Un relato policíaco| por Atzín Nieto

Ilustración por Tania Delgado

Para mi querida Ana María Maqueo

El género humano/no puede soportar tanta realidad

Burnt Norton, T.S. Eliot

Si a doña Lourdes le hubieran dicho que estaba a punto de presenciar un crimen jamás lo hubiera creído. No pensaba que observar las diferentes actividades de sus vecinos le fuera a representar un riesgo. Era un pasatiempo un tanto inocuo y bastante lúdico. Sus años de juventud habían pasado lento como las páginas de una novela romántica del siglo XVIII. Nunca se casó, ni mucho menos le interesó la idea de establecer algún tipo de relación más allá que de amistad. De lo única compañía que gozaba era la de dos gatos callejeros que muy de vez en cuando la visitaban. Sin nadie en el mundo con quién pelear, reír o llorar, aprendió a disfrutar el calor de la soledad y del ruido del silencio. Su costumbre de tejer chambritas sentada frente a la ventana viendo la vida pasar le generaba una pequeña dosis de felicidad.

     Su día empezaba a las ocho de la mañana, se levantaba por inercia y de inmediato ponía la leche deslactosada a calentar mientras preparaba un ligero almuerzo, encendía la televisión y escuchaba las noticias más relevantes:

Información de último minuto. Se le recuerda a la comunidad que antes de salir cierre puertas y ventanas, puesto que el índice de robos a casa-habitación ha ido en aumento y especialmente en estas épocas del año…

     A las nueve de la mañana comenzaban sus quehaceres. Lo primero era barrer sus dos cuartos, la pequeña sala-comedor y por último ordenar la cocina. Después, se dedicaba a limpiar su colección de ángeles de porcelana que celosamente resguardaba en una vitrina de cristal con techo de madera que le servía de librero donde acomodaba algunas novelas policíacas que leyó de joven y que ahora solo fungían como material de decoración. Lo segundo era comenzar a preparar la comida, ya que le gustaba consentirse, sobretodo porque tenía el dinero suficiente para darse pequeños lujos gastronómicos. Por último, a eso de las doce del día, iniciaba el verdadero ritual. Sentada frente a la ventana de su sala no podía perderse ni un mínimo detalle de lo que ocurría allá afuera. A pesar de su edad el sentido de la vista seguía siendo una maravilla de su generación, fácilmente podía distinguir los gestos de doña Eva cuando estaba molesta y regañaba a sus hijas por no hacer los quehaceres al perder el tiempo platicando con los hijos de don Isidro o sin mayor esfuerzo, solo cambiaba de posición, podía apreciar los diversos juegos infantiles de los nietos de doña Elvira Bermúdez.

En otras noticias, una nueva víctima apareció esta madrugada. Las autoridades sospechan que todos estos casos han sido obra de un mismo autor intelectual…

     En estas fechas decembrinas una parte de sus vecinos acostumbraban a salir de viaje; el señor Filiberto García, del doscientos dos, se iba a Guerrero a visitar a su madre, las hermanas Padura del trecientos uno se tomaban muy en serio eso de las vacaciones, no era raro verlas con sus enormes gabanes esperando taciturnamente en la parada de taxis, listas para irse a cualquier playa de la República. Incluso su vecina Ana María Maqueo del cuatrocientos dos no perdía la oportunidad para a visitar a sus nietos y no volvía hasta mediados de enero. Todo esto no afectaba la cotidianeidad que se repetía en la sección. Para doña Lourdes ya era normal el ver llegar a las doce del día al pequeño Edgar con su uniforme bien planchado pero bastante sucio, tomado de la mano de su madre Leticia Mendieta, la del ciento uno, del edificio B de la sección dieciocho, que no paraba de regañarlo. A las dos de la tarde aparecía el señor Rafael del ciento dos, vecino de los Mendieta, maestro de secundaria, siempre con su saco negro en una mano y el portafolio gris en la otra. La olla de los frijoles negros de doña Elvira comenzaba a hervir a las tres en punto, hora en que Roldán, el señor del agua, gritaba su ya conocida frase, «agua Electro-pura».

Las autoridades afirman que el presunto delincuente tiene especial interés por asesinar a personas mayores, una parte de la población desprotegida que resulta ser la segunda más vulnerable tan por debajo después de los niños…

     El señor Benjamín había llegado a la zona residencial Galaxia hace apenas unos meses. Rentó el departamento del segundo piso del edificio B de la sección dieciocho encima del profesor Rafael, el cual quedaba en paralelo frente del edificio G donde vivía la doña Lourdes. Lo único que separaba a ambas secciones era el camino de piedra por el cual transitaban los diversos inquilinos de ambos edificios. Los patios que existían al rededor eran usados como tendederos, salones de fiestas al aire libre o sencillamente como zona de recreo para los más pequeños.

