“Matthias y Maxime” y el cuestionamiento de la “verdadera” masculinidad

Xavier Dolan es uno de los directores prodigio del cine actual. Sus películas lo han llevado a ganar el Premio del Jurado en el Festival de Cannes por Mommy y a sus 30 años ha logrado lo que probablemente otros directores en toda su vida no han hecho: gustar de manera consecutiva a uno de los públicos cinéfilos más exquisitos del mundo. Aunque su paso a la industria hollywoodense no fue del todo agraciada con La vida y muerte de J.F. Donovan, Dolan regresó en 2019 con mucha fuerza, tanta que la Riviera Francesa lo celebró y se encontraba compitiendo de nuevo por la Palma de Oro con Matthias y Maxime.

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La historia se centra en un grupo de amigos, entre los cuales se encuentra Matthias, un abogado en ascenso dentro de un despacho y que por supuesto tiene un futuro brillante, que además tiene una novia con quien es feliz y está a punto de dar el siguiente paso. Maxime es un bartender con un contexto mucho más complicado al tener una mamá adicta y en camino a la rehabilitación. Esta situación le absorbe mucho de su tiempo libre y energía, sin embargo está a punto de irse dos años a vivir a Australia y renunciar a todo para darse un respiro. Un buen día, en una convivencia entre amigos, alguien les pide a Matthias y a Maxime que actúen en su cortometraje, sin especificar la escena que deben realizar. Ambos jóvenes, cercanos desde la infancia, deciden participar. Después de llevar a cabo sus actuaciones, ambos se sienten confundidos por lo sucedido: un beso entre ellos comenzará a mover arenas sentimentales que habían sepultado desde hace mucho tiempo, camino que los llevó solamente a ser mejores amigos.

La premisa de la nueva película de Xavier Dolan no es nada nueva. El cuestionamiento de la masculinidad la hemos visto desde siempre y, quizá, uno de sus principales representantes es Brokeback Mountain de Ang Lee, así como también, en su edición 2019 de la Semana de Cine Canadiense, Pequeños gigantes de Keith Berhman, que planteaba el amor entre dos mejores amigos desde la infancia, aunque uno de ellos no lo acepte por el rol machista que desempeña en su vida.

La situación de permanecer dentro de un caparazón y no reconocer públicamente las propias preferencias sexuales no es solamente un tema de cobardía, ni de confusión. Implica una mezcla de situaciones como miedo al rechazo e incertidumbre ante las respuestas de familia, amigos y hasta del individuo implicado en sí mismo. Sin contar las implicaciones religiosas, la persona se encuentra encerrada en una imposibilidad de decidir por razones que no sólo rayan en lo personal, sino también en lo íntimo y espiritual.

Esta lucha es representada por el personaje de Matthias, un joven que ve amenazada su masculinidad no sólo dentro de su concepto propio de ser hombre, sino también en las distintas dinámicas sociales en las cuales se desarrolla. Él mismo se niega a derrumbar esos conceptos por el principal prejuicio presente que él mismo se ha forjado a través de los años y que le resultan no difícil, sino casi imposible de confrontar. Los sentimientos que Matthias tiene por Maxime sobrepasan la atracción sexual. La película más bien profundiza mucho más en tocar fibras afectivas, sentimentales y lazos fuertes de amistad intrínsecos entre los dos amigos, que, aunque tienen una historia de compenetración no aceptada, la han sepultado en sus memorias, a pesar de que su grupo de amigos muchas veces la hacen más que evidente todo el tiempo.

Maxime no tiene el mismo caso. Él es más libre sobre esta decisión, pero depende de la propia aceptación de Matthias para poder dar el siguiente paso. La situación familiar de este personaje es igual de profunda, pero resulta mucho más trágica que la del mismo Matthias. Él ha hecho a un lado su vida por cuidar a una madre adicta, que también lo rechaza por alguna razón que Dolan deja muy a la interpretación del espectador, sin embargo este descuido de su vida personal lo ha llevado a no darse cuenta de lo mucho que necesita no estar solo en la vida, que necesita alguien que lo apoye y esa persona es Matthias.

Toda la película se crea desde escenas cerradas hacia los rostros de ambos personajes. Los paisajes, aunque son un excelente complemento y funcionan como un cuadro hermoso para los personajes, son caóticos y obedecen a los estados de ánimo de Matthias y Maxime.

Hay una escena que representa muy bien el complejo sentimiento de confusión de Matthias después del beso en el cortometraje. Toda la noche sin dormir y con Maxime al otro extremo de la recámara, él decide ir a nadar a pesar de la frialdad del agua de un precioso lago. La cámara nada detrás de él y el espectador acompaña al personaje a través de la confusión y de la desesperación que siente y a pesar de que no se logra ver nada por lo agitado del agua, el espectador sabe por lo que está pasando el personaje.

Las escenas de Maxime son más dramáticas por su propio contexto; aun así sus gestos son más estoicos al querer aparentar que la indecisión de su amigo no le afecta, por más que su situación familiar sea, por mucho, más complicada. Maxime opta por no accionar en nada, sólo se encuentra a la espera de lo que otro puede o no decidir, aunque el tiempo límite es el de antes de irse definitivamente de viaje.

Aunque Xavier Dolan explora otras formas cinematográficas con su nueva película no se desvía tanto de lo que conocemos por su estilo y forma. Quizá todo aquí se siente mucho más visceral por los sentimientos encerrados en ambos personajes. Esto vuelve a Matthias y Maxime un drama romántico entre dos hombres que no quieren aceptar que se quieren más allá de la propia amistad. Incluso así la película con sus ingredientes melodramáticos funciona bastante bien, pero no es la mejor de las películas de Dolan. Es muy difícil rebasar el propio estándar de excelencia, pues el director se puso a sí mismo un límite muy alto con Mommy, tanto en historia como estilo.

Matthias y Maxime estará dentro de la 2ª Semana de Cine Canadiense del 20 al 26 de marzo en Cinépolis y no se la pueden perder.