Contracanto: poemas de Iván Cruz Osorio

Hoy presentamos a un gran poeta y amigo, al que le guardamos gran cariño y admiración. Iván Cruz Osorio además de ser poeta es editor y fundador de la editorial Malpaís ediciones, una genial editorial de poesía. Puedes consultar su ficha completa al final de la entrada, por ahora, te dejamos con los siguientes apabullantes poemas, extraídos todos de su último libro publicado, Contracanto. Ilustración, grandiosa, de Cecilia Saucedo.

 

Andrés Bello

Navegué toda la noche

con la mirada fija en los días por delante,

con el miedo apretado en los puños.

 

Algo de la Tierra que dejé atrás

ha labrado mi sombra y mi abismo,

y aún no sé de qué patio,

de qué puerto sin brillo partí

con los sueños desvanecidos.

 

Pero sé que no habrá regreso,

porque nadie vuelve

para atizar los rescoldos

de su propia ceniza.

 

 

 

Corifeo

Vengo de gritar tu nombre,

de clamar a la vastedad de la noche

una palabra inofensiva

que sonó como el nombre de una patria.

Vengo de gritar que Malintzin ha muerto

y que su corazón quedó torcido

como el alma de sus hijos,

que Cortés llora la ausencia

mientras ordena las cargas sobre las muchedumbres,

y los pueblos se dispersan

como archipiélagos marcados con tiza.

 

Vengo de gritar tu nombre,

pero eso no importa,

la noche es blanca en los Andes, y estoy solo,

y necesito una mujer que no diga

que no es tiempo para el amor,

que amar en estos tiempos

es lo mismo que flotar

como un cadáver frente a las playas;

por eso grito tu nombre

y traigo estas piedras del Chimborazo y el Aconcagua,

la arena sedienta del desierto de Sonora,

y este buchito de agua del lago Titicaca

para que sonrías

y pronuncies mi nombre,

que no recuerdo,

que me fue arrebatado,

y que quiero escuchar de tus labios.

 

La noche es blanca en los Andes.

Yo vi los triunfos en Cochabamba,

en Guanajuato,

vi a Hidalgo y a San Martín admirarse

cuando Quetzalcóatl sangró su miembro

sobre los huesos polvosos de Lautaro y Cuauhtémoc

para tornarlos al mar de la vida como hombres nuevos

y luchar por el país que pendía bocabajo como un ahorcado.

 

Vengo de gritar tu nombre,

de enseñar ola tras ola el mar de mi desesperación.

Vean mi sombrero, vean mi reloj,

yo pude ser Margaret Thatcher

y ganar una guerra más grande que ésta,

y hablar de países lejanos,

y poner mi bandera en islas

donde me cabe un solo pie.

 

Yo pude ser Pancho Villa

o Ernesto Guevara o Sandino,

y agitar en el aire nuevas banderas,

y llevar en la garganta

como un solo canto a nuestros pueblos,

pero las banderas se han vuelto trapos

flotando sobre los paredones,

y yo sólo soy un montañés

que no pudo ser un vagabundo de los puertos,

que no conoció los bares flotantes

de Rotterdam ni de Marsella,

y en cambio miró a Mar del Plata,

a Cartagena,

a Valparaíso,

y pudo sentir el rumor de todos los mares,

y los labios salados

de todas las mujeres de las costas.

 

Vengo de gritar tu nombre,

de ver a los marinos que tienden las velas,

y confían a los mares su destino.

Los heraldos han dicho

que la pampa está en llamas,

que arde el sitio en Cuautla,

que Morelos agita el doliente de Hidalgo,

que el Pacífico y el Atlántico

revientan en los cascos de los barcos,

que una mujer pasea sus lamentos

en las calles angostas:

 

           No vendrá nadie

           a contar tu ceniza,

           nadie gritará tu muerte,

           invocarás su nombre,

           pero ella no vendrá,

          nadie te espera,

          nadie te ha buscado nunca.

 

La noche es blanca en los Andes.

A diario cantamos un epitafio,

una historia más de desamor.

Todo el continente es desamor,

no un viñedo mendocino

abriéndose paso hacia la cordillera,

no el desierto boliviano buscando la salida al mar.

 

Vengo de gritar tu nombre,

pero eso no importa,

siento que he gritado todo el amor

y toda la desolación de nuestros padres,

sin dejar de estar solo,

sin dejar de tener miedo,

como un marinero a la deriva

que sólo espera el grito de las sirenas.

