UNA TUMBA ME ESPERA: EL TRIÁNGULO Y LA CALAVERA

I.

La maldición del baterista.

Doce en punto. Fraccionamiento José de la Mora. La zona es un laberinto de jardines descuidados, con austeras pintas de grafiti que crecen a lo largo de las paredes como una enredadera voraz que pretende adueñarse de todo. La mañana es fresca, calurosa. En una calle, cerrada, quizá, sobresale una banca de hierro forjado en donde he estado con anterioridad escuchando las pláticas furtivas de una banda que, hace apenas dos años, comenzaba a dar sus primeros pasos: Pirámide Zulú. De la ventana brota un ska rítmico, estruendoso: es un preámbulo sonoro a lo que vendrá después.

Pablo es uno de los integrantes más recientes. Toca la batería. A pesar de que el evento que conmemora el segundo aniversario de la banda empieza a las cinco de la tarde, él debe estar en el lugar desde la una y llevar todos los instrumentos. Es la maldición del baterista, dice. Después de cargar los elementos necesarios para el toquín nos dirigimos en la camioneta hacia el bar en donde se llevará a cabo el magno evento de aniversario.

Pablo maneja al ritmo de Sodom, Onslaught y As I lay dying. Se está haciendo tarde y la puntualidad es un punto a su favor. Es curioso, pienso, que un baterista forjado bajo el ritmo veloz, furioso, del metal y el punk termine en una banda orgánica que mezcla el rap con distintos géneros.

Esta es la principal premisa musical de la Pirámide Zulú: hacer del rap un ente orgánico, sacarlo de su encasillamiento sonoro, de los ritmos básicos, del tempo que varía de 85 a 96 BPM’s y, en cambio, otorgarle una identidad distinta mucho más cercana a los riffs de guitarra, a la melancolía de una trompeta, a la infinidad de un teclado y el punch de una batería, manteniendo el eje contestatario de las letras que tanto ha caracterizado al rap a lo largo de su historia. Pirámide Zulú está más cerca de la furia de Rage Against the Machine y del punch de los Beastie Boys que de las letras hipnóticas de Eminem o el ritmo encasillado de Dr. Dre.

A pesar de los referentes directos (Kase-O y la banda JazzMagnetism en su disco homónimo o Rafael Lechowsky y Glaç con Donde duele inspira) la Pirámide Zulú es un proyecto, más que único, irrepetible. Poco hay en la escena nacional que se compare a la firmeza con la que todos los integrantes saltan sobre el escenario armados no sólo con letras incendiarias y arreglos musicales compuestos con precisión, sino con un cariz infernal que retumba en la tarima que pisan. Desde el momento en que la banda abre el escenario nosotros como escuchas sentimos el ímpetu y la necesidad de agitar las manos, de saltar alrededor, de corear cuando lo piden y, sobre todo, de abandonarse ante la música y el enfado mickjaggero con el que Stigma y Balrapna toman el micrófono que deviene en arma de destrucción masiva.

II.

To the hiddip, the hop, it don’t stop

En 1973 Kevin Donovan, mejor conocido en el medio como Afrika Bambaataa, influido por las ideas libertarias de una tribu anti-apartheid, lideró una sociedad de nombre “Bronx River Organization”, un colectivo que pretendía librar de la guerra territorial a las pandillas del Bronx y parte de Harlem. Quería otorgarles un poco de paz, un poco de unión del modo en que los Zulús de África predicaban la igualdad. Esto, aunado a los nacientes ritmos del breakbeat a manos de DJ Cool Herc dio pie, en 1976, a la Universal Zulu Nation: una acción determinante, revolucionaria, que uniría por completo a los llamados “cuatro elementos” de una subcultura apenas naciente: el arte gráfico del grafiti, el baile de los B-Boys, las rimas de los MC’s y el ritmo de los DJ’s.

Precisamente este concepto fue el que dio origen al Hip Hop que conocemos hoy en día.

