Bernal o los círculos perfectos | cuento por Ulises Piedra

 

Ilustración de Cecilia Saucedo

I

La historia de cómo Juan terminó en el Hospital Psiquiátrico (o el “loquero”, como dicen los otros estudiantes con quienes compartíamos salón, y que jamás tuvieron trato con él) comenzó en una clase de Historia de las culturas con el Dr. Galván, cuando nos pidió exponer el tema de La Conquista, individualmente. El Dr. Galván, en ese entonces (antes del percance), solía ser uno de los profesores más estrictos de la Facultad de Filosofía y Letras, y Juan era un chico de perfil tan bajo como su estatura, de bigotes ralos que apenas surgían en una cara de lo más apacible y lentes de fondo de botella; vestía siempre un pantalón de color café claro, una camisa que variaba su color según el día de la semana, un par de mocasines de tinte beige y un suéter del mismo color. Era un tipo al que yo no le hablaba mucho (ni el resto del salón), de hecho ni siquiera reparaba en su existencia; sin embargo, en alguna ocasión, mientras esperábamos a que el profesor llegara, pues Juan, al igual que yo, era sumamente puntual, habíamos entablado una escueta conversación sobre la Literatura del siglo XIX (Juan era un aficionado a la literatura de esta época) y me había sorprendido lo mucho que sabía sobre el tema. Así fue como comencé a respetarlo, por decir algo. Dejó de ser, para mí, el chico del pupitre más alejado al del profesor que jamás participaba en clase y comenzó a ser Juan.

Pero, esa tarde en que el Dr. Galván dio clase sobre la Cultura Mexica, comenzó con que La Conquista fue un episodio trágico de la Historia de nuestro país. Pidió opiniones. La clase estaba animada, todos participaban. Todos, menos Juan. El Dr. Galván se dio cuenta de ello y le pidió su opinión. Juan se puso tan nervioso que no supo contestar, sólo dijo, justo después de carraspear un poco: «desconozco mucho acerca del tema, profesor, preferiría no decir nada», con una voz apagada y desafinada, como si estuviese enfermo. Esto provocó las risas de los demás compañeros en el salón. El Dr. Galván sólo atinó a decir: «¡qué mal, chico! Deberías leer a Bernal», y le dio la palabra a alguien más. Yo miré en los ojos de Juan una decepción que podía pasar como algún tipo de miedo al fracaso, pero era algo más: era humillación, sí. Juan se había sentido intimidado por el Dr. Galván y humillado por el resto de los compañeros.

En cuanto la clase llegó a su fin, él fue el primero en salir del aula.

Me apresuré para alcanzarlo en el pasillo de la Facultad, pues quería saber cómo se encontraba. Eso hice, se lo pregunté. Le hice la pregunta «¿Cómo estás, Juan, te sientes bien?», y giró su cabeza hacia mí. Me miró. Sus ideas se hallaban en otra parte, era claro que no había escuchado mi pregunta. Cuando, por fin, atinó a responderme, sólo dijo: «Debo leer a Bernal», y siguió caminando por el pasillo, hasta que lo vi perderse en una esquina. Me quedé parado, mientras pensaba en lo que acababa de ocurrir. Era obvio que eso no era un buen indicio, pero lo dejé pasar. Ya se le pasaría esa crisis.

El resto de las clases en que estuvimos juntos intenté no molestarlo, ni hablarle; pero, de vez en cuando, echaba una mirada hacia su pupitre. Lo veía perdido. De vez en cuando murmuraba. En otro par de ocasiones lo encontré en los pasillos. Lo saludaba y él sólo respondía «Debo leer a Bernal».

Le comenté esto a un par de compañeros que compartían salón con Juan y conmigo, sólo dijeron: «¿Qué te importa ese cabrón, Arturo?». Era obvio que esta situación sólo me preocupaba a mí, pues era el único del salón que había hablado con Juan, al menos en una ocasión. Me sorprendía cómo un cerebro tan brillante podía ser tan común como persona. Pasar desapercibido por todos era su mayor truco.

Fue, un par de semanas después, cuando la situación llegó a su límite.

Encontré a Juan almorzando en la cafetería de la Facultad y me acerqué a su mesa. Murmuraba algo inaudible. Le pregunté «¿Puedo sentarme, Juan?», casi gritando, pero él no me prestó atención. Siguió comiendo mientras miraba al frente, como un caballo. Murmuraba. Podía ver cómo sus labios decían algo que no podía escuchar. Realmente me preocupaba el verlo así, tan ausente.

Me senté sin importarme lo que dijera o cómo fuera a reaccionar. Este fue mi más grande error, bien pude haberme marchado y no decir nada; pero no, no me parecía lo correcto.

Ya sentado, en la misma mesa que Juan, intenté entablar una conversación. Le pregunté por los libros que había leído últimamente (yo ya sabía que sería algún texto del siglo XIX), pero no respondió. Entonces insistí: «¿Has leído a Tablada?». Pero su respuesta fue nula, en cambio seguía murmurando. «¿Y qué tal al Duque Job?», volví a preguntar, pero su respuesta seguía siendo nula y, en cambio, sus murmullos eran cada vez mayores, mas audibles. Percibí, entre su perorata interna, la palabra «leer». Supuse que mis preguntas estaban surtiendo efecto. Entonces ataqué con lo mejor que tenía, le pregunté:

—La otra vez estaba leyendo un libro de un tipo que se llama Alberto Vélez, tal vez lo conozcas, es contemporáneo de Nervo.

Pero nada.

Estaba dispuesto a irme cuando vi al Dr. Galván entrar en la cafetería. Esto me recordó la exposición para su clase. Entonces le pregunté a Juan: «¿Cómo vas con lo de la exposición de Galván?».

Entonces dejó de murmurar.

