«Rafiki»: otra mujer keniata – Reseña de Andrea Aviña

El argumento del largometraje Rafiki (Waniri Kahiu, 2018) revela lo que subyace oculto en su título: el amor entre mujeres, la lesbofobia y el heterosexismo de algunas sociedades como la keniata. El tema y su tratamiento suscitaron que fuera prohibida en su país de origen, Kenia, donde, como en otros lugares del continente africano, las personas son criminalizadas por su orientación sexual o su identidad de género (ILGA, Leyes sobre orientación sexual en el mundo, 2020). El debate en el África poscolonial en torno a esta cuestión es encarnizado: en algunas comunidades la homosexualidad se considera como un-African, es decir, una consecuencia del borrado cultural provocado por la occidentalización; y, en otras, el concepto homosexual, así como la concepción binaria del género, es visto como remanente de la dominación colonial occidental.

A pesar de que en la Constitución política keniata se especifica que el Estado no discriminará a ninguna persona por su condición racial, religiosa, étnica o sexual, en el apartado «Unnatural offences» («Ofensas antinaturales») del Código penal, la homosexualidad se incluye entre las ofensas que son sancionadas con prisión. No obstante, sólo se enuncian explícitamente las Indecent practices between males, («Prácticas indecentes entre varones»). Si bien en ningún documento jurídico se mencionan las relaciones lésbicas, éstas son castigadas de facto, no sólo por las instituciones jurídicas, sino también por la sociedad. Las mujeres lesbianas keniatas son atravesadas por distintos tipos de violencia directa que va desde los golpes, pasa por las violaciones sexuales «correctivas» —que tienen el objetivo de «normalizarlas», de convertirlas en «mujeres» (pensemos, por ejemplo en la activista de LBQ Gerald Hayo[1]) — y llegan hasta el lesbicidio.

Lo anterior se desprende de la construcción de la heterosexualidad como la norma, a partir de la cual se determina lo contra natura. Además de la imposición del binarismo jerárquico de heterosexualidad/homosexualidad, se silencia la existencia de las mujeres lesbianas en el contexto jurídico keniata, que no existen ni siquiera en el discurso; de esta omisión y falta de reconocimiento se deriva la imposibilidad de la prohibición de iure, aunque no de facto.

Rafiki es una palabra en lengua swahili que se traduce como amiga o amigo, según sea el caso. Makena y Ziki, las protagonistas, son dos mujeres jóvenes keniatas que se enamoran, pero tratan su vínculo como si fuera una amistad, lo que obedece a un fenómeno social en el que las relaciones sexoafectivas entre mujeres son rechazadas y silenciadas. Así lo menciona en una entrevista la codirectora Wanuri Kahiu: when Kenyans of the same sex are in a relationship, they forgot the ability to introduce their partners, lovers, mates, husbands or wives as they would like, and instead call them ‘rafiki’ («cuando los kenianos del mismo sexo se encuentran en una relación, se olvidan de la capacidad de introducir a sus parejas, amantes, compañeros, esposos o esposas como a ellos les gustaría, e incluso los llaman «rafiki» [traducción de los editores]).

El heterosexismo y la lesbofobia representados en la película construyen muros alrededor de las protagonistas, que son violentadas de distintas maneras y empujadas a atravesar por una dolorosa separación. En este sentido, enfocaré mi atención en dos elementos que velan por el mantenimiento perpetuo de los muros: la construcción del espacio, las instituciones y los personajes que dictan las prohibiciones y los performances. Por último, incluiré los comportamientos, objetivos e intereses de Makena y Ziki  que, vale decir, no corresponden con lo que se espera de ellas.

En primera instancia, el espacio es un elemento fundamental en la película. La acción se desenvuelve en un barrio concurrido con iglesias, escuelas, coches, motocicletas, en el que la privacidad supone un lujo casi inexistente. Mamá Atim es un personaje que aparece como complemento del mismo, es una especie de vigía que sabe y comunica todo lo que mira hacer a otros. Entre todo el bullicio que lo anterior supone, las protagonistas construyen un refugio íntimo y secreto —la vieja camioneta que otrora le servía a Makena para cubrirse de la lluvia— en el que no existe una sexualidad correcta y en el que son lo que no pueden ser fuera de ahí.

