Un marido fiel | cuento por Esperanza Ardila

 

Es un tipo más bien corriente, sale del trabajo a las seis, ya sabes, casi dos horas de tráfico, se demora en regresar a casa. La esposa se siente sola. No quiero que pienses que la justifico. Eso no. Te lo cuento porque ayer me echaron el cuento y me dije: “esta historia le va a gustar”. Y aquí estoy, soltándote el rollo… Ten paciencia, allá voy. Este tipo trabaja en las afueras de la ciudad, imagínate, todo el día fuera de casa. No hay mujer que soporte… Sabía que dirías eso. Pero no, no digo que estuvo bien, ni señalo culpables y mucho menos digo quién es la víctima. El tipo llega de noche, cansado, ojeroso. Se le cierran los ojos. En el día no ha tenido tiempo para llamar a su esposa ni escribirle un mensaje. Eso pasa. Se va el tiempo en un parpadeo. Hay mujeres que no entienden, creen que pasa algo y lo único que pasa es el puto trabajo. La mierda del jefe o el maldito tiempo que se agota. Y hay mujeres que no entienden. Son ciegas y sordas pero, ¡Dios nos ampare!, ¿crees que son mudas? Lo contrario, les brotan las palabras a borbotones. Y se arman un lío en la cabeza. Ellas solas… Ay sí, ay sí, exagerado. Me las conozco de memoria. Llega el pobre tipo a la casa y sale esta mujer hecha una fiera y lo noquea a punta de lengua, la cantaleta dura una hora y no dura más porque el tipo se baña, se viste, se sienta a comer, todo el tiempo oye a su mujer despotricar de él, se levanta y se va. ¿A dónde va?… No, fíjate que no. No se va a donde le da la puta gana ni se va a callejear. Nada de eso. El tipo se ha conseguido otro trabajo. No sé en qué pero el tipo trabaja de noche. ¿Quién puede con ese ritmo? ¡Nadie! Pero este tipo sí. Duerme un par de horas nada más. No es cuerpo glorioso pero a él no le importa. Y la mujer no lo entiende, pasa toda la noche llorando como una magdalena. Llora que llora. Ya no me quiere, qué hice mal, se fue a vagabundear por ahí, tiene una moza que lo alivia y esas cosas de telenovela barata. Pero el tipo en realidad no puede quedarse quieto, no puede estar en casa sin hacer nada. ¿Descansar? Él no sabe qué es eso. Empieza a pensar cosas feas, por eso está ocupado, siempre ocupado. No duerme bien. A nadie le cuenta. Se siente solo, desesperado. Nada tiene sentido, ¿para qué trabajar?, ¿para qué levantarse cada mañana?, ¿para qué comer?… No te burles, es un tema serio… ¡Exacto! El tipo está deprimido pero es un hombre, ¡carajo!, quién dijo que los hombres se deprimen. Así que aunque nada tenga sentido se obliga a levantarse, trabajar, cerrar los ojos y seguir viviendo. Fíjate tú. Pero está la mujer. No le cuenta porque ella también tiene su viaje mental, tanta gritería, tanta rabia contenida en su pequeño cuerpo, tanta cosa necia que pasa por su cabeza. Él no entiende qué quiere ella, no entiende. Es como si hablaran en dos idiomas completamente diferentes. Ella reclama: ya no me quieres, no te importa lo que pase conmigo, no me prestas atención, no me ayudas en casa, no esto, no aquello. Él lo intenta. No lo defiendo pero realmente él lo intenta: ¿qué quiere de mí?, se pregunta lo mismo todo el tiempo. Lava los platos, le da un beso en la mejilla al salir y llegar a casa, le pregunta qué tal tu día. Espera que sea suficiente pero no. ¡No! Ella sigue quejándose. Una noche, de regreso a la casa, saluda a unos vecinos en la tienda de la esquina, mientras camina los oye burlarse de la mujer de algún conocido, uno de ellos dice: “la rabia de una mujer se cura en la cama”. Se ríen a carcajadas. Un mal chiste de hombres, lo sé, pero se piensa. Llega a casa y se va una hora después. Todo igual. El sermón. Las lágrimas, los reclamos. En la madrugada regresa, entra a su habitación, la ve dormir. Sabe que huele a sudor y al frío de la noche pero no se baña porque está cansado. Se acuerda de la broma y se le despierta lo que sabemos. Se acuesta, le quita la cobija y ahí va, sembrando caricias… Tienes razón, torpes caricias. Ella despierta y hasta ese momento se da cuenta de que nunca la había visto iracunda, ¿la rabia cotidiana?, eso era un juego de niños frente a esta cosa que se levanta de la cama y parece echar fuego por la boca, este monstruo es su mujer, sus ojos lo destripan y lo muelen y lo dejan vuelto polvo. Termina en la sala, y duerme las dos horas que le restan en el sofá sin tener idea del por qué pero no le preocupa mucho, si nada tiene sentido, pues el arranque de su mujer tampoco lo tiene y así se cierra en sí mismo y ya no lava los platos después de cenar, ni tiende la cama al levantarse, ni lava su ropa, no es que ahora, por desquitárselas, obligue a su mujer a atender la casa y sus cosas como Dios manda…  Ay, es una manera de decir, una broma, ¿me vas a dejar terminar de echarte el cuento?