraba desde hacía tiempo, así que no hizo ningún esfuerzo por retenerla. Se  ofreció a acompañarla hasta su apartamento. Marcó un número y pidió un taxi de sitio. El auto los condujo a la entrada de su casa. Caminaron en silencio hasta llegar a las escaleras y ella se despidió en el umbral de la puerta. Él la vio alejarse con la nostalgia a punto de escurrirle por la mejilla, hasta que el vehículo había doblado en la esquina. El crepúsculo se tornaba purpureo y el mundo entero parecía estar absorto en la sombra que esperaba el momento justo para apoderarse de la atmósfera.

En la casa, que estaba tan llena de cuartos vacíos, el silencio iba convirtiéndose lentamente en murmullos, aquellos siseos inteligibles parecían provenir del individuo que se encontraba de espaldas a la entrada, con la cabeza gacha y la mirada clavada en él suelo. Por un momento se quedó estático, casi sin respirar. Parecía una estatua más en aquel recibidor. Al escuchar el primer trueno furibundo, sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, pues en el exterior la tormenta auguraba una noche tempestuosa. Las primeras gotas de lluvia apresuraban un aterrizaje suicida contra los grandes ventanales del piso superior, no obstante dentro de la casa todo se apreciaba con una quietud excesiva, casi extraña.

El sujeto, que había vuelto del trance por el sonido de los truenos, decidió que era hora de subir al dormitorio e intentar conciliar el sueño. Apagó las luces de la estancia y se dirigió a las escaleras. Hoy más que nunca tenían un aspecto arenoso, desértico, debido al insoportable color camel de la alfombra que las cubría. En ella había bordadas a los laterales, un par de serpientes amarillas con penetrantes ojos rojos, que descendían de manera ondulatoria hasta la sala de estar. Siempre había tenido cautela de no pisarlas.

En su infancia, aquellos animales le habían despertado pensamientos de muerte. Ahora se preguntaba por qué nunca había cambiado aquel tapete tan espantoso. Quizá tenía que ver con el hecho de que su madre lo estimaba en demasía, ya que lo había adquirido en un viaje por Medio Oriente, en Arabia para ser precisos. Siempre se había enorgullecido de contar la historia de cómo se sintió atraída por una fuerza indescriptible, pues ella alegaba que fue como si una especie de magia la condujera por una calle abarrotada de locales, haciéndola esquivar a un sinnúmero de personas que se arremolinaban a los lados de aquellos establecimientos para apreciar con claridad la calidad los tejidos que se exhibían en las fachadas. Llegó hasta un local poco concurrido y entró en busca de algo sin saber a ciencia cierta qué era. Casi de inmediato, colgado a sus espaldas, vio lo susodicho y sin pensarlo dos veces lo compró. Cuando llegó con su nueva adquisición no hacía más que hablar sobre las serpientes y las connotaciones simbólicas que éstas podrían tener.

Al paso de los años, después de la horrible muerte de sus padres, no había tenido el valor suficiente para deshacerse de aquel artículo de mal gusto. “Ella querría conservarlo”, se repetía a sí misma. Tal vez la suavidad de la urdimbre removía aquellos recuerdos de las dulces manos de su madre, la delicadeza con la que siempre jugueteaba con su largo y rubio cabello; sin embargo en este momento ya no concebía la posibilidad de seguir viviendo por más tiempo en aquella casa, aunque ésta estuviese ligada a las evocaciones de su amada madre.

Durante la última semana había hecho un esfuerzo sobrehumano por lidiar con el miedo que le infundían los animales finamente bordados sobre la alfombram.

Mientras subía vinieron a su mente algunas imágenes borrosas de lo que aconteció la noche anterior cuando le pareció notar que una de esas serpientes paseaba por el suelo de su habitación. Había saltado de un tapiz a otro hasta llegar a su cuarto y esperaba sosegada a que un pie desnudo resbalara de su reconfortante lecho, pero al llegar la madrugada aquel infecto gusarapo permanecía en su lugar, en su eterno fluir cabeza abajo.

Su paranoia era tal que tenía precaución de mirar detrás de si cada dos o tres escalones. Al llegar al cuarto todo estaba en penumbra, la tormenta arreciaba con cada segundo, silbaban las copas de los árboles, crujían las maderas del ático, todo en conjunto iba componiendo una sinfonía siniestra del holocausto natural. Por un instante, la luz de un relámpago dibujó su sombra sobre la superficie fría de la puerta del dormitorio, y a su vez, por el rabillo del ojo, una sombra casi imperceptible se desdibujó en el aire receloso.

—¿Me he vuelto loco?— dijo en voz tenue y pusilánime.

Parecía que el temor le había endurecido los labios. Con las manos temblorosas abrió lentamente y se internó en la obscuridad. Sabía a la perfección que, aún con las luces encendidas, la sombra encontraría la manera de anublar la atmosfera, consiguiendo así la fuerza suficiente para atraparlo de una vez por todas.