     La primera vez que doña Lourdes se fijó en la ventana del señor Benjamín notó que solo vivía con su hija y una joven enfermera de pelo chino. La niña de unos siete años llevaba el pelo rubio peinado en dos colas, usaba un vestido azul almidonado con puntitos blancos que dejaba al descubierto unos brazos y unos pies inmóviles, la pobre sufría de parálisis cerebral. Doña Lourdes sintió compasión al ver las primeras tardes a la pequeña, olvidada por su desalmado padre, obligada a permanecer postrada en una silla de ruedas. Al señor Benjamín la condición de su hija parecía no importarle, ya que la mayor parte del día no se veía rastro de él y por lo general regresaba entrada la noche. Daba la impresión de que evitaba cualquier contacto con ella. No pasó mucho tiempo para que doña Lourdes por fin conociera al señor Benjamín. Lo encontró sin querer y cuando quiso evitar el desagradable momento ya era demasiado tarde. Venía del mercado cargada de bolsas con diversos artículos y justo cuando doblaba en la esquina de la base de taxis tropezó con él. Lo vio de frente  y un escalofrío recorrió su diminuto cuerpo. El hombre le causó mala espina. Era un tipo alto, que vestía de manera sencilla pero elegante. Llevaba un cigarrillo sin encender y parecía que tramaba algo. Tenía un rostro duro, como el de los tipos que andan metidos en malos pasos. La nubosidad de su ojo izquierdo le daba un aire poco amigable. Él, primero se disculpó y luego se presentó, incluso le quiso ayudar a cargar las bolsas del mandado, a lo que Doña Lourdes se negó rotundamente, argumentando que no quería ser una molestia y que a su edad no era del todo inútil. Desde esa vez doña Lourdes trataría de solo salir para comprar lo indispensable. Su rutina de observar pegada a la ventana ya no era la misma, la tristeza la invadía cada vez que observaba a la pobre niña abandonada a su suerte. Quería hacer algo para ayudarla, pero no encontraba el modo de hacerlo. Tenía el presentimiento de que algo malo pasaría.

Informantes anónimos han declarado a las autoridades que el asesino de viejitas es un hombre de complexión media, pelo corto, con buen gusto para vestir. Además, aborda a sus víctimas presentándose como trabajador social, enfermero del IMSS, o representante de cierto partido….

-Roldán, tengo que hacerle una pregunta.

-Dígame, Lulú ¿en qué puedo ayudarle?

-¿Alguna vez ha llevado agua al departamento del señor Benjamín?

-Achís, achís, ¿Quién es el señor Benjamín, oiga?

-El nuevo vecino de la sección dieciocho, allí donde vive una niña con parálisis cerebral.

-Ah ya, con el Lic. Sí, ¿por?

¿No sabe nada acerca de dónde está su hija? Hace días que no la veo. Por lo regular, siempre está unas horas tomando el sol junto a su ventana pero ya van tres tardes que solo observo la silla de ruedas arrumbada. La pobre enfermera de pelo chino al parecer es sordomuda, es una lástima siendo tan atractiva. Ayer me la encontré en la tienda cuando fui a comprar un litro de leche, la saludé y ella pareció no escucharme, entonces el tendero Paco me confesó que era inútil comunicarse con ella y que siempre llevaba apuntado en un papel lo que iba a comprar.

-¡Fíjese nomás de lo que se entera uno! Yo no sabía nada de eso, ni si quiera que esa chica fuese enfermera, yo pensaba que era su hermana mayor.

-Ay Roldán, usted tan despistado. Y eso que por su oficio tiene contacto con la mayoría de los departamentos. ¿A poco no se entera de lo que ocurre con las familias que los habitan?

-Pues, a veces, pero no me gusta meterme en cosas que no son de mi incumbencia y menos con el Lic. Tiene la sangre pesada. Ya ve lo que dicen: la curiosidad mató al gato…

     Doña Lourdes se moría de ganas por contarle a Roldán de lo que había sido testigo hace unas noches. Sin embargo, trató de disimular su curiosidad, a su edad no era conveniente andar con chismes. Hace unos días vio llegar al señor Benjamín en plena madrugada, algo normal en él, pero a los pocos minutos volvía a salir cargando un bulto envuelto en bolsas negras y amarrado varias veces con cinta americana. Fue casualidad el observar todo lo ocurrido. No podía dormir, se paró a beber un vaso de leche tibia y unas pastillas para combatir el insomnio cuando la luz de aquel departamento llamó su atención. Al parecer el efecto de los somníferos no sirvió de nada, ya que durante toda la noche no durmió y tampoco volvió a ver al señor Benjamín hasta la tarde del día siguiente.