… ¡Por favor!, qué difícil te pones. Está bien. A ver, ¿por dónde iba? El tipo parece un zombi, va por el mundo como alma en pena, bueno, ahora sí exagero, más bien, como autómata. Nada le importa. En apariencia. He aquí el meollo del asunto: la apariencia. El tipo aparenta sentirse bien, aparenta gustarle el trabajo, aparenta ser feliz, aparenta, aparenta. Pasó la consecuencia lógica, a un tipo que no le importa nada, no es amable. El tipo empezó a hablar, no a discutir ni a gritar como hacía su mujer, simplemente hablar, ay, pero las cosas que decía: “te ves gorda”, “tienes mal aliento”, “tienes la cara grasosa, un asco”, “hueles a grajo” y cosas así. Luego, dio un paso adelante, usó la burla para comunicarse: “¿y esa barriga de embarazada?, ¿quién es el padre”, “esta casa es un chiquero, tan tuya”, “¿será que la mugre es tu toque mágico?”… Sí, un imbécil, lo sé, pero seamos condescendientes, al tipo le importaba un rábano la vida, creo que no buscaba ofenderla, se le bloqueó la empatía, o algo así… Qué impaciente eres. Está bien, te lo resumo: ella desapareció… Ja, ja, ja, ¿no era lo que querías?, ahí está el final de la historia… Ah, quieres detalles, pues eso era lo que te estaba contando. ¡Los detalles! ¿Puedo seguir?… Gracias. Él siguió siendo un imbécil sin darse de cuenta de que con sus palabras le minaba el espíritu a su mujer… Me salió metafísico el cuento. ¿Cómo le llaman los sicólogos?… Eso es: le minó la autoestima. Pensarás que la mujer le gritaba cada vez que la ofendía y le armaba unas grescas monumentales, pero no. Se fue apagando. Él llegaba a casa y ella ya no hablaba. Apenas el saludo. Y bueno, lo que era de esperarse, se le fue colando la tristeza por las entrañas, esas cosas de mujeres que uno poco entiende. Y el tipo ni cuenta se daba. Ella perdió el trabajo, se aisló, ensimismada. Desarreglada la cama, insípida la comida, polvorienta la casa. Dos lenguas distintas, eso pasaba. La incomunicación absoluta. Sé que hay un lenguaje no verbal tan rico y significativo pero es que casi ni se miraban. Ni se tocaban… Ajá, y un día él llegó a casa después del trabajo y no encontró nada ni a nadie. Puso la denuncia en la fiscalía dos días después, luego de buscarla con sus familiares. Al inició creyó que ella lo había abandonado pero con el paso de las horas empezó a sospechar. La lista del mercado sobre el mesón de la cocina. La ropa sucia en la cesta, al lado de la lavadora como si pensara lavar cuando llegara a casa, su ropa interior en remojo, en el comedor el collar de cuentas de colores que compró en la feria el día anterior… ¿Que cómo lo supo? Ella se lo dijo. Era la primera vez que le decía algo aparte del saludo de rigor. Y así los recuerdos fueron sumando ideas a su cabeza. Un día tomó el libro que su esposa dejó sobre la mesita del espejo: Madame Bovary. Buscó las páginas que señalaba el separador y descubrió las líneas subrayadas con lápiz: “El día siguiente fue para Emma un día fúnebre. Todo le pareció envuelto en una atmósfera negra que flotaba confusamente sobre el interior de las cosas; y la tristeza se le metía en el alma con dulces alaridos, como el viento de invierno en los castillos abandonados”. Fin. ¿Te gustó?… ¿Qué más quieres que te diga? Te lo conté tal como me lo contaron, pienso agregarle algunas cosas pero… Bueno, dicen que de la felicidad no nació la literatura… Sí, claro, ya lo había visto, me pareció un hombre normal, tiene la apariencia de ser un buen hombre. No sé qué más decirte. A veces lo veo sentado en un escalón de la terraza de su casa. Sus codos sobre las rodillas, su mentón sobre una mano, con ese mirar meditabundo de las mentes ocupadas en su propio mundo… Claro, aún la espera, aún la busca.

Sobre la autora: Esperanza Ardila B. (Colombia, 1981) Antropóloga. Lectora. Autora de artículos académicos y relatos de ficción. Blog: http://anecdotariodeerospandora.blogspot.com.co/

 

Autor de la fotografía, aquí.

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