Marcada - Aimeé Cervantes

“Una mujer moderna” || Maria Janitschek

Ilustración de Aimeé Cervantes

“Yo me aventuraría a pensar que anónimo, quien escribiera tantos poemas sin firmarlos, fue a menudo una mujer.”, dijo Virginia Woolf. La autora del siguiente poema, Maria Janitschek, como otras tantas, ha quedado relegada al anonimato. No la mencionan en los libros de texto ni figura en los temarios oficiales de literatura. Su vida, más allá de cuatro ideas básicas, es un enigma y su obra no ha sido traducida al español.

No fue hasta el año pasado que oí hablar de ella, cuando mi profesora de literatura alemana nos propuso leer unos cuantos poemas de autoras del siglo XIX “a modo de paréntesis”, “para ver que las mujeres también escribían en aquella época”, “algo rápido fuera del temario”. No nos habló de ellas en cualidad de autoras con talento, sino como mujeres que escribieron algo. La literatura escrita por mujeres, esta “literatura femenina” sigue siendo considerada una categoría menor, un pie de página necesario solo para recordarnos que no somos machistas, que también nos acordamos de las mujeres. Aunque sea de pasada.

*

Un hombre ofendió a una mujer. Era
uno de aquellos actos viles que
mujer ninguna podría ni olvidar ni perdonar.

Transcurrió algún tiempo. Entonces una noche
golpearon con fuerza en la puerta del malhechor.
Él exclamó: “Adelante”, y vio, lleno de asombro,
a una mujer de luto, frente a él.

Enseguida se levantó el velo. Él miró
sus ojos, helados de orgullo,
esos ojos desfigurados por el dolor…
Sonrió apocado, después un escalofrío
le invadió… Le ofreció asiento, cortés,
mas ella le dio las gracias, y con voz tranquila
le dijo: “Tú me ofendiste gravemente
con solo a Dios como testigo… Ante este Dios,
ante ti y ante mí solamente, quiero limpiar esta la mancha,
la mácula a mi honra
por tu mano infligida.
¡Y ahora escucha!
Para conseguir esto, no me queda más una opción:
no puedo ir, y a un desconocido
aquello que apenas me atrevo a reconocer ante mí
confesar. No hay juez posible para mí,
pues este debería ser ciego y sordo y mudo, por lo tanto…
(contar un relato fidedigno
del delito supondría mi deshonra)
por lo tanto, solo hay una opción: aquí el armamento, ¡escoge!”
Colocó sobre la mesa un cofrecito
y abrió la tapa…
Largo rato guardaron
ambos silencio. Él la miró,
ella tenía sus ojos brillantes apuntando
fijamente a las armas.
De golpe estalló él
a reír ruidosamente. Entonces un rojo intenso
incendió centelleante las mejillas lívidas
de la joven. ¿Cómo si no, si por toda respuesta
aquella risa le ofrecía? Habría querido llorar

de rabia y de pena. Pero se dominó,
Y dijo delicada: “Si a ti un insolente
por casualidad te hubiera pisado el pie
tú sin pensarlo dos veces
tus cartas a la cara le arrojarías
poca gracia le encontrarías tú a todo eso.
Pues ahora piensa: A mí me destrozaron no el pie,
sino el corazón en pedazos, ¡mi honra!
Si exijo más de lo que tú harías
por un pisotón descuidado, dímelo.
¿O no te parece justo?”

Él miró entre risas
su rostro encendido de cólera. “Querida niña,
pareces olvidar que una mujer
jamás se podrá pegar con un hombre.
O bien vas al juez, querida niña.
Confiésale todo, con placer me someteré
a su sentencia. ¿No? Entonces solo te queda
una opción: olvida, esto a lo que tú
llamas ofensa y deshonra. Mira, querida,
la mujer siempre estará allí para tolerar y perdonar…”
Ahora era ella quien reía.
“O bien autohumillarse
si no, a llevar en silencio la deshonra,
y esta, esta es la respuesta que un hombre
se atreve a dar en nuestros tiempos ilustrados.”
“Otra respuesta
iría en contra de la tradición.”
“Pues deberías saber, que la mujer
ya ha alcanzado la mayoría de edad en el siglo diecinueve.”
Dijo ella con los ojos muy abiertos
y entonces le disparó.

*

Una mujer moderna (1889) no debería leerse por encima, por cumplir. Como toda pieza de literatura, resiste el paso del tiempo y es capaz de evocar emociones en el lector, incluso años después de ser escrita. Así pues, nuestra sociedad puede no ser la misma que describe Janitschek, pero el problema que denuncia sigue tan vigente como en el momento de su publicación. La impotencia de la protagonista del poema ante el trato de la sociedad a las víctimas de la violación no nos deja indiferentes, pues sabemos que no dista tanto de la realidad actual.

A pesar de que, sobre el papel, la ley está del lado de la víctima, estamos hartos de oír cómo se cuestiona a las mujeres violadas por cuestiones como la ropa que llevaban o la hora que era. Sabemos el miedo que sienten muchas a la hora de denunciar un acoso sexual, por miedo a no ser creídas, por el qué dirán. Janitschek era consciente de todo ello hace más de un siglo, y logró plasmarlo en su poema.

El final no debe entenderse como una incitación a la violencia, sino como una versión de la autora del motivo de la venganza y la lucha por el honor de la amada. Del mismo modo que en las leyendas clásicas es el hombre quien se bate en duelo por la mujer que ama, esta mujer moderna está dispuesta a luchar por sí misma. No necesita ser salvada por nadie.

***

Ilustradora: Aimeé Cervantes Flores (Oaxaca, 1995). Egresada de la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Profundizó sus estudios en la ilustración, la cual considera su pasión después del cine, la literatura y la música. Entre sus logros se encuentran: Exposición colectiva en el Museo Franz Mayer con motivo de “El mundo de Tim Burton”; participación en un mural colectivo de su facultad y como directora de fotografía en el cortometraje “Otro Muerto” del Rally universitario del GIFF.

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