Cecilia (Cuento ganador del concurso del Coloquio de Letras Hispánicas 2016)

 

CECILIA

A Karla, por los maravillosos oficios

Tocabas sus ojos con el pensamiento. Ella alumbraba toda la casa. Su paso lado a lado en la alacena, los cuadros y las velas: mestizaje de luz infinita. Miraba el vacío con la infinitud de la que sólo tú podrías sentirte ausente. Dibujaba secuencias de placeres no gratos, ominosa costumbre. Se escondía en la sala mientras llegabas; luego, en las sábanas para dormir junto a tu pecho. El reloj golpeaba callado y entumecía la estrechez de tus manos.  Las tardes bajo el mundo transitaban de una a otra esquina entre sus piernas y la suavidad de su espalda. Tu deseo era el olor de una mañana entre su boca: tulipanes, vendimias y dulces de leche. Preguntabas sobre el misterio de tu piel en la suya, el sabor de sus labios: saliva más acida; ‘‘como una toronja disfrazada de fresa’’, decías y juntabas sus ruidos a los tuyos en un trémulo e insostenible puño antes de eyacular. A veces ella cerraba los ojos; otras, lloraba silente en el peso de la oscuridad. Lo demás no era importante, porque en el centro de su boca hallaste el infinito mar sin sombras donde cada noche podrías nadar.

Ahora estás ahí, sentado, arrojado ante la desesperación de la cuarta fila. Bancas azules, frías. Al lado de un niño con gripe. Detrás de tres ancianas recargabas, una sobre la otra, cayendo en la pared amarillenta, y una madre que amanta a su hijo mientras mira el partido de futbol en el televisor de la sala de urgencias. A la izquierda una señora con vestido rojo no ha dejado de observarte desde que tomaste asiento. Te incomoda. ‘‘¿Sabe si nos van a atender pronto? ¿Y si es grave lo que tiene? ¿Es de por aquí, o de dónde viene?’’; los monosílabos no alcanzan. La luna parece más pequeña. Y tampoco te sientes mal de haberlo hecho. ‘‘Era amor puro entre sus ojos’’, piensas reacomodando el inmenso abrigo negro que cubre tu cuello hasta los pies. Tu mirada es dirigida al techo por la duda.

El policía de la entrada bebe su tercer café de madrugada; el perro de guardia observa paciente tus rodillas, aunque eso lo notaste desde la primera taza; pero ni aquel animal o la soledad que comenzaste a palpar cuando sentiste el abrigo te haría sentir culpable. Dirías la verdad: fragilidad en los muslos, tensión en el movimiento, algún golpe indebido, involuntario, quizá. Jamás había sucedido. Era tuya, eras de ella: si alguna persona en este mundo debería sentirse culpable por amar a alguien, no serías tú, no sería Cecilia, sino los otros, los que huyen en la avaricia de creer que uno sólo es el amor. El niño estornuda en tu vientre. Entonces, escuchas un sonido. Te levantas de inmediato y sonríes la coincidencia de haber oído tu nombre repetido por la enfermera. Vas lento.

Caminas hacia la oficina, enseñas el carnet con la mano derecha, la izquierda cubre tu vientre; arrulla, desea. ‘‘¡Necesito ver al médico ahora mismo!’’. Ella trascribe tus datos sin verte. ‘‘¿Qué es lo que tiene?’’. Molestia suscitada a tu demanda. Vuelve a preguntarte, mas el silencio queda como tu única excusa. ‘‘Si no quiere decir nada, vaya con su médico familiar, quien diera si usted en verdad debe venir a…’’. ‘‘Mire —interrumpes airado—, yo no sé a qué venga toda esa gente, pero un médico debe ver esto’’. ‘‘Si quiere hablo a la doctora, quien en un…’’. ‘‘No, es que usted no entiende, yo debo ver a un médico hombre’’. Insistes sintiendo el dolor en el vientre con mayor fuerza. ‘‘Disculpe, señor. Aquí no podemos seguirle el juego. Si no quiere entender, puede…’’.

