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Emoción – Microrrelato de Egidio Esteban Passamonti

Sus negros ojos me recorrían, ávidos, emocionados. Por momentos, el latido de su corazón parecía ir en aumento. La sensación que se había apoderado de ella se reflejaba en cada gesto, a medida que sus delicadas manos avanzaban sobre mí. Le estaba enseñando cómo era el amor entre un hombre y una mujer que se amaban sin fronteras; cómo cada uno era el complemento perfecto del otro; cómo de cada frase surgían los besos apasionado, una entrega total donde sólo existe la pasión. Y el resultado de ello: el sentirse protagonista de un amor grande, donde sólo hay lugar para la felicidad plena. Alrededor, todo era silencio, salvo el canto de un grillo allá en el jardín, entre los arbustos en flor, iluminados por la tenue luz de un farol y de la luna. De todo eso no se percataba, porque estaba transportada a otro punto de la vida misma, en el que la emoción se apoderaba de sus sentidos. Estaba concentrada en esa loca fantasía que yo le estaba ofreciendo; se dejaba guiar a un mundo donde no existía nada a nuestro alrededor. En esta noche ideal, cautivadora, romántica, por un momento se apagó en su interior ese lugar de ensueño y la realidad golpeó sus sentidos. La magia se rompió al percibir algo fuera de lo común en el gran ventanal de la habitación; el cortinado se movía levemente, como si por un resquicio entrase un leve soplo de aire. Se sintió inquieta, atenta, ¿o era su imaginación? De un salto se deslizó del lecho, llegó al lugar y se aseguró de que los postigos estuviesen trabados; no deseaba que nada la apartase de lo que la sumergía en la magia que le estaba ofreciendo. Se sintió como una tonta. Nada había de malo en aquella habitación. Era yo el que la había sumido en un estado de incertidumbre al hacerla gozar de unos momentos románticos con cierto matiz de suspenso, quizás. Volvió a tomarme entre sus manos y me contempló en silencio. Me mantuvo apretado contra su pecho por un instante, pensativa. En su interior había un impulso de continuar descubriendo lo que yo podía ofrecerle. Entonces su vista volvió a quedar fija en mí; sus manos, a deslizarse; ávidas, con premura. Por un instante pareció querer devorarme de una vez. Quería llegar a descubrir todo en ese momento, pero sabía que no podría lograrlo esa noche.