Conocer las bases de lo que se hace es determinante para progresar: ¿hay realmente creación sin imitación? Para forjar un nuevo concepto es preciso conocer aquello que nos es actual, contemporáneo y también aquello que ha pasado antes. Pirámide Zulú toma el nombre de esta nación (a su vez retomada por Bambaataa en su momento) como una base formal y, de igual manera, se asoma al mexicanismo, al espíritu nacional ―no necesariamente nacionalista: el de las pirámides: una imagen que permea el ideal mexicano ancestral hasta un punto mítico, apoteósico.

Elegir un nombre para una banda es una tarea difícil pues en él recae el reconocimiento.

Hablar de Pirámide Zulú es hablar de una tradición urbana, de los orígenes del Hip Hop y es también hablar de una identidad mexicana. De un orgullo nacional.

Esto en un inicio. Ya con el concepto aterrizado se le puede dar interpretaciones distintas, pero al final la que más peso tiene es aquella de quien lo ideó: “la idea era esta: lo mexicano, las pirámides, éramos tres al principio y quedaba bien; luego la idea de la tribu Zulú y la manera en que Bambaataa integró los ideales de esta sociedad en lo que después fue el Hip Hop”.

Sin embargo, con el tiempo se le dio otra razón al nombre: “no puedes tener la idea de una pirámide sin una punta, pero tampoco puedes tener una pirámide sin una base: entonces la música es una base y el cuerpo culmina en la punta, que es la idea del rap”. Se trata de un concepto abstracto que está en función de su propia identidad como banda. El nombre es aquello que los separa del resto. Cualquier banda puede copiar el nombre y, quizá, tergiversarlo. Pero nunca será lo mismo. Pirámide Zulú, con todo y el nombre, se crea a sí misma como una banda estridente, poderosa, que tiene un afán de conquista. Todo con metas a corto, mediano y largo plazo.

III.

La fuerza de una banda, en un sentido más interno, se mide en la capacidad que tiene cada miembro como individuo para interactuar con el resto como un equipo. Pirámide Zulú, ya con los instrumentos en su lugar, después de un intenso chequeo, instrumento por instrumento, que refleja la búsqueda de su perfección, anhela brillar sobre la tarima. Es su segundo aniversario, planean celebrarlo con fuerza. Poco a poco van llegando el resto de las bandas invitadas a la celebración. El ambiente se intensifica, se electrifica, se vuelve estático.

El calor de la tarde, a pesar de la amenaza de lluvia, se va intensificando al punto en que las sombras son sólo un intersticio temporal para paliar el sofocante clima. Las primeras cervezas salen a la luz. Es un modo de combatir el calor (el mejor, quizá). El bar en que se va a tocar es un escampado forrado de pasto en donde se puede retozar con libertad. El escenario, un rectángulo fabricado a base de tarimas de carga pintadas de negro, sobresale como una isla: un rectángulo que sostendrá a los miembros de una pirámide. Un extenso juego de formas. Los instrumentos están en su sitio, listos para usarse.

Ya con Geovanni en los teclados, Wacko en el bajo, Pedro en la guitarra, Pablo en la batería, Abraham en las percusiones, Botas en el saxo y los dos frontman: Stigma y Balrapna a la voz, se inicia un chequeo general. Aún no empieza el evento y los que estamos en el lugar nos acercamos con altas expectativas que se rompen desde el primer golpe en la batería. Las voces se elevan. El aire se aligera y se contrae, palpitando. Apenas es un soundcheck y ya desataron su furia. Las letras arden con su propio fuego y el aire de la música lo aviva. Estamos frente a un concepto distinto. Poco queda más que disfrutarlo. En verdad disfrutarlo.

No es la primera vez que logran impactar de esa manera desde un soundcheck.

Es el 2015, octubre, en un concurso de bandas en un bar de Iztapalapa. El jurado, conformado por músicos reconocidos, está presente durante el chequeo. Pirámide Zulú sube al escenario: desde el momento en que tocan, sólo para calibrar los instrumentos, el resto de las bandas participantes reconocen su derrota en un magno aplauso que les dice que han ganado desde antes. “Terminamos de tocar y nos aplaudieron; les dimos un cogidón”.

