Los límites del fútbol (o una propuesta para ver un partido)

Límites. El ser humano busca constantemente quebrantar sus fronteras para expandirse en su ínfima totalidad -en otros casos quizá políticos, sólo quizá, demande lo contrario…-. La oposición entre lo finito y lo infinito entra en juego. La aparente clara e ingenua certeza de sus diferencias -así como del blanco y del negro, lo culto o lo popular- se burla de nuestra capacidad de detenimiento reflexivo para dar paso a la certidumbre de lo absoluto.

La esfericidad encierra aquello constante, sin límites, cuya finalidad es esconder en sí misma los misterios que, desde nuestra propia linealidad, jamás podremos descubrir por completo. En el fútbol, el balón no sólo representa la esfera perfecta que cualquiera desea poseer, sino que trasciende al simplismo lúdico o de entretenimiento. He aquí que se adecua perfectamente la rúbrica de Juan Villoro: Dios es redondo.

El fútbol representa, de cierta forma, un retorno a la antigüedad. Autores como Zygmunt Bauman han tratado el tema de la retrospectiva como cambio de visión en la actualidad. Los valores arcaicos, por ello, inconscientemente representan un anhelo constante de retorno por la pérdida. Pensemos, por ejemplo, en el juego de pelota mesoamericano para poder vislumbrar la relevancia vital e histórica de dichas actividades en la existencia.

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En este sentido, el fútbol rescata la circularidad del tiempo, es decir de la perfección no sólo del objeto con el que se juega, sino también de sus tiempos. A cada minuto, a cada partido, a cada torneo, se renueva el deseo de trascendencia o de victoria. Las esperanzas -como en la caja de Pandora- nunca desaparecen como dejos de aspiración: volteretas, sufrimientos, gritos, lágrimas, cánticos. ¿Qué sucede, sin embargo, cuando jamás llega el triunfo?

La fatalidad incurre en la mayoría de los casos, igual que la tragedia grecolatina. Como en un coliseo romano, sólo uno alcanza el honor de ser el único, el indiscutible ganador, entonces el orgullo aflora por haber obtenido su objeto abstracto: la victoria. En cualquier ejemplo de competencia, siempre aparecen dos o más contendientes que se empeñan desde sus posibilidades en lograr el triunfo. En este sentido, son más los que pierden que los que ganan. Es por ello que el fútbol destaca las cualidades heroicas de la colectividad o de un equipo. La memoria o el olvido. Los símbolos futbolísticos -llámense astros, cracks, estilos de juego, equipos-, por tanto, nacen como representaciones de todo un conjunto de personas, y, en el caso del Mundial, de todo un país.

Por supuesto que no cualquiera se siente representado, pues toda generalidad tiene también sus particularidades. En ocasiones, este rechazo se debe a la oposición entre lo culto y lo popular, como si el fútbol fuese un ultraje al intelecto o un infame deleite. Esto no depende del deporte en sí mismo, sino más bien delos ojos desde los que se mira. Ya lo decía José Emilio Pacheco:

«La belleza / está en el ojo de quien la contempla / y es cuestión relativa.»

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El estadio -llámese así a un momento temporal o facético del individuo o al lugar donde se realizan los partidos de fútbol- alberga no sólo al ser humano, sino también los desencantos, las emociones, los estremecimientos, el nerviosismo… El estadio individual es efímero precisamente por la circularidad infinita del tiempo futbolístico. Por cada gol se exige otro más como engrandecimiento o como la lucha ante lo adverso. El estadio de fútbol es un monumento imponente de hazañas, derrotas o victorias. No por nada algún coliseo inglés se denomina Old Trafford o teatro de los sueños. Al esperado estadio fugaz del humano se llega como si se fuese a una catarsis aristotélica; al estadio futbolístico se llega con una contención de todas esas pasiones.

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Cada gol es la liberación del espíritu al igual que lo es el logro de la superioridad ante el derrotado. No importa que el marcador sea adverso, el efímero instante de supremacía ante la meta rival implica la consumación de la pasión de cada jugador y, al mismo tiempo, de cada espectador. Ya sea un amistoso o un campeonato del mundo, el juego se expande hacia terrenos extradeportivos , éticos, sociales, casi filosóficos por las relaciones ya establecidas.

Las cuatro causas aristotélicas son: material, formal, motriz o eficiente, final. En el caso del fútbol, sus causas idóneas serían: el balón, el estadio, el jugador, la victoria. No cabe duda que, como lo dice Jorge Valdano, hay partidos que duran un día, un mes, un año o un vida; precisamente el fútbol, mediante su perfecta esfericidad deportiva, se dilata desde las pasiones únicas y breves, hasta los recuerdos inolvidables. El fútbol no posee límites precisamente porque es él quien se reinventa siempre, como esfericidad unívoca que rompe con eso. Los límites.

Joshua Córdova RamírezAutor: Joshua Córdova Ramírez Estudiante de Letras Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Ganador del concurso interpreparatoriano de Poesía. Ha publicado en revistas como Cruz Diez, La sociedad anónima, Palabrerías y la antología de la Secundaria Diurna No. 4. Fue colaborador y community manager de Primera Página. Actualmente es su director editorial.

 

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