 

 

 

Francisco de Miranda

Cuando era joven, yo quería recorrer los puertos,

andar entre los hombres que ríen de películas mudas

y escriben cartas de amor

a rostros que se esfumaron

con el corazón de aserrín en la mano.

 

Cuando era joven, y los ejércitos

marchaban su hambre y su pasión ingenua

sobre barcos llenos de himnos y fantasmas,

yo quería conocer las tabernas,

a las mujeres que dan apretones de mano

y te aman sin recelo

entre acordeones y lámparas de alcohol.

 

Yo quería pelear por un país

con mi bicornio y mi fajín francés,

yo quería bombardear un continente,

hacer una revolución de mutilados

que ocuparan los escaparates

de los grandes palacios,

para que una mujer de rencores obscenos

y una soledad madura

viniera a amarme.

 

Cuando era joven, yo quería recorrer todos los puertos,

caminar las ciudades,

las acequias de pescadores descuidistas,

detenerme en los farolitos de cada esquina

hasta encontrar a esa mujer

que me amara por amor.

 

A Benjamín Morales.

 

 

Simón Rodríguez

Qué curioso el garbo de los muertos

que hacen trompetillas y confunden su aliento

con el olor de los nardos.

¿Te acuerdas de Elena María detrás de las vidrieras?

Cuando la vida quería brotar de las manos

y no había apuro alguno en el odio ni en las balas.

Había obreros tiznados de aventuras, hortelanas livianas

que suspiraban nuestro nombre con todo su cuerpo,

y monarcas fulleros quemados en la noche de San Juan.

 

Yo conocí a una duquesa que amó a Franz Ferdinand,

que entre los dulces acordeones de Austria

le rozaba los codos a meseras tullidas

ante la mirada de morfina de los insurrectos.

Cuando estuvo muerta con un agujero en la frente,

todos rieron de sus vírgenes rompehuelgas,

y de los ahorcados del primero de mayo

que iban sucios a la insurrección socialista.

Alguien dijo que Grace Kelly era más hermosa,

pero nadie le hizo caso.

 

Qué tristeza esa noche en que las usinas moscovitas

preparaban las banderas rojas,

y en el Volga había pistoleros de manos en el bolsillo

y dedos ágiles,

pero Nicolás II lo desmentía

mientras se frotaba ajo en el cuello.

 

Yo conocí a Túpac Amaru con los miembros arrancados,

con su voz húmeda de sones y montañas

derribar trincheras

y tabernas de burgueses de orejas puntiagudas.

¿Te acuerdas de Elena María detrás de las vidrieras?

Había niños con marionetas

y una única función para entretener el desamor.

Yo conocí a Túpac Amaru

y sus manos de devastación y dije

 

         Nosotros somos los mismos de ayer,

         arrebatados de fervor,

         arremolinados frente a ustedes que son polvo,

         llenos de nostalgia de las cosas

         que no van a suceder,

         enamorados del corazón pasajero

         de mujeres tristes.

 

Pero nadie me escuchó.

Quiero acordarme de su alma pícara de trapo,

del baile de los niños incas y su muerte injusta.

Qué curiosa profesión la de los caídos,

que entornan las puertas,

hacen mimos en la nuca con los dedos

y tienen un silencio verdaderamente vivo.

 

 

 

 

José de San Martín

Ese día me pondré a hablar de Quetzaltenango

porque es una palabra alegre y engañosa,

porque mis compañeros de pulmones fatigados no saben

que Tamara Bunke tomaba el colectivo

entre sus callejuelas de polvo

y dibujaba rebeliones en su libreta de aventuras.

 

A los soldados de gorra azul

y colmillos en la sonrisa les diré que vengo

de las hornacinas caribeñas,

donde la muerte es constante y el amor libre,

que tengo un corazón grabado

con tu nombre fresco y embustero.

Les hablaré

de tu lunar y tus hoyuelos de Grace Kelly,

de tus ojos humildes y trágicos.

Les diré que vives en San Juan,

que trabajas bajo un farolito de la calle

entre gente miserable y sutil,

y hablaré de tu alegría

salpicada de pequeños cadáveres,

mientras bebo el té de las cinco

y conspiro contra los hombres

de bigotes de alambre.

