Oídos sordos, ojos ciegos, bocas cosidas: una nación tiene diez pisos y cincuenta habitaciones

Estás caminando por la calle y no sabes qué hora es: el calor que emana de la acera es tanto, que en cada paso sientes cómo la goma con la que está fabricado tu calzado se adhiere a tu piel, despegándose cuando disminuye la presión de tus pisadas, causando una sensación sumamente desagradable: empleas tanto esfuerzo en dar cada paso, que abandonas tu forma humana para adoptar la de una suerte de pesada maquinaria.

Al levantar la mirada, adviertes que se ha hecho de noche, y entre la penumbra sólo destaca un gran hotel negro ornamentado con gárgolas de metal cromadas: “Saudade Hotel”. Te detienes a pensar un momento qué clase de arquitecto trastornado diseñó el edificio y al mismo tiempo te lamentas, pues es posible que pases la noche allí. Miras de un lado a otro, preguntándote en silencio si es buena idea entrar, pero cuando te das cuenta, ya estás empujando la pesada puerta de madera que te recibe con una sinfonía de aullidos y chillidos que te crispan la piel. Contrario a tus expectativas, motivadas principalmente por la lúgubre fisionomía del hotel, descubres que hay un gran ajetreo en la recepción: las mucamas van de un lado a otro e intercambian un par de sonrisas cansadas entre ellas; el encargado del bar coquetea con una dama de cabellos castaños (cuya delgada línea de la espalda, enfundada en un vestido que parece ser de seda color esmeralda, te inclinan a creer que es hermosa) y el caballero de la recepción (que supones es el dueño) se oculta tras un viejo escritorio con expresión de hastío. Te acercas. Solicitas una habitación. Te extienden la llave y subes con paso cansado.

Después de instalarte decides tomar una ducha y al salir, el insomnio y el desconocimiento de la hora te orillan a buscar una ocupación. Sin cambiarte, con la bata puesta y los cabellos escurriendo todavía, bajas por las ruidosas escaleras, pero esta vez caminas despacio, poniendo atención a los tapizados anticuados y las viejas y pesadas alfombras que te causan un poco de alergia por el polvo acumulado. Al pasar por la recepción, el dueño te pregunta si se te ofrece algo, pero le comentas que sólo tienes insomnio y buscas algo que hacer, así que, debido a que el ajetreo ha disminuido y le toca cubrir todo el turno de la noche, se ofrece a contarte la historia del hotel: al final descubres que no busca ser gentil contigo, sólo quiere evitar ser vencido por el sueño como cada noche; sin embargo accedes y colocándote en un incómodo sofá, cuyos resortes te lastiman la columna, escuchas con atención.

Todo comenzó cuando Raúl Ariztía Luco compró un terreno baldío en Valparaíso, donde mandó construir y posteriormente inauguró el hotel. Se lo vendió a un comerciante checo de origen judío llamado Jérôme Levi (quien duraría en la administración del hotel cuarenta años), reservando para sí una de las habitaciones: antes de suicidarse en una bañera de sangre después de escribir una novela en 1943, Ariztía habría matado a una mujer, en 1920, arrojándola por la escalera. A pesar de lo que podría pensarse, este evento atroz no fue el único de su clase que ocurrió dentro de esas viejas paredes negras:

En 1924, se alojó la reina de una república desaparecida tras la Grand Guerre; en 1934, un hombre armado con un revólver les disparó a los paseantes desde el séptimo piso (nadie salió herido); en 1936, una mujer mató a su amante y lo devoró a mordiscos, y en la Pascua del mismo año, tres mujeres españolas invocaron por accidente el fantasma de Oscar Wilde, quien las insultó y desapareció. Claudio Mori asegura que su padre, que era pornógrafo, utilizó las habitaciones como estudio en los años 30. En 1945, dos hombres se dispararon en la cabeza de forma simultánea en habitaciones distintas (no se conocían, pero ambos dejaron cartas casi idénticas a sus mujeres donde justificaban el acto); en 1945, 1946 y 1947 se encontraron sucesivamente los cuerpos de tres hermafroditas en la misma habitación que eran parte de un club suicida. En 1946, después del fin de la guerra con Alemania, un pasajero desconocido decoró el suelo con los cadáveres degollados de cien ratones blancos; en 1950, en plena celebración de Año Nuevo, fue arrestado en los comedores el poeta, dentista y pederasta Arturo Moreno Larraín; en 1953, una mujer se ahorcó en el baño de su habitación; en 1954, W. Straub, miembro de las SS y prófugo después de Nüremberg, se prendió fuego y saltó desde la ventana del cuarto piso en llamas y en 1971, dos trapecistas de un circo peruano se asesinaron azotándose la cabeza a golpes durante toda una noche.

