«Una película de policías» o el director antes que nada – Reseña de Demetrio Gutiérrez

Una película de policías es un castillo de naipes sostenido sobre una sola carta, una construcción tan endeble que si retiramos esa pieza toda la estructura entera se viene abajo. En este caso, hablamos de películas, retirar la pieza es contarla. En una película bien construida no basta quitar uno de sus elementos para que se derrumbe, ni narrativa ni formalmente; a veces lo importante no es a dónde se llega sino el camino que se toma, las decisiones necesarias para alcanzar la meta y la manera de narrarlo con la cámara. En este caso, sabiendo su secreto desde el inicio, nada más en ella tiene sentido. Esta reseña tendrá spoilers.

Dirigida por Alonso Ruizpalacios (Güeros, 2014, y Museo, 2016), protagonizada por Mónica del Carmen (Nuevo orden, 2020, y Babel, 2006) y Raúl Briones (Los adioses, 2017, y Güeros, 2014), distribuida por el omnipresente Netflix, este documental sui generis viene de un recorrido más o menos exitoso por el circuito de festivales. Presentado en el Festival Internacional de Cine de Berlín (la Berlinale), marca el regreso de su afamado director tras unos años de ausencia desde el estreno de Museo (2016). Caracterizado por su atrevimiento formal, el cine de Ruizpalacios representó una bienvenida intromisión en el panorama cinematográfico nacional, dominado durante la primer década del siglo por el desafortunado estilo de Reygadas. No obstante, a día de hoy y luego de transcurrir una década más, parece que la ruptura está alcanzando sus límites.

Durante la primera hora seguimos las historias personales de dos policías que van rompiendo la cuarta pared mientras conducen sus patrullas y nos hablan de su infancia, su ingreso en la policía y algunas anécdotas divertidas. Nos reímos, a veces nos conmovemos un poco. Luego descubrimos que son pareja y el escenario cambia de la patrulla a su departamento, donde siguen contando chistes y siendo encantadores. Entonces sucede: con sorpresa descubrimos que este dúo de policías son más bien actores interpretando a policías. El artificio puede desconcertar, pero desconcierta todavía más que a partir de ese momento la película deje de tratarse de policías para tratar más bien de cómo sufrieron los actores mientras interpretaban policías. Más aún, que sus anécdotas son historias reales de policías de verdad. Entonces la película trata sobre lo mucho que sufrieron un par de actores interpretando las vidas de un par de policías reales. Desconcierto total.

El desconcierto puede marear, entretener la mente por varios minutos y distraernos de lo que está pasando; eso no está mal, pues para eso sirve. El buen desconcierto nos separa de la estricta regla de la razón y permite que nos maravillemos. No obstante, puede también maquillar errores, como es el caso. Y vaya fallas. Lo que pareciera un pie fantástico para iniciar una exploración meta narrativa que no deje de lado su tema, que son los policías, se queda atorado en el fango de la autocomplacencia.

Tras el descubrimiento del artificio alrededor del cual sucede la película (que los policías de la primera mitad son actores), el único momento de intimidad que tenemos con los policías (los de verdad) es durante algunas secuencias de entrenamiento en la academia de policías Nezahualcóyotl. E incluso allí Ruizpalacios prefiere que sean los actores quienes nos cuenten lo que pasa. La manera elegida para hacerlo es a través de videos grabados por ellos mismos, en formato vertical y que recuerdan macabramente a las historias de Instagram; la profundidad de lo que hablan los actores también recuerda a la plataforma: poco más que juicios apresurados sobre la apariencia de los cadetes y que preferirían estar en otro lado, de documental muy poco. Los policías quedan entonces relegados a un segundo plano lamentable que sólo nos indica quizá la excesiva necesidad del director por presumirnos las transgresoras decisiones que ha tomado.

Pero la película falla incluso en lo más elemental. La cámara, que no deja de moverse de un lado al otro, no muestra nada sino la excelente muñeca de quien la maneja, no acompaña lo que está filmando y, por consiguiente, su expresividad es nula. Cuando debe dejar descansar la imagen, prefiere hacer un corte innecesario o un nuevo close-up al rostro de uno de sus actores quienes no tienen idea, como nosotros, de lo que es ser policía, y así nos quedamos.

Dentro de las secuencias en la academia hay una escena que puede rescatarse: están los cadetes entrenando su puntería con unos objetivos que ellos mismos tuvieron que dibujar. “Electrónico y todo”, grita uno de sus profesores. Se ríen. Corte. Primer plano de espaldas a una cadete que no puede disparar, le faltan fuerzas para jalar el gatillo. Uno de sus profesores-policías se acerca para ayudarla mientras los compañeros le echan porras. No podemos verla de frente, pero la escuchamos sollozar. Por fin, tras varios intentos, logra disparar un par de veces. Durante esos veinte segundos todo el monólogo incesante y tedioso que hemos escuchado durante una hora y media cobra sentido; no conocemos la historia personal de la cadete, pero en su dolor se abre para el espectador un vistazo la intimidad del policía, sentimos (y a través del sentimiento conocemos y reconocemos) su terrible soledad. La soledad de quien le pagan dos mil pesos quincenales, de quien es consumido por la precariedad y de todas maneras debe enfrentarse a la muerte y de quien es imposible en ocasiones escapar de la corrupción. Víctimas pero con dignidad, como lo somos todos.