Asimismo, el espacio está dividido según los performances de masculinidad y de feminidad: el campo de fútbol está dominado mayormente por los hombres, a excepción de Makena que, en palabras de uno de sus amigos, “juega como un chico”. Más aún, los hombres son los que trabajan como transportistas y los que se mueven dentro y fuera de la demarcación. En contraste, las mujeres aparecen en espacios privados o menos concurridos. Por ejemplo, Ziki y su amiga Elizabeth se sientan a trenzarse el cabello en unas escaleras poco transitadas; Mamá Atim atiende un puesto de comida con poca afluencia; y las madres de las protagonistas permanecen la mayoría del tiempo dentro de sus casas. Por el contrario, Makena es el personaje que rompe con el orden binario pues además de entrar en el campo de fútbol, también se encarga de la tienda de su padre. Su desplazamiento y movilidad repercuten en el actuar de Ziki, quien comienza a ocupar espacios que antes le parecían vedados.

Aunado a lo anterior, el espacio está regido por tres instituciones principales que vigilan la sexualidad de los personajes: la Iglesia, la familia y la policía. No bien comienza la película, Blackstar, uno de los personajes, que conoce la orientación sexual de otro muchacho se refiere a él como la novia de su amigo, quien continúa con el insulto y vocifera “¿Crees que a Dios le gusta ver a los hombres follar entre sí?”. Esto ha sido aprendido por él en la Iglesia, donde el Pastor desborda sus sermones de reprobación a la homosexualidad, el respeto a la “ley de Dios” y la importancia de la familia heterosexual.

Por otro lado, la madre de Makena y los padres de Ziki son quienes hacen de celadores, las castigan, las separan y las golpean por ser «descaradas», «insolentes», por «antinaturales». De manera simultánea, la policía, en lugar de encarcelar a las personas que las persiguieron, golpearon e hirieron, las mantiene encerradas en la comisaría. La lógica binaria se hace más evidente cuando uno de los policías les pregunta quién es la mujer y quién el hombre.

La contienda entre los padres de las protagonistas en la elección local dificulta aún más el vínculo entre ellas, pues en este contexto político la orientación sexual de sus hijas podría beneficiar o perjudicar el resultado. Por eso, es inesperado que Ziki se muestre más decidida a no ocultar su relación, mientras que Makena, quien se desplaza entre espacios y performances, actúa de forma distinta y se mantiene distante de ella.

Finalmente, las protagonistas no sólo se ven asediadas en su orientación sexual, sino en todos los aspectos de su vida, su desarrollo profesional, sus acciones cotidianas y sus intereses. Por un lado, el performance que Makena lleva a cabo se relaciona con el de los personajes masculinos. Ella planea ir a la universidad y graduarse como enfermera, pero eso no corresponde al comportamiento de una verdadera mujer. Por eso, cuando Makena está contenta, su madre asume su heterosexualidad y le pregunta quién es el hombre con el que está saliendo y que la hace tan feliz; cuando empieza la carrera de medicina ella misma le aconseja que se case con un médico; y cuando se prueba un vestido la define como una verdadera mujer. Makena está comprometida con su trabajo y con sus estudios, lo que la hace atractiva para lo hombres como Blackstar, quien le pide que se case con él pues considera que se convertirá en «una buena esposa» y le ofrece todo lo que se supone que una «mujer» querría: dinero, una hipoteca y un título de propiedad. Makena lo rechaza y entra a la universidad.

Por otra parte, el comportamiento y la apariencia de Ziki son más cercanos a los de otros personajes femeninos como su amiga Elizabeth. No obstante, su peculiaridad reside en que, al contrario de sus compañeras o su madre, es atrevida y temeraria en lo que dice y en lo que hace. Desea vivir más allá de lo que significa ser una mujer en Kenia, quiere hacer otras cosas que no sean kenyan stuff, quiere viajar por el mundo y no limitarse a lavar la ropa de un hombre, tener bebés o cocinar. Quiere ser una mujer de forma distinta y es consciente de que tendrá que irse de su país para que eso suceda.

En suma, en la película se representan ideales de feminidad y masculinidad dentro de una comunidad keniata. Los roles de género son las estructuras que organizan las vidas de los personajes, así como el espacio que ocupan. Aunado a lo anterior, tres instituciones, la Iglesia, la familia y la policía, que, para decirlo desde el enfoque foucaultiano, vigilan y castigan a Ziki y Makena. Las protagonistas rompen con el paradigma del ideal femenino no sólo por su orientación sexual, sino también por sus deseos y objetivos personales.

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[1] Gerald Hayo es una activista lesbiana keniata que sobrevivió a una violación correctiva: “Lesbian activist Gerald Hayo: corrective rape is a common practice in Kenya”.


Autora: Andrea Trinidad Aviña Cardoso (Ciudad de México, 1995). Egresada de la Licenciatura de Relaciones Internacionales y de la Licenciatura de Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Asistente de investigación en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Dos de sus textos, “¿En dónde queda la tercera raíz? La deuda histórica” y “Una desmitificación de la maternidad: The joys of motherhood” se publicaron en la Revista digital Falabros.