 

Ese día tomaré el aire junto a otros

más jóvenes e infelices,

y caminaré por la calle François Villon,

no tardarás en reconocerme:

tendré una vieja escopeta,

un zurrón peruano

y una cosecha de papas

para nuestra edad madura.

 

Ese día, en que caminaremos

con nuestros corazones de cera bajo el sol,

ya nos habremos encontrado para siempre.

 

 

Simón Bolívar

Qué bien que estás ahí

donde la muerte es pequeña

y tu alegría legítima.

Yo, que te he visto partir

y cambiar de nombre,

sé que me darás una noche

para reír en tu cama de paso,

donde inventé los escasos enigmas de mi vida,

donde la soledad es compacta,

y las mentiras son más grandes y divertidas.

 

Mañana conquistaremos tierras lejanas

para darles nuestro nombre,

y tendremos una casa oculta

para no hablar de esperanza,

de remordimientos

ni de todas las cosas que no tenemos.

Estoy seguro que desde la pequeña casa

podrás ver a los últimos soldados de Napoleón:

salúdalos con tu pañuelo de despedidas,

tú que has estado más cerca de la muerte

y de los países de hielo.

 

Mañana te contaré una historia de piratas y de ángeles,

aunque quizá sólo te haya contado la misma historia,

y tu sonrisa sea la misma de siempre,

y nuestro amor sólo sea algo común.

 

Escucha: mañana cuando estemos fusilados,

el paredón amanecerá cubierto de agua,

y alguien llorará

por nuestros corazoncitos de fuego.

Alégrate,

después me hablarás

de los hombres que caben en tu cuarto de hotel,

de Franz Ferdinand vestido de mujer,

de la guerra del opio

donde Octavio Polichinela murió

sin encontrar una frase,

una palabra para él.

 

Toma mi mano de aventuras y retornos,

yo soy el extraño que amó tu cuerpo deforme,

y nuestra tristeza es un buen pretexto

para que me dejes tocar tus senos,

para reconciliarnos con nuestras pequeñas vidas

y hablar con los pulmones fatigados

como si la noche entera hubieras cantado

en un desierto de piedra.

 

Aquí estamos

y nada hay más engañoso que nosotros,

mírame:

estoy lleno de agua,

fuego y desamores,

me gustaría tener un amor infiel

para entretener mi soledad,

me gustaría ser un gitano

y leerte en las cartas

que la guerra terminó,

que perdieron los buenos.

 

Escucha: no hay nada bueno,

abre las piernas y tus ojos maduros,

escucha lo que vengo a decir,

ahora todo depende de lo cerca que estés de mí.

Toma mi mano que ayer empuñó una espada,

y hoy está llena de agujeros;

observa este boquete,

allí estabas tú,

pero ahora no hay nadie.

Ahora sólo tengo boquetes de carne y de miedo,

acércate a este cuerpo perdido,

dame esta noche,

vamos a reír y llorar

sobre la cama deshecha

para vivir una muerte

y no la vida.

 

1294377_10202261524397284_163171807_oIván Cruz Osorio (Tlaxiaco, Oaxaca, México, 1980). Poeta, editor, crítico literario y gestor cultural. Es Licenciado en Lengua y Literaturas Modernas Inglesas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente es codirector y editor de Malpaís ediciones. Fundó y co-organizó Vértigo de los aires. Encuentro Iberoamericano de Poetas en la Ciudad de México (De 2007 a 2011). Es autor de los poemarios Tiempo de Guernica (Editorial Praxis, 2005), Contracanto (Malpaís, 2010) y Dogma (de próxima aparición). Poemas suyos aparecen en diversas antologías nacionales e internacionales como Cajita de música. Poetas de España y América del siglo XXI (Madrid: AEP, 2011); Vientos del siglo. Poetas mexicanos 1950-1982 (UNAM/UANL, col. Poemas y ensayos, 2012); Cartografía de la literatura oaxaqueña actual II (Editorial Almadía, 2012); Resistencia en la tierra. Antología de poesía social y política de nuevos poetas de España y América (Editorial Ocean Sur, 2014) y Antología General de la Poesía Mexicana. Poesía del México actual de la segunda mitad del siglo XX a nuestros días (Editorial Océano, 2014).

Compiló y prologó el volumen Lumbre en el almaje. Muestra de poesía mexicana (1970-1985) (Guatemala: Editorial Catafixia, 2012). Fue becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA durante el periodo 2009-2010, en el área de poesía.

 

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