Avatares de la prietitud I: Origen y contención del prieto

Era tan extremo tanta la gente, no sólo de indios sino de todas castas,

tan desentonados los gritos y el alarido, tan espesa la tempestad de piedras

que llovía sobre el palacio, que excedía el ruido que hacían en las puertas

y en las ventanas al de más de cien cajas de guerra que se tocasen juntas.

 

Alboroto y Motín de los indios de México del 8 de junio de 1692
Carlos de Sigüenza y Góngora

No hay mejor infidente que uno mismo, ni mejor sujeto experimental que la carcasa que uno arrastra de cotidiano. O no, según la escuela antropológica o psicológica la que el sujeto experimental esté adscrito. A pesar de que el consenso general, espíritu de congresos y academias, diga que ser juez y parte tiene poco de científico y mucho de antiético, y de que la filosofía contemporánea deje en claro –con enormidad aplastante – que ya no estamos en esos tiempos oscuros en que el hombre podía jugar a ser Sócrates, defiendo lo que sigue y digo que, más que una tesis y su defensa, esto es, o será, una anécdota jocosa de la que el ocio hizo madeja de gato gordo –se puede extender esta metáfora a la historia del pensamiento occidental, pero eso es tema de reflexiones más sesudas.

            Vamos, pues, a la cuestión tomándola por el suceso: Soy tan prieto que, cuando se trata de dirigirse a mí para ofrecerme un servicio de gestoría burocrática –podría ser algún otro ofrecimiento, generalmente turbio –  los coyotes que rondan la Oficina Central del Registro Civil – podría tratarse de algún otro corruptor de la Patria, generalmente turbio – alteran la acostumbrada locución ladina ¿Qué tramite necesita, güero? por la más sombría ¿Qué buscas, moreno?

            Dicha locución, si bien en alguna instancia podría interpretarse como amenaza, como una aclaración de que es mejor no buscar nada en ese sitio, no es otra cosa que una extensión de los límites del deseo más allá del ofrecimiento tramitológico que, si pactado, lubricaría los engranes de la pesada burocracia estatal; se trata, pues, de una ampliación del catálogo, un abanico que deja entrever posibilidades que, si no se tiene cuidado, llevan a imaginar excentricidades absurdas: de probar la eficacia de la corrupción a la hora de cambiar de identidad legal, a dejar de ser prieto temporalmente por el mero gusto de no ser requisado en las aduanas. Anhelos hermosos y legítimos – en el sentido práctico de la legitimidad, no me malentienda – pero fuera del alcance de un coyote que tramita actas para forasteros que no existen o existen contrahechos en el Archivo del Estado.  Pero no, acaso el poder oculto tras el ofrecimiento especial, la práxis de su conjuro verbal, no va más allá de la falsificación, el comercio de sustancias ilegales o, si pensamos en clave literaria, la facilitación de los favores del amor tarifario. No podría se de otro modo: los alrededores del Archivo son tan reales, tan abrumadoramente pasmosos, como el Archivo mismo.

            En fin, sigamos el rastro de la peculiaridad de las palabras en el conjuro del coyote: se trata de un Schibboleth[1], una clave entre prietos que reconocen en el tono de la enunciación la apertura de un posible pacto, un vínculo facilitado por el color rastrero de su piel. El hombre del ofrecimiento – naturalmente otro prieto, acaso menos prieto que yo en la escala colorimétrica– tiene – como es natural – un prietómetro que le guía a la hora de sugerir aquello que va más allá de la sana corrupción que se nutre del tránsito lento de las entrañas burocráticas. Para este prieto, mi color, nuestro color, es definición esencial y operativa que, sin embargo, se ha de verificar con la palabra: sospecha – con el derecho que le da la colorimetría – que más que necesitar un trámite, merodeo.