En este concurso no sólo ganaron experiencia y un premio, sino que, además, captaron la atención de un individuo: “El chino”, de Los Victorios, miembro del jurado. “En cuanto terminó el concurso y nos dijeron que habíamos ganado, el Chino nos llevó para atrás y nos dijo ‘la verdad es que tocan muy bien, hay que hacer algo y empezar a trabajar’, y a la fecha ya hemos tocado con él y es quien, de algún modo, nos maneja y nos ha estado ayudando para sacar el proyecto adelante”.

Pero, como toda banda “principiante”, no siempre han corrido con esa suerte.

IV.

El proyecto nace en los pasillos de la UAM. Balrapna y Wacko, quienes se conocían de tiempo atrás, son miembros fundadores. Se encontraron en la Universidad y se comienza a gestar la idea de lo que, posteriormente, da pie a la Pirámide Zulú como lo es ahora.

“Empezamos haciendo jams con una guitarra: yo tocaba algo y Juan (Balrapna) improvisaba sobre la base. Sonaba bien”, dice Wacko Cadena, bajista y anterior guitarrista.

Este fue un ejercicio que Juan practicaba desde la prepa, retomado y llevado a su máxima expresión. Fue en la preparatoria en donde Geovanni compartía clases con Juan. A propósito de esto, Geovanni cuenta: “íbamos en la misma prepa y los dos estábamos jodidos, [la prepa] era chiquita y yo en ese entonces llevaba una guitarra; Juan y yo nos topábamos en los descansos, entonces yo tocaba dos acordes y le ponía una base de beatbox encima y él se ponía a rapear. Sonaba tan chido que la gente nos daba dinero y con eso sacábamos para las tortas”.

Formar una banda es cuestión de precisión. Si un integrante tiene ese afán certero de hacer lo que imagina, entonces el resto se adapta y, poco a poco, empieza a tomar forma con el resto de los integrantes. Esto pasó con Juan/Balrapna y Wacko: todo comenzó cuando tocaron esos jams improvisados de guitarra. Ya de ahí todo siguió su propio curso: “[…] apenas empezábamos con la onda y Juan consiguió un toquín; yo sí pensé que era muy pronto como para subir al escenario, pero invité a unos amigos para echar adelante el compromiso. Sacamos el toquín como pudimos y luego, ya más en serio, invitamos a otros amigos: llegó Stigma y Abraham, los otros dos weyes que estaban se fueron e invitamos a Pedro para que tocara la guitarra y a Geovanni para que hiciera beatbox, aunque al final se quedó como tecladista, yo agarré el bajo en lo que encontrábamos bajista… nunca encontramos y me quedé ahí. Así fue que empezamos”.

En el 2014 entran a concurso, patrocinado por el INJUVE y, a diferencia del año siguiente en el que arrasaron desde un inicio, quedan en cuarto lugar. Los jueces, entre ellos Daniel Gutiérrez de La Gusana Ciega, les dicen que es un proyecto único pero (siempre hay un pero) les falta punch. Necesitan más impacto.

“Imagínate –dice Pedro, emocionado y contrariado a la vez- competir contra bandas de rock que tienen batería y dan espectáculo… nosotros no teníamos baterista en ese momento. Pudimos ganar, pero eso era lo que nos faltaba”.

Ya con un baterista (Pablo), un saxofonista (Botas) y, posteriormente, un trompetista (Kauking), la banda se consolida para reversionar las antiguas canciones compuestas en grupo, pero ya con la fuerza necesaria de la batería y arreglos extra que hacen que el sonido adquiera mucha más fuerza que en un inicio.

Pero, ¿en qué eventos toca una banda que mezcla sonidos urbanos tan cerrados como el rap y música tan distinta entre sí que varía desde el ska hasta la milonga?

“Al principio llegamos a incomodar a la banda porque en el ámbito del rap la gente no está acostumbrada a ver instrumentos, pero de a poco fuimos abriéndonos paso en ese juego. A algunos les gusta, a otros no, pero nunca faltan uno o dos que se acercan después del concierto para decir ‘wey, qué chingón tocan’ o ‘nunca había escuchado algo parecido, me gustó’ y hemos mantenido el apoyo de la gente”, dice Botas.

