Conciertos: entre Eros y Tánatos

Los conciertos, según el género musical, el lugar donde se llevan a cabo y otros factores, tienen sus particularidades simbólicas. Sin embargo, pueden existir algunas constantes, al menos en los que el público puede elegir entre la modalidad general (de pie) y la de asientos numerados.

Independientemente de las diferentes razones que puede tener alguien para elegir una u otra, hay una cosa clara: los de los asientos están arriba, más lejos del escenario y los de pie, abajo, más cerca. ¿Esto qué implica? La formación de dos grandes grupos con distintos grados de involucramiento.

Las personas de los asientos, por supuesto que se emocionan, cantan y bailan, pero su relación con los otros (los demás asistentes, los músicos y cantantes) tiende a ser más contemplativa. En el fondo, todo es como siempre ha sido, no existe una transgresión. Si el cuerpo se cansa, puede reposar tranquilamente. Incluso algunas personas de este grupo llegan a valorar tanto su posición que pueden llegar a señalar a los de abajo. Que ellos se cansen, se ensucien y suden. Si están allí, es porque es su decisión.

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Por su parte, las personas del general entablan otro tipo de dinámicas: están tan cerca que lo que se conoce como espacio personal prácticamente tiende a cero. Cada vez que parece comenzar el espectáculo, el roce con los otros cuerpos es más intenso, surgen los empujones llenos de violencia. La lucha comienza. Hay que buscar conservar el lugar que se tiene, pero sobre todo, en una representación existencial del día a día: sobrevivir. El cuerpo empapado en sudor debe resistir. Algunos forman equipos para ello, porque todos están en peligro. Comienzan las preguntas hacia el otro: ¿son amigos?, ¿de dónde son? Aquí, al borde de la muerte, con los cuerpos tensos y expirantes, también hay lugar para la empatía, para las atenciones, para la piedad.

Otros, los que exhiben una conducta social que empuja, física y mentalmente, abren un espacio para la reflexión ética y/o para la violencia, que se traduce en palabras, palabrotas y más empujones.

Todos emiten aullidos de dolor y de hartazgo, como si el recinto fuera un gran infierno; pero pronto, cuando la música da inicio, se vuelven fácilmente, como en el sexo, clamores de éxtasis. En este simulacro del amor y la muerte, las personalidades se desbordan y entran en un ámbito distinto en el que el rango de posibilidad de acción se amplía. Tocar, besar, gritar, abrazar, mentar la madre, cantar, distender el “yo”, o más bien disolverlo entre la colectividad. La máscara está a punto de caerse.

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El concierto ha comenzado. Todos cantan al unísono. Las asperezas desaparecen con el sonido. La lucha del cuerpo se librará en otros espacios (el transporte público, por ejemplo), pero no como aquí, donde las luces también luchan con la oscuridad, donde los cuerpos se reunieron con la esperanza de que la música les diera un minuto de libertad.
Quienes están en el escenario comparten su arte en vivo, el arte que nos acompaña como la banda sonora de algún momento de nuestras vidas. Estamos agradecidos por el momento. Catarsis.

Lleno de música, el cuerpo magullado ha sido recompensado. Fue un héroe épico que amó y murió mil veces esa noche, junto a otros héroes, sus hermanos, que también han quedado sin voz.

Ximena SalinasAutor: Ximena Salinas Estudiante de la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Espíritu lunar, dominical, con tendencia a la creación poética y a la distracción.
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