El problema con lo anterior es que al corte inmediato lo sigue, de nuevo, una grabación de celular del actor protagónico quejándose de lo duro que es estar en la academia. Ruizpalacios cree necesario explicarnos lo que acabamos de ver y que es evidente. Es más, la experiencia real se subordina a la narración que realizan los actores, en un gesto de muy escasa sensibilidad. Una más en ese sentido: En algún momento uno de los actores nos cuenta, en el mismo formato deinstastorie, que los nuevos cadetes son forzados a lanzarse desde la plataforma más alta a la alberca de la academia, nos habla de lo vulnerables que parecen, apenas niños la mayoría. Si bien ya es cuestionable que sea uno de los actores y no los mismos cadetes quienes lo cuenten, el pecado mayor viene con el final de la película: al no poder filmar con cámaras profesionales por las reglas de la escuela, esta misma escena, que ya imaginamos cuando nos la describieron, es interpretada por Mónica del Carmen.

¿Por qué no dejarlo a nuestra imaginación? ¿Por qué no dejar que uno de los cadetes lo interprete? ¿Vale la pena continuar con un juego formal a pesar de lo inapropiado que es? No es un tema de corrección política: sus formas no son inapropiadas en lo moral, sino narrativamente ¿Para qué tanto truco si no dice nada? Porque sí nos habla, pero no de la película. El asombro que busca es sobre la forma y sobre quien la imaginó.

La más reciente edición del festival Black Canvas nos permitió conocer a Laila Pakalnina, enorme cineasta lituana cuyos documentales, a pesar de no tener narración y apenas usar movimientos de cámara, son de una expresividad conmovedora: vemos camas siendo tendidas, niños viendo por las ventanas, sábanas que meten en bolsas de tela una decena de mujeres en uniforme, un camión que las lleva para que se laven, y eso basta para entenderlo todo. No conocer nada más el proceso de lavado de la ropa de cama de un orfanato, sino el mundo en que sucede: Nos habla del fin de la Unión Soviética sin siquiera mencionarla, nos habla del fin de la infancia también. En otro cortometraje larguísimas tomas del tronco de un olmo centenario alternadas con pequeñas historias de la vida cotidiana de los habitantes de un pueblo son suficientes para hacernos sentir el infinito peso de la historia.

El contraste entre el trabajo de Pakalnina y Una película de policías es casi imposible: apenas son la misma cosa. Aunque quizá la obra de un cineasta no deba compararse sino contra sí misma, pero en ese caso Una película de policías adolece también. En Güeros, Ruizpalacios, a pesar de las constantes rupturas y los trucos de sonido, consigue momentos de silencio formal conmovedores: La inmensa escena de la asamblea en la Facultad de Filosofía y Letras, el hermano pequeño cuando despierta en el automóvil y descubre (¡otra vez!) la Ciudad de México. Nada de eso está en Una película de policías, lo que sí hay es un motivo recurrente: una gota de agua cayendo. Esta gota hace referencia a la escena final en la alberca de la academia, pero lo hace de una manera tan evidente, tan poco cuidada y en un encuadre tan gastado por las series de Netflix y sus cien películas producidas al año, que más que acercar este documental al trabajo de Pakalnina lo emparenta con Riverdale y Thirteen Reasons Why.

Finalmente, no deja de ser de una ironía enorme que una película con tan poco rigor narrativo, preocupada tanto por ser del tipo que ganas festivales y que maneja con desinterés absoluto su tema, sea producida por una megacorporación como Netflix. Una ironía y una alerta. Quizá sea casualidad que su tema sea la policía, pero no lo es que su aborde sin profundidad: conocemos las historias personales de un par de ellos, en algún momento vemos que sus condiciones laborales son penosas y uno nos dice que por ello corromperse es inevitable. Pero todo eso ya lo sabemos. Una película de policías nos cuenta lo que ya sabemos, pero de manera que podamos decir: “Yo tenía razón. El status quo que siga como sigue, pues aunque hay algunas cosas mal, lo cierto es que el amor es posible y de todas formas nadie se muere”, pero la gente sí se muere y a manos de los policías. No es que las películas tengan que ser siempre un panfleto, pero hay temas que no deben abordarse con ligereza: son los temas de nuestro tiempo, diría Ortega y Gasset, y hay que tratarlos como tales. Quizá sea complicado hacerlo dentro de la comedia romántica, pero no por ello debería disfrazarse de documental.

Una película de policías está en cines selectos en México y se estrena en la plataforma de Netflix a partir del viernes 4 de noviembre.


Autor: Demetrio Gutiérrez (Ciudad de México, 1999). Estudiante universitario. Ha colaborado con suplementos literarios para el diario La Crónica de Hoy, como editor y corrector de estilo para trabajos finales de grado y en la redacción artículos académicos en torno a las ciudades contemporáneas. Apasionado de la Generación del 27 y de la Nueva Ola Japonesa.