Por primera vez, en todo el tiempo que había estado sentado a su lado, me miró.

Suspiró.

Abrió la boca, pero no dijo nada. En cambio giró la cabeza hacia su plato de comida.

Entonces se levantó muy rápido. Me espanté un poco por su brusquedad, y me levanté también, como un acto reflejo. Entonces me miró, esta vez me miró de verdad. Abrió la boca y comenzó a decir quedamente: «Debo leer a Bernal. Debo leer a Bernal». Una y otra vez.

—Debo leer a Bernal —volvió a decir, esta vez con mayor volumen. Gritaba.

Tomó la bandeja sobre la que estaba su comida, arrancándola de la mesa, tirando el vaso de agua y el plato semivacío de sopa, e intentó golpearme con ella mientras seguía diciendo —«Debo leer a Bernal, debo leer a Bernal».

Todos en la cafetería voltearon hacia donde estábamos nosotros. Yo intentaba esquivar sus golpes, pero era infructuoso.

El Dr. Galván se acercó hacia nosotros y preguntó qué ocurría. Juan lo miró, en sus ojos estaba el recuerdo.

Luego, la catástrofe.

Se abalanzó contra el Dr. Galván y comenzó a estrangularlo mientras decía «Debo leer a Bernal, debo leer a Bernal».

Me abalancé sobre él, para quitarlo de encima del Dr. Galván. Un par de sujetos me ayudaron. Pero era una tarea harto difícil. Juan estaba dispuesto a matar al Dr. Galván mientras seguía diciendo «¡Debo leer a Bernal, debo leerlo, leer a Bernal!». Algunos comensales gritaban clamando ayuda, otros grababan la escena con sus teléfonos celulares.

Vi la cara del Dr. Galván que estaba morada, expulsaba saliva por la boca y los ojos, completamente rojos, comenzaban a cerrársele. Se movía debajo de Juan intentando zafarse, pero era inútil.

Cuando llegaron los vigilantes acompañados de un par de policías forcejearon con él. Parece imposible creer que un joven tan escuálido tuviera tanta fuerza. Uno de los policías golpeó a Juan con la cacha de la pistola y éste se desvaneció.

Los gritos cesaron.

Ya no se oía más el «Debo leer a Bernal» en la cafetería.

Se hizo un silencio absoluto mientras veían al Dr. Galván tirado en el suelo pringoso de la cafetería. Me toqué la cabeza: estaba sangrando por el golpe que Juan me había asestado con la bandeja.

Poco después llegó una ambulancia, en la que se llevaron al Dr. Galván. A mí me curó un pasante de Enfermería. A Juan querían llevarlo a la Delegación, pero después de que contamos lo ocurrido, los policías llamaron al Hospital Psiquiátrico.

Se llevaron a Juan en una ambulancia.

No sé si haya leído alguna vez a Bernal.

II

Fue mientras estudiaba Arquitectura que conocí a Esteban.

Él estaba obsesionado con que si practicas a diario y dibujas, por lo menos, cinco horas al día, llegaría un momento en que podrías hacer una línea perfecta y un círculo con sus grados exactos sin necesidad de usar regla ni compás.

Estaba realmente obsesionado con ello. Cada día, en las horas entre clases (incluso en las mismas horas de clase) tomaba su block de dibujo, un lápiz, y se ponía a practicar para demostrar que estaba en lo correcto. Nadie nunca lo contradijo; sin embargo, seguía empecinado en lograr tal proeza. Era como si su vida dependiera de ello.

El semestre llegaba a su fin y con ellos la entrega de trabajos finales. El Arq. Marcelo Buendía nos haba pedido, como trabajo final, un proyecto complejo: una maqueta de un posible mausoleo. Este proyecto nos entusiasmó mucho. Toda la clase mostraba constante empeño en lograr una gran maqueta. No era sólo por la calificación, sino que la mejor maqueta sería considerada para que el Gobierno del DF realizara un proyecto. Era lo mejor que podría pasar en la carrera para nosotros, apenas estudiantes de tercer semestre.

            Pero Esteban no se preocupaba en lo absoluto. Seguía empeñado en realizar un círculo perfecto con una línea transversal, también perfecta. A pesar de parecer un completo lunático, sus esfuerzos parecían rendirle frutos: cada vez era más recta su línea y más exacto su círculo.

            Fue cuando logró realizar su cometido que su madre decidió internarlo en una Clínica. Decía que estaba loco. Que, al lograr su gran hazaña, comenzó a romper todo lo que haba en su habitación. Dice su madre que arrasó con cada póster de las paredes y tiro cada mueble cercano a éstas. Al final, con un par de chinchetas, fijó su obra maestra.

            Estuvo seis meses en la clínica.

            Ninguno de los alumnos fue seleccionado por el Gobierno del DF. Ningún mausoleo era lo suficientemente bello (o exacto) para ser considerado. Cuando Esteban volvió, parecía más tranquilo. Hablaba menos, sólo escasos balbuceos, y casi no parpadeaba, pero estaba tranquilo. Le habían prohibido el dibujo como hobby. Ahora sólo debía dibujar si era necesario para las materias de la carrera. Un día, después de darle un tiempo para que todo volviera a la normalidad, me acerqué a preguntarle cómo la estaba pasando.

            Sentí cómo clavaba en mí su mirada perdida, casi nula. Debo admitir que me asusté. Sin embargo, a pesar de su mirada perdida, decidí preguntarle cómo se encontraba.

            No respondió. Me miró. Sonrió con una mueca raída y sacó un lápiz de su bolsillo. Escribió sobre una hoja de papel que encontró en el suelo. Luego la tiró a la basura.

            Cuando le pregunté qué era lo que había escrito se limitó a decir:

            —Debo leer a Bernal.

            Y se fue.


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