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La culpa no es de Dios, sobre El Club (2015)

La Iglesia es una institución, una que se formó hace cientos de años y que se estableció como una de las más confiables y cercanas a las personas por su ámbito religioso, entregándole al mundo un centro de poder que se posicionó durante mucho tiempo como el más importante de todos: Dios era el centro absoluto. No obstante, Dios, como ser omnímodo, es invisible para el humano, no responde a una comunicación bilateral y resulta sumamente complicado ubicarlo, como tal, en una iglesia, por lo que, en la actualidad, quienes están a cargo de la organización, con todas sus jerarquías, ordenamientos y beneficios, son personas con sangre en sus venas, cabellos saliendo de sus cabezas y bien marcadas concepciones sobre el pecado, la culpa y demás. Personas que eligieron ser, así como curas, diáconos y sacerdotes, pederastas violadores, ladrones, mentirosos y, un poco como que su moral, al contradecir sus sermones con sus acciones, todo lo que supuestamente no es considerado como santificado ¿En serio nos debería sorprender? En realidad, la interpretación de la Biblia, su veracidad y su origen ha dejado mucho que desear sobre los verdaderos mandatos que el ser supremo de la religión cristiana predica, o predicó, o nada pues.

La desinstitucionalización de la Iglesia, así como el incremento de manifestaciones ateas en el ser humano se debe, entre otros factores más, al decaimiento del prestigio de las personas que integran tal organización religiosa, no enteramente de Dios (que sí, pero no tanto.)

Hace unas semanas, guiándome solamente por las recomendaciones ciegas de algunos camaradas cinéfilos, vi El Club (2015), el reciente filme chileno galardonado en varios certámenes de Europa y América. Al inicio no lo sabía muy bien: qué clase de personas eran estas que estaban retiradas en una casa con un perro de raza velocista compitiendo en carreras locales, cuál era su relación. De pronto el punto de flexión, una de las dos escenas más intensas e importantes de los noventa y ocho minutos: una orden lógica, la cámara que se carga a la izquierda con los gritos del hombre tras la barda y un disparo; la impresión sigue ahí. Cuatro sacerdotes viven retirados en una pequeña casa junto al mar de Chile, todos ellos cometieron algún acto por el que no, no fueron excomulgados ni mucho menos, sólo escondidos, sustentados económicamente y protegidos de la opinión pública para salvaguardar el prestigio de la Iglesia. Cuando llega un quinto sacerdote, todos juntos, seres humanos corrompidos interactuando codo a codo, crean una mentira que, a lo mejor, Dios no aceptaría, empero, a lo mejor; la prueba de que los sacerdotes son personas igual de dotadas y susceptibles que los demás se manifiesta a la perfección en el filme, la homogeneidad de opiniones y valorizaciones sobre el bien, el mal, la verdad y la mentira no se da; cada uno se guía por su individualidad como persona y, en oposición, como sacerdote.

Extrañamente, la percepción y enjuiciamiento del espectador se manifiesta de la misma manera, quien evalúa a los personajes como tales, personas y sacerdotes: de ahí funciona la película, cuáles son las acciones que se nos presentan y cómo juzgarlas, por ejemplo, en un segundo punto de flexión, el grupo de los sacerdotes se divide y las imágenes comienzan a confundirse en la noche, en el crescendo de los violines, los cortes incesantes de las acciones de uno y de otro, del bien y el mal, y el cómo distinguirlo, el qué del sacerdote que pide algo que normalmente consideraríamos como malo y el por qué del otro grupo que ejecuta acciones “malas” para beneficios propios, “Soy curita, soy sacerdote, por favor ayúdame”, señala un personaje. Quiénes son estas personas cuyos valores cambian constantemente y sin ninguna visión precisa de principio. Al final de la secuencia, en el atardecer en el mar de Chile se muestra una contienda: los vestigios de la luz son pocos y las nubes negras avanzan. El continuo mood de la película se sostiene sobretodo por el lúgubre y siempre presente azul de la fotografía, lo apagado de ésta nos hace pensar en un crepúsculo, en una niebla incesante que no abandona a los personajes y que los atormenta, de ahí, la desorientación de estos es evidente, pero ¿justifica algún acto? ¿alguna vez lo ha hecho? No.

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Una cosa es predicar la denominada palabra de Dios y otra muy diferente es predicar la palabra de Dios para un provecho individual: “Me decía que cuando yo me tragara el semen yo iba llegar directamente al cielo y cualquier hombre del señor tiene el semen bendito…” confiesa Sandokan, el personaje genialmente interpretado por Roberto Farías, quien, cantando “Cordero de Dios” eventualmente es absorbido por la Iglesia en una más de sus jugadas por favorecerse de su autoridad; una escena que termina contundentemente con la idea de las ovejas y los lobos.

El pasado año, Spotlight (2015) arrasó con algunos premios europeos y la mayoría de los de Estados Unidos de América; su trama iba sobre los periodistas ganadores del Pullitzer que denunciaron el gran porcentaje de pedofilia que existía en la Iglesia, causando, al igual que la película, un gran revuelo. El Club (2015) se adentra en el problema y ve de frente las maniobras y movimientos de los pequeños grupos de personas insertadas en diferentes cargos de la Iglesia; las artimañas, acciones y múltiples defensas verbales que los sacerdotes hacen no van encaminadas a que las valoraciones sean inmediatas, sino que construyen a los integrantes de El Club para que, entonces sí, el cuadro completo pueda verse, en donde encontramos a muchos integrantes falsificando su bondad, pero no a Dios, a aquél no lo vemos en ningún momento.

Juan Manuel NoguezAutor: Juan Manuel Noguez Estudiante de Letras Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Miembro fundador de Producciones IDM. Entusiasta del cine y la literatura.

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