            Lo mismo pasa con los prietómetros de otros prietos que se dedican a salvaguardar a los blancos de la prietitud rampante – concédame aquí, lector, que la seguridad es, por principio, discriminación en la más operativa de sus acepciones. No me lo tome usted a mal, yo no hago la realidad, sólo la describo desde el ocio, actividad que, si no es edificante ni ejemplar, acaso resulte entretenida. Esto de que los prietos tienen una gradación en su prietitud y que en sus relaciones con los blancos se distingue cada grado por sus tonos (de piel y de voz) desde el servilismo a la amenaza, no es cosa nueva, ya lo dijo Garibay (Y no Ángel María, sino Ricardo): no es lo mismo un mestizo, que un mestizo muy aindiado.

            Y no es lo mismo, si hablamos de reconocimiento en el lenguaje, un prieto que se apellida Cuanenemi Cuanalo, que un prieto que se apellida Avantes; no es lo mismo un prieto en mezclilla, que uno en uniforme de cargo, que uno enfundado en traje y corbata. Verdades de Perogrullo que, sin embargo, dan origen a una escala inagotable en lo que toca a la clasificación de los prietos, asunto de primer orden a la hora de contenerlos. Cosas de sociólogos que ya no hacen los sociólogos (tampoco los antropólogos, estirpe que se deleita en otros ritos), porque en estos días suena a incorrección política hablar de clasificaciones raciales, sobre todo si se hace sin una terminología incluyente. Sobre todo ante una academia tan diversa que, gracias a la educación revolucionaria, laica y gratuita, ha encumbrado a tantos santones prietos.

            Sabemos, pues, que poco se habla ya del prieto como tal en el ámbito de la blanquitud nacional –  no pierda usted de vista que en este país, “prieto” y “blanco” (o, mejor, “güero”) son palabras que contienen más información que los meros fototipos de von Luschan[2], se trata de maneras de existir – fenómeno que acarrea una pérdida irreparable en el folclore de nuestra lengua, de la terminología prietista que el pueblo, de boca en boca, ha vuelto insulto: “pinche indio pendejo” -tan socorrida entre automovilistas hace apenas dos sexenios-, o sustantivos colectivos: “peladaje” o “leperuza”, recogidos notablemente por uno de nuestros prietos blanqueados más célebres: el gran Carlos Monsiváis.[3]

            Con el insulto perdido, con los adjetivos arrumbados, perdemos, poco a poco, el testimonio más vivo del latir del vencido que acuna nuestro ser nacional: el lamento del conquistado que es este nuestro chingado lenguaje. No se habla más del “infelizaje”, sino de las personas en situación de riesgo, ya no se mienta (la madre o no) al “peladito” – del de Cantinflas – ni al más filosófico “pelado” del gran Samuel Ramos , sino a la gente que vive en las ciudades-dormitorio. Así, con las palabras sin cochambre, creamos un nuevo ser nacional más digno y los güeros pueden hablar sin tanta culpa de los menos afortunados, sobre todo a la hora de saciar su sed de caridad. Y si bien el lenguaje se resiste a dejar de nombrar lo real con la jiribilla nacional, si bien el “naco” aún resiste en los labios ebrios de alguna señorita sulfurada a las puertas de algún bar de la Condesa, si el novísimo “chaka” aparece aquí, en la televisión, o el “chakal” allá, en las buferías de los antros gay, ya los extinguirá el CONAPRED.

            A todo esto ¿de dónde viene el prieto? Quizá Góngora – no el de la nariz, sino el novohispano – nos lo ha dibujado en sus etapas más tempranas como un indio hambreado que, cuando se amotina, desboca su rabia pirómana. Un animal renegrido y desplumado, bípedo y de uñas planas, que incendia las trojes si lo hambrean más de la cuenta. La historia, la que vino luego de don Góngora, nos señala los hitos en su evolución: de quemar mercados, a quemar alhóndigas, luego a saltear caminos, luego a estallar una revolución, luego a secuestrar con saña y, más de una vez en el recuento, a llenarle las urnas al PRI.

