Etiqueta: Escritores argentinos

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Jueves, día de estrenos – Cuento de Miguel Acquesta

Es que me olvido que tú vienes
desde otra muerte a visitar
Que siempre cuidas a tus vivos
Como cuidamos de vos.

Rubén Olivera, “Visitas”

Ciudad de Buenos Aires, otoño de 2017

Esa mañana se despertó feliz. Por fin llegó el primer jueves del mes. Se levantó más de prisa que de costumbre. Podría decir que esa mañana no le dolía nada. Caminó con paso firme hasta la cocina a prepararse el desayuno. Encendió la televisión. “Un choque múltiple complica el tránsito en el acceso norte”. Sacó de la alacena el frasco del té en hebras. “El INDEC informó que la inflación del mes llegó al 1,8%”. Puso la pava sobre la hornalla a fuego moderado. “Mañana de cielo despejado, tarde soleada, desmejorando hacia la noche”. Sacó de la heladera una mermelada de higo y la manteca. “Por la tarde el Presidente, junto con su gabinete económico, se reunirá con la delegación del Fondo Monetario Internacional”. La tostadora expulsó sonoramente dos rebanadas de pan negro. “Hallaron en las cercanías de la ruta cinco el cuerpo de la joven Nancy Delgado, desaparecida el viernes en Moreno”. Vertió el agua, a punto de hervir, en la tetera y se dispuso a esperar unos minutos. “Durante el fin de semana se llevará a cabo el desfile de las colectividades en Avenida de Mayo”. Se sirvió el té humeante en una de las tazas de porcelana y comenzó su ritual matutino del desayuno. “A las veintiuna se enfrentarán, en el Nuevo Gasómetro, San Lorenzo de Almagro y Racing Club por un lugar en la Copa Toyota Libertadores”.

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Las vueltas de la felicidad – Cuento de Marcelo “Colo” Pascale

La felicidad estaba ahí, la tenía muy cerca. Palpable, pero inalcanzable. Para él siempre era lejana, ajena. Intocable. La música lo ensordecía, sabía que nunca la bailaría. Le retumbaban sus acordes graves, viejos, gastados, repetidos, mezclados con las risas de los niños, estridentes, agudas, chillonas. Era el tren de la vida que pasaba delante de él y no permitía que se suba, él sabía que jamás conseguirá ese boleto que lo lleve a dibujar una sonrisa.

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Emoción – Microrrelato de Egidio Esteban Passamonti

Sus negros ojos me recorrían, ávidos, emocionados. Por momentos, el latido de su corazón parecía ir en aumento. La sensación que se había apoderado de ella se reflejaba en cada gesto, a medida que sus delicadas manos avanzaban sobre mí. Le estaba enseñando cómo era el amor entre un hombre y una mujer que se amaban sin fronteras; cómo cada uno era el complemento perfecto del otro; cómo de cada frase surgían los besos apasionado, una entrega total donde sólo existe la pasión. Y el resultado de ello: el sentirse protagonista de un amor grande, donde sólo hay lugar para la felicidad plena. Alrededor, todo era silencio, salvo el canto de un grillo allá en el jardín, entre los arbustos en flor, iluminados por la tenue luz de un farol y de la luna. De todo eso no se percataba, porque estaba transportada a otro punto de la vida misma, en el que la emoción se apoderaba de sus sentidos. Estaba concentrada en esa loca fantasía que yo le estaba ofreciendo; se dejaba guiar a un mundo donde no existía nada a nuestro alrededor. En esta noche ideal, cautivadora, romántica, por un momento se apagó en su interior ese lugar de ensueño y la realidad golpeó sus sentidos. La magia se rompió al percibir algo fuera de lo común en el gran ventanal de la habitación; el cortinado se movía levemente, como si por un resquicio entrase un leve soplo de aire. Se sintió inquieta, atenta, ¿o era su imaginación? De un salto se deslizó del lecho, llegó al lugar y se aseguró de que los postigos estuviesen trabados; no deseaba que nada la apartase de lo que la sumergía en la magia que le estaba ofreciendo. Se sintió como una tonta. Nada había de malo en aquella habitación. Era yo el que la había sumido en un estado de incertidumbre al hacerla gozar de unos momentos románticos con cierto matiz de suspenso, quizás. Volvió a tomarme entre sus manos y me contempló en silencio. Me mantuvo apretado contra su pecho por un instante, pensativa. En su interior había un impulso de continuar descubriendo lo que yo podía ofrecerle. Entonces su vista volvió a quedar fija en mí; sus manos, a deslizarse; ávidas, con premura. Por un instante pareció querer devorarme de una vez. Quería llegar a descubrir todo en ese momento, pero sabía que no podría lograrlo esa noche.