Se acercó a su lecho. Ahora le parecían tan lejanos los días en los que hizo suya a más de una fémina tras el dosel de aquella cama y la enorme satisfacción que le producía la mirada que le dedicaba su madre desde uno de los cuadros que estaba colgado sobre la pared principal de la estancia. Ya recostado sobre el mullido colchón, comenzó a pensar en ella. Poco a poco su mano bajó hasta la entrepierna y ahí encontró la calidez necesaria para dejar atrás las pesadillas que le angustiaban, mientras su mano sostenía el músculo palpitante con firmeza. Todo iba desvaneciéndose, mientras sus dedos recorrían todo lo ancho del miembro. Pensó que pronto le vencería el sueño. Sin duda esa era la mejor forma de aliviar su ansiedad; no obstante, cuando se acercaba en el clímax, a su oído llegó, como un eco perdido en el tiempo, el sonido de esa voz metálica e inhumana que noches atrás había pronunciado su nombre.

Se detuvo en seco. Ya era casi un mes desde que todo había comenzado. Ocurrieron tantos sucesos extraños que se preguntaba cómo no había huido de aquella morada infernal: ruidos misteriosos, sombras espeluznantes y objetos moviéndose inexplicablemente eran sólo algunas de las cosas que se habían vuelto habituales en el transcurso de los días. ¿Por qué había dejado marchar a la hermosa chica de ojos gatunos? ¿Pasarían todas estas cosas si ella estuviese aquí?

Tal vez si ella las viera, él mismo se aseguraría de que no estaba loco, que los años de aislamiento no había hecho estragos en su endeble cordura. En su pecho retumbaba cada vez más fuerte el corazón… BOOM, BOOM, ¡BOOM!

Se oyó un golpe sordo en la puerta y sus dientes castañearon. Un estruendo inundó el cuarto al abrirse de golpe y la silueta deforme de aquello que ni en sus más siniestras pesadillas había imaginado, reptó sin dificultad alguna por la alfombra. Un esperpento huesudo y arácnido se acercó rápidamente a los pies de la cama. Su respiración era agitada, prácticamente eran bufidos parecidos a los de un animal. El pelo le cubría casi todo el rostro pero podía verse a través de las negras hebras las fauces colmilludas de esa horrible criatura y la forma en la que parecía sonreír burlonamente. El hombre, casi muerto del susto, se encontró cara a cara con su destino.

—Marcus…— se escuchó quedamente aquella voz de ultratumba.

—¡MARCUS! — gritó otra vez aquel espectro, seguido de una risa infrahumana.

Y aquél, tiritando de miedo, cerró los ojos con fuerza. Esa fracción de segundo pareció durar una eternidad, sentía que las sienes estallarían en cualquier momento. El espectro se percató de que su víctima estaba al borde del llanto, la desesperación y que le consumía el espíritu… todo eso en un efímero instante. Sin embargo, desde sus adentros, surgió lo último que quedaba en su cuerpo del instinto de supervivencia, y así, con los ojos cerrados, apartó el leve cortinaje que cubría el lecho y dio un salto hacia la puerta sin mirar a su agresor, pero antes de que pudiera reaccionar, las sabandijas amarillas, las malditas serpientes del oriente, ya estaban enroscadas en sus tobillos haciéndolo caer de bruces.

Forcejeó histérico para zafarse, pero fue inútil. Pronto sintió un golpe tan fuerte, que lo movió varios metros por el pasillo hasta el borde de la escalera, sin duda algo se había quebrado porque no logró ponerse en pie. Era como si cientos de cuchillos se clavaran en su costado, como si cada nervio desde su espalda hasta las piernas estuviese gritando, así que se arrastró lo más que pudo pero no iban a darle tregua alguna, las serpientes le subían por el cuerpo apresuradamente, apretaban sus costillas, lo asfixiaban, estaba seguro de que pronto alguna de ellas perforaría sus pulmones.

En aquel momento, el monstruo se irguió y caminó con lentitud hacia su presa, como un juego en el que la leona se entretiene con su antílope moribundo, que sabe que no puede escapar pero alenta el proceso de caza lo más que puede para alargar la sensación de placer al ver el terror a través de los ojos de su almuerzo.

Marcus intentó huir, pero la enorme silueta dejó caer todo su peso sobre la parte inferior de su cuerpo maltrecho, esa figura deforme se recostó sobe su espalda. Las serpientes abandonaron el cuerpo de aquel infeliz, satisfechas de haber conseguido su objetivo y el espectro buscó la calidez del cuello de Marcus. Se entreabrieron sus labios dejando escapar un asqueroso aroma de putrefacción… una lengua viscosa se alargó hasta encontrar su oído:

—¿Querías diversión nocturna? — susurró con picardía.

En ese instante, los ojos de Marcus se abrieron a tal punto que parecían salirse de sus órbitas. Tras ese sonido mecánico, pudo notar la dulce voz que había escuchado durante toda la tarde, la que pertenecía a la bella mujer que conoció en el Café de Alelíes ; a su mente vinieron imágenes entrecortadas y recordó la intensidad con la que se sintió atraído al verla a través de la ventana, sus enormes ojos le habían hechizado, había sido tan…

El impacto de su cráneo ensangrentado sobre la duela de la sala le dejó casi inconsciente, apenas pudo entre abrir los ojos, pero antes de perder el conocimiento pudo ver, casi angelado, aquel rostro demoniaco, lleno de pústulas famélicas, que ahora se preparaba para pasar un rato de diversión vaciando sus entrañas.

***

Revista Primera PáginaAutor: Revista Primera Página Primera Página es una plataforma digital dedicada a la publicación de material literario creativo y crítica cultural en sus distintas manifestaciones. Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad directa de los autores que las emiten, y no del sitio como tal.

 

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