Exotismo y colonialismo musical: de Puccini al exótico latinoamericano

Porque son la mejor gente del mundo y más mansa;
y sobre todo, que tengo mucha esperanza
en Nuestro Señor que Vuestras Altezas
los harán todos cristianos, y serán todos suyos,
que por suyos los tengo.

Diario de a bordo – Cristóbal Colón

Mirar al otro. Facciones ajenas, altura diferente y otro color de piel. Una lengua incomprensible, vestimentas insólitas. Hábitos desconcertantes, rituales misteriosos. Danzas extravagantes, música de sonidos inimaginables. La extrañeza abre de par en par un contacto que sugiere, simultáneamente, la atracción y el rechazo hacia lo desconocido.

El choque cultural ha tenido fuertes implicaciones sociopolíticas desde épocas muy remotas. Ya desde la cultura griega, la palabra “bárbaro” era usada para denominar a cualquier persona que no hablara la lengua griega. De manera homóloga, en la cultura mexica, la palabra popoluca nombraba peyorativamente a todos aquellos pueblos que no hablaban náhuatl. Para los oídos de los griegos y mexicas, cualquier idioma ajeno al propio no pasaba de un simple balbuceo incomprensible. Desde la hegemonía, la diferencia se enuncia a través de un aparato de dominación y valorización peligroso.

Esta valorización puede adoptar extremos opuestos, cada cual tan problemático como el otro. Por un lado, tenemos el desprecio y la minimización cultural, como en el caso de los griegos o los mexicas; por el otro, la idealización de valores que llevan irremediablemente al exotismo. En esto es que se sostiene la romantización del colonialismo del siglo XVI, desde las ideas de un sitio lejano lleno de riquezas, de animales extraños, metales preciosos y especias aromáticas, todo puesto a disposición del conquistador.

El exotismo y su imaginario sonoro

Desde la perspectiva actual, este tema fue ampliamente trabajado por Edward Said, crítico y teórico nacido en Palestina, quien formuló una de las primeras propuestas en torno al poscolonialismo. Para él, el problema del enfrentamiento cultural no es el contacto ni el intercambio en sí mismo, ya que los préstamos e interacciones son inherentes a todas las culturas, sino que el conflicto radica en el tipo de relaciones de poder producidas a partir de ellos y que validan una jerarquía cultural, económica, social y política desigual.

En el caso de lo sonoro, la idea del exotismo permea desde las nociones más básicas de lo que entendemos por música. Desde la cultura hegemónica, pensar en “música” nos remite a la tradición europea occidental, sustentada en un conjunto de normas y esquemas específicos. Ya sea a través de una tocatta de Bach, un rock de los ochenta o el último lanzamiento de música pop, a lo largo de los siglos nuestro oído ha establecido cierto imaginario desde el que cualquier sonoridad distinta a la occidental resulta “exótica”.

Desde el desarrollo rítmico del konnakol de la India hasta la sonoridad “disonante” del gamelán de Indonesia, pasando por la técnica vocal del khöömei mongol y el microtonalismo de Medio Oriente, cualquier música ajena al sistema dominante inmediatamente pasa a ser clasificada como “exótica” por el adoctrinamiento hegemónico. La valorización y legitimación de la «alta cultura» occidental se impone a las manifestaciones culturales jerarquizadas como subalternas.

Dos caras de la misma moneda

El exotismo se manifiesta desde apropiaciones internas y externas. La exotización interna responde a la idealización de cierta identidad cultural por parte de algún grupo hegemónico con el que convive directamente. Un ejemplo muy claro de ello es la apropiación de expresiones culturales de comunidades indígenas por parte de la cultura blanca. Así, fenómenos como el asistir a centros ceremoniales, participar en ceremonias rituales, el consumo de plantas sagradas o el uso de cierta vestimenta tradicional han sido expropiados con intenciones de un consumo explotador.