            Tenemos, pues, como saldo de lo dicho antes, que el prieto es hambreado, pirómano (en amplísimo sentido), merodeador, ladino, mezquino y, muchas veces, priísta y otras tantas, a últimas fechas, socialdemócrata moderado. Lleva con él, en el vello facial hirsuto y salpicado, uno de los signos del vencido (el otro es ser hijo de la Chingada, pero eso ya se ha dicho antes).

            La relación del prieto con los blancos (ya analizaremos luego la que se da en la lubricidad, animada por el exotismo y los actos fallidos) tiene un portentoso arsenal de ejemplos en las frases que el uso ha tallado hasta convertirlas en nombres o en ausencias colectivas de los mismos. Pongamos por muestra tres apellidos, los primeros dos, Concolorcorvo y Crespo, designaron a los negros castellanizados por la esclavitud, el primero “con el color del cuervo”, ha desaparecido por poético, el segundo, referente a la cabellera ensortijada del africano, aún habita en los afrodescendientes más o menos blanqueados que habitan la alberca genética nacional. El tercero, Prieto, subsiste, pero ya no nomina ni al negro, ni al indio, ni al mestizo aindiado con exclusividad. Nomina tantas escalas de prietitud que ha alcanzado al blanco, por ejemplo un célebre chelista que estudió en el MIT para luego viajar a Rusia y dar conciertos con Yo-Yo Ma. No hay, pues, nombres exclusivos para el prieto, aunque pocos prietos pueden llamarse Aramburuzabala o Aristegui y muchos güeros pueden apellidarse Pérez o Reyes, si bien la “y” entre dos apellidos que tienden a la prietitud puede bien engalanarlos y hacerlos inaccesibles al peladaje: Rivera y Vaca. México, Méjico: cuanta sangre en aras de esta o aquella composición tipográfica. Como podrá inferir usted de este desfile de nombres, el prieto y el güero (o el blanco), se llevan – a pesar de tener en común el nixtamal – como familia de borracho.

            Pero, desgreñemos todavía más esta mona, ¿se ha puesto usted a pensar que el apellido Prieto ha perdido su carga semántica específica para nominar al prieto de tanta progenie? En ningún caso podría decirse con más justicia que no alcanzan las palabras. Tan basta prole como es la prieta desborda todo: estadios, reclusorios y sustantivos. Y no olvidemos que la melanina del indio se ha desleído entre cruza y cruza , mientras se aumentan los renglones de los censos. Y es que el prieto es fecundo por naturaleza. Bien lo saben los médicos – tendientes siempre a la blancura y a la blanquitud, según la historia de la clínica moderna – que condicionan las dádivas gubernamentales a que las prietas de útero paupérrimo acepten la prudencia científica del dispositivo intrauterino o la ligadura de trompas. No se alarme, la clínica actúa siempre Iuris et de iure[4]. La noble labor obstétrica de la ciencia médica, si bien suministrada, es medio muy eficaz para contener al prieto.

            Y es que si no se le contiene, el Prieto se vuelve sedicioso: “dame mi dinero, hijo de tu puta madre” (sic. Secuestrador en Negociación), “Tierra y libertad”, “Estábamos desarmados”, son expresiones que resultan aberrantes y totalmente previsibles en una sociedad fincada en el progreso y la tolerancia. Para evitarlas, para ahogarlas antes de que comiencen a gestarse en sus gargantas, hay que emplear a otros prietos , más o menos aindiados según cuánto poder político se ha de poner en sus manos: los unos, fusil en mano, instruidos en la tortura de contrainsurgencia, los otros, instruídos en universidades herederas de la Revolución Institucional, generalmente desarmados.[5]