Una banda tan versátil ideada por un rapero y un sujeto forjado bajo la tutela de un hermano dedicado a la trova (Wacko Cadena es hermano de Markos Cadena), que después incluyó a gente interesada más hacia el ámbito del punk o del metal, bien puede hallar cabida en un sinfín de eventos variados. Desde tocadas de ska hasta eventos de rap, la Pirámide Zulú se ha apropiado de un estilo y de un nombre que no los encasilla en un solo género sino que, al contrario, se adapta a un sinfín de ritmos y les da una identidad orgánica que se incorpora al rap.

Es tener mil caras y ninguna. Es estar en constante movimiento. No quedarse en un ritmo, no estancarse. Hay más artistas que arte, dice Balrapna. El no ceñirse a un solo género (aunque bien el rap permee como eje central en el proyecto) permite a la libertad creativa tomar caminos mucho más lejanos que reinventan a la banda en sí. Estar en constante movimiento entre distintos géneros da pie a un mestizaje sonoro que deslumbra al escucharse. Es mantenerse fresco y renovar el arte.

V.

…the real Hip Hop: el paso de los Reyes no es igual que el del peón.  

Nueve de la noche. Cuando llega el momento de descargar la euforia (ya creada de antemano por el resto de las bandas), el público, impaciente, corea:

― ¡Zulú! ¡Zulú!

El zumbido de la zeta en Zulú vibra como una colmena de avispas enfurecidas.

Cosa curiosa: el tener de cerca, casi a la vuelta de la esquina, a una banda que ensaya del diario no permite admirar el fenómeno desde la lejanía. El hecho de ser tus conocidos, gente que vive en el mismo barrio que tú, no permite visualizar a la banda como un fenómeno. Uno cree que toda banda de la colonia está condenada a vivir en la marginalidad. Pirámide Zulú no tuvo miedo al anonimato. Nunca. En cambio, aspirando a grandes metas que de apoco se van cumpliendo, han logrado un séquito de fans que, con devoción casi cristiana, cantan las canciones con furia. Colaboran cuando Stigma pide un puño arriba.

Hay un grupo de jovencitas que portan la playera de la banda. Jovencitas emocionadas por estar cerca del artista. Cortan su ropa, la deshilachan en un intento de lucir más seductoras. Se escucha a la multitud corear las canciones desde antes de que suban, cantar con la banda, brincar de emoción. Se notan las cuerdas que vibran en su garganta cuando la banda, por fin, sube al escenario, armada con sus instrumentos, listos para ofrecer al público lo que desean.

Desde el momento en que suena el golpeteo en la batería, se desgarra la guitarra, el saxofón llora y el par de raperos que hablan de una realidad indiscutible, que golpea a la sociedad de este país y que, al ser tan evidente es casi ignorada y vista como algo normal, nos salta a la vista lo magnánimo y como en una epifanía por fin lo entendemos: la furia controlada no es mejor que la que explota: decir la verdad nos cataliza, escucharlo al ritmo de la música nos hace ver las cosas de una manera distinta. La música nos convierte en animales. Es verdad, Pirámide Zulú es una banda poderosa que da pasos largos, agigantados.

Con un disco en puerta y un poder inigualable, Pirámide Zulú es una banda que estará presente en los próximos eventos masivos. Una banda que, con una esencia propia, distinta, se impone ante la realidad, enfrenta la desigualdad con un mensaje certero y deja a los escuchas atónitos. No hay duda. Es cierto: el paso de los reyes no es igual que el del peón.

Toriz, 2016.

Marco Antonio Toriz SosaAutor: Marco Antonio Toriz Sosa Estudiante de Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Escribe cuento, poesía y, a veces, crónica y ensayo. Sus cuentos y poemas han aparecido en las revistas Primera Página, Osario, Punto de Partida UNAM y Círculo de Poesía.
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