El exotismo externo parte de la romantización de culturas distantes a la propia y la domesticación de ciertos rasgos que estereotipan la cultura de la que son tomados. Un ejemplo muy claro de esto en el plano musical es la tendencia exotista de la ópera del siglo XVIII y XIX. Compositores como Rameau, Mozart, Puccini, Verdi y Bizet buscaron incluir en el libreto de sus óperas una incontable cantidad de elementos provenientes de culturas como la japonesa, la india, la persa e incluso la española, para imprimir cierto carácter extravagante a sus obras y lograr atraer la atención del público desde la extrañeza y el carácter “seductor” de estos imaginarios.

Sin embargo, más allá de buscar diversidad desde la inclusión de ciertos rasgos culturales, a través de muchas de estas obras se reproducen estereotipos y preconcepciones que desvalorizan y menosprecian a dichas culturas. Desde la hipersexualización de la figura de la mujer de Medio Oriente hasta los arrebatos pasionales de las culturas latinas y la generalizada «sumisión» de la cultura oriental frente a la occidental, la construcción estereotípica del “otro” parte de la idea de que éste es extraño e inferior. La lógica del exotismo surge desde los grupos dominantes que construyen una exótica de la otredad, cuya función es la legitimación del propio grupo dominante.

La invención del exótico latinoamericano

De la misma manera en que el orientalismo provocó una visión exotizada de muchas de las culturas asiáticas y medio orientales, durante el siglo XX y el XXI muchos fenómenos culturales han promovido una visión exotizada de Latinoamérica a partir de referentes que se sostienen en un imaginario musical muy específico.

Ya desde la construcción fabricada por el cine de mitad del siglo pasado en el que las culturas latinoamericanas y caribeñas muchas veces eran reducidas a la figura del «negrito bailarín», despreocupado y sonriente, en la música se produjo una fascinación enorme por los ritmos de tradición afrocaribeña por parte de la sociedad estadounidense. Este auge desembocó en el boom de la llamada “música tropical” que surgió de la transculturación de esta música de origen negro hacia dentro de la industria musical americana.

La visión exotizante de los empresarios estadounidenses dueños de los centros nocturnos de Nueva York fue la encargada de generar todo un imaginario en torno a la música que pasaría a representar la imagen del latinoamericano frente al mundo, ideas que han prevalecido desde entonces y se siguen actualizando y haciendo vigentes incluso a partir de referentes musicales que se han instaurado en el mercado global.

Desde esta óptica, pensar en íconos pop como Shakira resulta particularmente interesante al ser una de las artistas latinoamericanas de mayor alcance e impacto a nivel mundial. Sin embargo, de nuevo se hace tangible la visión del exótico que se sustenta ya no sólo desde el imaginario latinoamericano y caribeño, sino que integra elementos de la fascinación orientalista de hace unos siglos. En ese curioso crisol, se funden los ritmos tropicales con la danza de vientre para dar paso a un fenómeno cultural que representa casi de manera perfecta el concepto de la exotización musical en la actualidad.

Shakira, bailando danza de vientre en el medio tiempo del Superbowl en 2020

Pero quizá el fenómeno más visible de la exotización latinoamericana es el que se ha conformado durante la última década a partir del auge, popularización y diseminación del reguetón. Este género, que en un inicio surgió como música callejera de los barrios pobres de las islas caribeñas, con el paso de los años también ha sido domesticado por parte de una industria cultural encabezada por el mercado estadounidense.

Gradualmente, la depuración a cargo de la construcción del exótico ha eliminado gradualmente muchos de los elementos «inadecuados» para la cultura dominante, como el contenido de protesta, la sexualización como resistencia al sistema e incluso la representación étnico-racial que originó al género. En su lugar, se ha edificado un imaginario de lo festivo y del derroche opulento, una representación étnica «blanqueada» y consumible, así como la reproducción de modelos culturales romantizados sistemáticamente.

El dilema del exotismo radica en que la construcción de la propia identidad está en función de la extinción del “otro”. El símbolo de Calibán esclavizado por Próspero. Siglos de música invisibilizados por la tradición europea. Música negra blanqueada en un centro nocturno de Nueva York. Ochenta y seis millones de habitantes en condición de pobreza extrema escondidos detrás de las mamparas de un video de reggaetón.
Nunca más un «yo» sin el «otro».