            Si bien esta contención jurídico-militar ha funcionado – con sus bemoles, naturalmente – contra los rasgos vestigiales de aquellos indios vencidos y amotinados que animan los humores salvajes del prieto, sería iluso pensar que la estirpe de prietos entera se haya contenida bajo la bota o dentro del calabozo. Cierto tipo de prieto que, generalmente por obra de algún infortunio, ha llegado a ilustrarse, quizá vea con malos ojos la efectiva higiene que supone el destriparse unos prietos contra otros. Y no sólo eso, si acaso ha llegado al humanismo unversitario, con sus lenins y sus marxes y sus novelas y sus poemas, se tornará incómodo, más si ejercita ese simulacro de motín que es la protesta civil pacífica o la libertad de imprenta. Si aprende a dejar de lado el combate en buena lid – es un decir, por lo general el Estado puede ametrallarlo –  a hacer de la mediocridad de su prietitud una suerte de virtud torcida, será capaz de elaborar una queja que no puede borrar de modo tan efectivo la desaparición o el simple homicidio. Puede ahora, desde su prietitud ilustrada, lanzar un lamento que se extienda más o menos efectivamente. No es que no se le pueda meter en una fosa sin marcar – método aconsejable si le ha dado por el periodismo – es más bien que a estas alturas de la historia resulta de mal gusto andar por ahí fusilando y encerrando a todos como Dios manda.

            Es aquí, ante las inhibiciones de la posmodernidad, que aparece la prevención, el cálculo de riesgo que es espíritu de la especulación contemporánea: las encomiendas de prietos, mejor conocidas como becas estatales. El prieto becario, contenido en una esfera que le permite el ejercicio de la ideología sin hacerse daño, es un artefacto salinista que, de no ser por su probada efectividad, podría considerarse uno de los más hermosos objetos de virtud en el gremio de los hacedores de lo político. Piénselo bien: un stand de tiro, en lugar de la Sierra de Guerrero, una cámara acústica en la que vociferar sin consecuencia, el dulce reconocimiento de sus pares (o su acre desprecio) que le brinda un aplauso atronador, sonido – si se me permite decirlo – mucho menos aterrador que el zumbido de los cartuchos de M1.

            Contenidos en ese ambiente propicio, aprenden una suerte de esperanto conciliador: “Estos son otros tiempos, aquél, el de las revoluciones rabiosas, no era otra cosa que el primer Marx, el del Manifiesto”, “Se trata de asuntos muy superados”, “La nuestra es una democracia joven que, como es natural, tiene sus fallas”. La rebelión en una cajita de Petri.

            Si algo nos enseña el texto de Góngora – nos enseña mucho, esto es pura retórica – es que hay que saber maicear bien a los prietos. No hay motivo de alarma, si todo falla, si todo se rompe, hay ahora modernos seguros contra motines de prietos y poco a poco surgen círculos de intelectuales aprietados y prietistas que hablan abiertamente sobre los avatares del prietismo. Toda la rabia está contemplada en el presupuesto.

[1]     Para un mejor entendimiento de esta clase de vínculo no se refiera usted al texto bíblico de donde viene su nombre, sino a la escena de la película Inglourious Basterds en la que el Teniente Archie Hicox arruina su disfraz al incumplir el Schibboleth.

[2]     Se trata de una escala para clasificar los colores de piel inventada por un médico y antropólogo Austricao, Felix Ritter von Luschan, que no era racista, sino decimonónico.

[3]     Notará usted, si recurre al archivo fotográfico que más tenga a la mano, que, a pesar de su interés fetichista por la prietitud, de aindiado tenía nuestro intelectual más bien poco.

[4]     Latinajo impertinente.

[5]     Haga usted en este punto un ejercicio simplísimo con su prietómetro: deje que la prietometría de su imaginación ponga rostro y color a los héroes anónimos de los que hablo.

Acerca del autor: Manuel Avantes (alías Abel Prieto). Desertor de más de una disciplina, estudiante de literatura, escritor de brevedades en Facebook. No conoce París.

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