El gobierno de la Ciudad de México en colaboración con los mejores investigadores de la Unión Norteamericana, ha tendido un plan para poder atrapar al asesino serial. Afirman que pronto la ciudad podrá volver a la tranquilidad que la caracteriza…

     Cada que se encontraba con algún conocido doña Lourdes no perdía la ocasión para preguntarle si de casualidad no había visto, notado o escuchado algo raro referente al  inquilino del departamento doscientos dos. Le preguntó a Doña Elvira cuando la encontró formada en la fila de las tortillas, a la señora Mendieta la abordó en el momento en que llegaba con el travieso Edgar, a don Isidro, que le gustaba fumar un cigarrillo al medio día sentado en la parada de taxis, le invitó una taza de café con la esperanza de averiguar cualquier cosa acerca del señor Benjamín, tampoco dudó en volver a cuestionar al viejo Roldán por si se había enterado de algo. Los días transcurrían con su acostumbrada monotonía y doña Lourdes se desesperaba de no conocer el paradero de la niña. Si iba con las autoridades tal vez la tacharían de loca, y además, ¿quién la tomaría en serio? el testimonio de una anciana no podría servir de mucho en estos casos. Era de madrugada y las mamparas no alumbraban lo suficiente. No estaba claro que es lo que había visto en realidad. A lo mejor la niña tuvo que ser internada de urgencia, pero, y ese bulto que el señor Benjamín había sacado en la madrugada, ¿qué era? Corrección, el señor Benjamín tenía un título, y era el de abogado, por lo que le dijo Roldán. Además le intrigaba el por qué de contratar a una enfermera sordomuda. ¡Claro! si el abogado Benjamín quería asesinar a su hija, así no habría testigo que pudiera declarar en su contra.

En últimas noticias, se ha confirmado el paradero del asesino ubicado en la colonia Peralvillo, le repetimos que tome sus precauciones y que ante todo cuide a sus niños. La policía prometió pronto aprehender al responsable de tantas muertes…

     No podía perder más tiempo, la vida de una niña inocente corría peligro. Si lograba convencer al menos a una autoridad competente, tal vez aún habría esperanza. Siguió el consejo del maestro Rafael, acudió a la Fiscalía Desconcentrada de Investigación en la delegación Cuauhtémoc para hacer una denuncia. Tenía bastante miedo, últimamente se encontraba por todos lados al abogado Benjamín: en el mercado, en la base de taxis, en las tortillas, en la tienda, incluso fuera de su departamento. Una noche lo soñó: tocaban a su puerta de una manera brutal, no quería abrir, podría ser el asesino que andaba suelto y ahora se hacía pasar por enfermero, pero entonces la cerradura comenzó a girar, el primero en entrar fue el Licenciado Benjamín con una silla de ruedas, le dijo que venía a llevársela, que más le valía no decir nada y portarse bien, doña Lourdes intentó gritar para pedir auxilio pero las palabras la habían abandonado. Luego apareció la enfermera sordomuda con sus rizos cubriéndole la cara y una sonrisa tonta, la tomaba del brazo para ponerle una inyección que hizo que su cuerpo se relajara y…

-Buenas tardes, señorita, quisiera hacer una denuncia anónima.

-Mire, llene este formato y ya que lo tenga terminado me lo da para hacerle su denuncia.

-Oiga, pero quiero que sea confidencial, no sé si podría ver al Ministerio Público y decirle personalmente lo que vi. Es algo en realidad muy grave.

-No lo creo, el licenciado Herrera ahorita está muy ocupado y por el momento no creo que pueda atenderla.

-Pero, mire señorita, enserio es urgente verlo. Una de mis vecinas ha sido asesinada.

-Señora, son miles las denuncias que a diario recibimos y los casos de asesinatos son siempre las más comunes. Así que no veo porque su caso tendría que ser especial.

-Solo déjeme ver al Licenciado Herrera, se lo suplico. Yo fui testigo de ese asesinato y siento que él pronto vendrá por mí. No para de perseguirme por todos lados.

-Mire señora, ya le dije que el licenciado está muy ocupado, pero si quiere usted pasar y comprobarlo por sí misma, pues adelante. Licenciado Herrera, esta señora dice que tiene algo importante que decirle. Intenté explicarle pero la señora insistía en verlo.

-Muchas gracias, Martita. Yo me encargo. Adelante señora, soy el licenciado Benjamín Herrera. Dígame, ¿en qué puedo ayudarle?.. Creo que ya nos conocíamos, ¿no?, señora Lourdes ¡Qué pequeño es el mundo! Cuénteme todo lo que usted vio, por favor.


Acerca del autor: 
Mariano Atzin Nieto Silva. 1991. Ciudad de México. Estudiante de la carrera de Lengua y Letras hispánicas en la UNAM. Detective en la Agencia de la Continental sede Ciudad de México. Escritor y amante del género negro. Ha sido publicado en diversos estados de la República Mexicana como son: Baja California Norte, Veracruz, Guerrero, Michoacán y el Distrito, así como Granada y Toledo, España. Es columnista para Editorial Alianza en El librero,  revista Morbífica y Solo Novela Negra.

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