Stephen O’Malley en CDMX || De la locura a la muerte

Un ambiente oscuro y siniestro. Al final del pasillo de bienvenida, un grupo de tétricos televisores mostraban una versión distorsionada y ruidosa de todo aquel que se parara frente a ellos. ¿Las pantallas roban el alma? Probablemente no todas, pero éstas sí. Ruido, distorsión, agresión. Estos adjetivos describen la atmósfera del cierre de Temporada316, el 30 de agosto de 2019 en SALA Puebla, con los actos de Vyctoria + Julián Bonequi, Lori Goldston y Stephen O’Malley.

A las diez de la noche comenzó el primer acto. Una atmósfera de sonido dulce tomó el lugar sin previo aviso, mientras los miembros de la agrupación mexicana de música experimental Vyctoria se incorporaban uno por uno al escenario, acompañados del percusionista y artista visual Julián Bonequi. Los sonidos etéreos del bajo y la guitarra de Vyctoria, aunados a un violín discreto, se complementaron con la voz de Bonequi, quien presumió su amplísima capacidad vocal al añadir a la mezcla cantos agudos, similares a los operísticos.

Después, una guitarra distorsionada muy al estilo del lento metal de bandas como Grief o Thorr’s Hammer, irrumpió en la sala, y poco tardó en convertirse en una pieza bien lograda de metal, con Julián Bonequi aportando furia en la batería y ruidos agresivos al micrófono. Una última pieza desembocó en un caos sonoro, una explosión de euforia tanto para los músicos como para el público. El sueño celestial con el que inició la presentación de Vyctoria se convirtió en una sublime pesadilla.

Fue a las once de la noche cuando comenzó el acto de la chelista Lori Goldston, reconocida principalmente por su trabajo con el grupo de drone metal Earth y su colaboración en el álbum Unplugged de Nirvana en 1993. Sólo acompañada de su instrumento, un amplificador y un par de pedales de efectos, Goldston entregó al público una amalgama de sonidos feroces, que demostraron que la distorsión y la agresividad no son exclusivas de los bajos y guitarras.

Los dedos de Goldston hacían un ballet sobre el diapasón de su instrumento, mientras su pies jugaban como niños sobre los pedales. En ciertos momentos, se percibían un par de notas de cello limpio sobre el mar de distorsión; en otros, un aumento violento en los tonos graves, que servía de preludio al siguiente número.

Stephen O’Malley, con su guitarra negra, su característico cabello largo y una playera de Neil Young, se apoderó del lugar desde las doce del ahora 31 de agosto. El miembro fundador de la legendaria agrupación de drone metal Sun O))) se recluyó en una esquina del escenario, con su guitarra y sus pedales de efectos. En su ausencia, el espacio presumía cinco torres de amplificadores y cabezales para guitarra, así como una proyección infinita en blanco y negro que mostraba una suerte de representaciones abstractas de viruta, rocas, telarañas y demás objetos microscópicos y metafóricos, muy al estilo de Elias Merhige y su icónica película sobre el Génesis, Begotten (1991).

Las luces se apagaron; de repente, todo se tornó negro. El muro de sonido de O’Malley penetró cada centímetro del público con sus abominables tonos graves. Una atmósfera tan cálida como amenazadora se apoderó de SALA como si de una emisión de gas sedante se tratase. La guitarra de O’Malley se convirtió en una pequeña orquesta, en donde convivían los bajos más oscuros con agudos chirriantes, aquellos que escuchamos cuando lastimamos nuestros oídos o estamos a punto de caer desmayados.

Después, el guitarrista abandonó su refugio y caminó solemnemente a través de sus cinco obeliscos de amplificadores para manipularlos. Ahora, el sonido cambió, y fue abrazado por un ritmo trepidante, casi similar al que emiten las aspas de los helicópteros. El suelo de SALA seguía temblando, pero ahora los oídos del público eran martillados por un pulso constante, y sus corazones eran obligados a latir al pulso de una máquina.

Stephen O’Malley terminó su presentación a la una de la mañana levantando su guitarra en una ovación. Con esto, finalizó uno de los conciertos más esperados por los fanáticos del drone metal en México, por aquellos que no presenciaron la legendaria presentación de Sunn O))) en Lunario en 2009, o aquellos que deseaban repetir la experiencia. El cierre de Temporada316 fue un momento de catársis para lo amantes del género y para aquellos gustosos de las sensaciones de peligro. Eso sí, quizá más de uno de los asistentes que no tomaron los tapones para oído que se ofrecían en la entrada, seguirá lidiando ahora mismo con poca audición y dolores de cabeza.

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