También cabe mencionar que caminaron por esos largos y anchos pasillos Orson Welles, Joaquín Edwards Bello y Walt Disney; Vicente Huidobro se limitó a llevar a una prostituta adolescente y una dama de la alta sociedad viñamarina para proponerles infinitas permutaciones de identidad para su propio placer; de igual manera, sería imposible olvidar la presencia de Fritz Lang, Jorge Délano y Coke. María Luisa Bombal esperó a un amante que no llegó jamás y luego le pidió a Levi que le tomara una foto; Nelson Rockefeller estuvo tres días de incógnito bajo el nombre de Marx Rivera; Blanca Luz de Achúgar, León Trotski, Irving Berlin y Frances Farmer también estuvieron ahí.

Tal vez (pues ha perdido la cuenta) él es el vigésimo dueño después de que Levi lo vendiera, en 1955, para morir cinco años después, en 1960; sin embargo, ni con la partida y muerte de Levi se acabaron los eventos cruentos: en 1966 una habitación se incendió sola, en 1967, un dueño convirtió los pisos tercero y cuarto en habitaciones parejeras; en agosto de 1973, un miembro de Patria y Libertad hizo detonar una bomba en el quinto piso y Félix y Claudio Mori filmaron una cinta sobre nazis y vampiros; finalmente, en 1986, un miembro de una banda de rock argentino disparó contra su televisor. Hubo trece muertes más: suicidios, asesinatos, fallecimientos naturales, asfixia de niños. Con los ojos irritados, ya sea por el polvo o por la tristeza del tiempo perdido en aquel lugar, te dice que en realidad es un mal negocio, por eso cada administración dura unos cuantos meses, si acaso, unos cuantos años.

Cuando termina el relato, todo a tu alrededor se transforma: los empleados del hotel (e incluso la mujer del bar) dan sus últimos pasos para desaparecer, reducidos a volátiles partículas, en el viento que entra por las ventanas abiertas; el bullicio, que antes te parecía una suerte de risas y sonidos nocturnos, se transforma en agudos aullidos, llanto y gritos de desesperación; la gruesa capa de polvo de las alfombras resultan ser las cenizas de aquellos que llegaron y nunca se fueron, y el color de la tapicería se deslava; el hotel hiede, hiede por la sangre mal lavada de la bata que traes puesta. De pronto parece que puedes mirar a través de los muros de las habitaciones: ves parejas discutiendo, niños llorando, escritores redactando los próximos best-sellers; cartas de amor, cartas suicidas, música, cine y pornografía; luces intermitentes que alumbran, que desenmascaran todos aquellos secretos que se pueden ocultar detrás de aquellos muros de concreto negro. Quieres huir, correr, gritar, pero no lo haces: das un segundo vistazo y sientes que ya has estado ahí antes, más bien, que siempre has estado ahí; que eres partícipe de cada acto atroz que ahí ocurre y que finges desconocer, así como lo eres también de cada risa, de cada expresión de júbilo exclamada por alguno de los otros huéspedes. En ese lugar pasan cosas terribles, pero ese lugar también es parte de ti: ese lugar es tu hogar.

Caja Negra, novela del chileno Álvaro Bisama (18 de abril de 1975, Valparaíso) publicada por la editorial Bruguera en 2006, se compone de doce capítulos dispuestos en forma regresiva, en los que se trata diversos temas relacionados (en su mayoría) con la cultura underground. El capítulo ocho “Maqueira: «A un mimo como yo no puede permitírsele vivo»” se compone de 21 apartados, de los cuales, el segundo retrata muy bien  el sabor agridulce de la patria, encerrando todos los hechos violentos previamente mencionados en el hotel de horrores, Saudade Hotel, que en una posible lectura, resulta ser el país natal de Bisama, Chile.

Tal vez no habitamos el mismo hotel que Bisama, pero sí somos huéspedes de un gran hotel que es nuestro país, lleno de actos violentos, con los que hemos aprendido a convivir a partir de una suerte de insensibilización: caminamos sobre el fantasma de los cuerpos que alguna vez estuvieron tirados en las aceras de Tlatelolco; utilizamos el mismo metro en el que trasladaron un féretro; nos quejamos de nuestra desdicha por sacar una mala nota posados a un lado de una madre, cuyos tres hijos no recuerdan cuándo fue la última vez que probaron bocado; pero también nos tragamos los restos de las risas de algún grupo de niños que quedaron en el viento; nos recargamos en un muro en el que hace muchos años, un par de enamorados se dieron su primer beso; asistimos a la clínica en la que a una mujer le dieron la noticia, contra todo pronóstico, de que se convertiría en madre: somos todas esas cosas, todas esas historias que experimentamos sin siquiera saberlo. Nosotros, cada uno, somos un individuo compuesto de una colectividad y tal vez, en algún momento, sólo quedaremos reducidos a un grupo de murmullos atrapados en el concreto de la casa en la que crecimos; viviendo a través de sus nuevos habitantes, cosechando nuevas historias, luchando por no desaparecer. Tal vez, al final, terminaremos siendo parte de las cenizas acumuladas en una vieja alfombra de un hotel de diez pisos y cincuenta habitaciones llamado México.

María Fernanda Murillo RodríguezAutor: María Fernanda Murillo Rodríguez “El humano está formado de un espíritu y un cuerpo, de un corazón que palpita al son de los sentimientos.” -Violeta Parra. Estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas, FFyL.

 

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