Harto, tomas la mano de la enfermera y la pones en tus ingles. Ella grita, pero se contiene al mirarte y sentir el extraño movimiento. Luego, corre en busca de tu médico. A partir de ese segundo, vuelves a considerarlo todo. Un frío como nunca antes pasó por tu cuerpo recorre en cada tramo del pasillo las nuevas explicaciones mejor formuladas, el rostro que deberás poner al contarlo, la posibilidad de salir del hospital con un juicio, la soledad de todos los que pensarán que el problema es otro e, incluso, creas el temor por tu propia vida cuando los dos médicos a los cuales te diriges indican que pases directo a quirófano. No obstante, el encargado del departamento de cirugía te lleva a su consultorio. Pide con severa atención que se cierren las puertas; rezas. El anciano director apaga las luces del cuarto y enciende una lámpara apuntando a tu sexo. Suspira, cambia de lentes.

Sudas, miras la frente del médico mientras ajusta sus guantes como un cirujano, pero también un abogado. Das cuenta de tu falta de excusas… sólo la amas. Supones que amas tanto a Cecilia que si a ella le pasara algo en ese momento, tú —qué más darías— no podrías volver a querer o disfrutar del placer de otro cuerpo contigo. El doctor, piedra blanca, pide que desabotones tu  abrigo. Miras al suelo, quitas un botón, vuelve el frío de la sala de espera; quitas el segundo, consideras que tu cuerpo es tuyo; quitas el tercero, crees que en el amor no hay diferencias; quitas el cuarto y descubres tu pecho, recuerdas lo maravilloso que es bañarse con Cecilia y abrazarla mientras pone su lengua en tus ojos; quitas el quinto, sonríes porque crees que al médico le parecerá cómico; quitas el sexto y descubres tu vientre, admites que tu risa es preocupación y sólo quisieras seguir con ella; quitas el séptimo, planeas decir algo pero el aire que te falta es el mismo que sobra en la habitación; quitas el octavo, miras los cuerpos unidos, maniatados, concupiscentes, amorosos, tensos; quitas el noveno y el abrigo se ha abierto. El médico te mira con un enfado que no eres capaz de sostener. Alejas su vista y preguntas cándido, pero aún prepotente: ‘‘¿ella vivirá, doctor?’’.

El médico retira sus guantes después haberte revisado. Sin mirarte, comenta: ‘‘No. Vamos a cortarla’’. Tu silencio es largo. Rompe: ‘‘¿A quién?’’ El médico, que sólo te ha vuelto a hablar para saber si eres estúpido o quieres seguir molestando, responde mientras lava sus manos: ‘‘Tenemos que cortarla en partes. La perra está casi muerta. La fricción de su miembro con el ano del animal provocó la ruptura de sus huesos y nervios peritoneales’’. ‘‘¿Cecilia qué?’’ Contestas temblando ante el horror de la escena que serás testigo. El médico sale del cuarto para registrarte en cirugía. Las luces rehacen un silencio gélido. Estás sólo en el consultorio, ves a Cecilia, la miras con éxtasis, intentas besar sus ojos, tocas su cuerpo, lloras frente al animal que has matado. Pides perdón diciéndole, antes de pasar a quirófano, que nunca amaste a alguien tanto; entonces, cierras sus ojos.

 

Breve semblanza académica

Jonathan Osornio

Estudiante del otoño, se ha especializado en la caída de las hojas cuando llueve en los parques. Ha colaborado con el tiempo en la creación de su memoria y en diversos proyectos de resistencia anónima. En el campo de la estadística sobresalen los dos besos que ha dado, la pila de libros que aún no ha leído y un diseño sin concluir de cómo no querer a alguien, del que, dice, falta mucho por hacer. Actualmente trabaja en conjunto con la luna en la formación de un recuerdo que logre entender la nostalgia. Entre sus principales reconocimientos, destaca haber mirado una rosa por más de tres horas, declararle su amor a la lengua y emocionarse ipso facto de ella. Cabe decir que se considera un pájaro con cuerpo de mujer, pero disfrazado de hombre, y no duda admitir que, en el fondo, él también ha llorado.

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