‘First Cow’: potencialidad utópica

Durante mis clases de universidad nos enseñaron la historia del cine y el lenguaje cinematográfico con mil y un ejemplos de cineastas hombres, la mayoría de las películas de la primer mitad del siglo pasado: el montaje con Eseinstein, el efecto Kulechov, el uso de planos con Citizen Kane (1941). Sobre elipsis no recuerdo algún ejemplo preciso, y aprovecho esta laguna para actualizar cualquier ejemplo que pudieran haberme dado con alguna película de décadas pasadas. Si me pidieran hoy hablar sobre el uso de los saltos espacio-temporales, lo primero que vendría a mi mente sería First Cow (Kelly Reichard, 2019).

Kelly Reichard tiene varias menciones notables por su último largometraje. En First Cow, además de hacer una remembranza de su filmografía, logra, con el pretexto de una elipsis ambigua, crear un western moderno, fresco, que responde a nuestros tiempos.

La ambigüedad de su salto espacio-temporal reside en que no es realmente un elemento objetivo que nos indique que hay una conexión verdadera en las ficciones que une. Es un pretexto para explorar el género y darle un giro. Comenzamos con la promesa de un viaje, depositada en un barco de carga que cruza la pantalla para continuar con el hallazgo de unos restos humanos acostados en un gesto de cercanía entre quienes fueron en vida. Inmediatamente viajamos a un supuesto pasado que podría decirnos quiénes eran esos huesos que yacían ocultos entre tierra y hojarasca. Pero realmente nada nos indica en ningún momento que realmente si estas historias se responden, ni siquiera si corresponden al mismo universo.

En la segunda parte de la película viajamos a una antigua Oregon, a sus inicios, con sus primeros habitantes, todavía exploradores, cuando aún no se escribía siquiera su historia según nos cuentan los personajes. Los elementos clásicos del western están ahí, latentes, y aún así se siente actual. No sólo lo digital de la imagen y los colores nos irrumpen la noción de algo viejo aunque sea plásticamente una película de época, es el tratamiento que Reichard le da al género y el tono del largometraje lo que remarca que este es un neowestern.

First Cow rechaza las relaciones y conflictos clichés del género, y se aprovecha de su origen para renovarlo. Evita los personajes masculinos, diestros con las armas, que luchan en una batalla eterna entre el bien y el mal. Aquí no hay héroes y villanos. Aquí se opta por una crítica al capitalismo y la propiedad privada, cimientos de la nación norteamericana. La directora reescribe la epopeya de los Estados Unidos con dos hombres que crean una amistad llena de ternura y basada en el cuidado mutuo, quienes intentan revelarse contra la propiedad privada. Ellos también rechazan la masculinidad rígida y explosiva, característica del género cinematográfico; es muy claro cuando Cookie Figowitz le da cobijo a un King Lu perdido en el bosque, en vez de delatarlo; o cuando en una taberna se genera una riña que cacha la atención de todos y ambos deciden ignorarlo para aprovechar su reencuentro fortuito y ponerse al tanto del viaje de cada uno.

Es nuevo, y se agradece lo audaz de ver a dos hombres que deciden vivir juntos y tener una amistad basada en la cooperación despojada de abusos e impregnada de cariño y cuidado por el otro.

José Esteban Muñoz, en Utopía Queer: el entonces y allí de la futuridad antinormativa, trabaja una revisión a la obra de artistas de finales del siglo XIX rescatando sus potencialidades para la creación de una utopía en contra de la normatividad cis-heteropatriarcal. Kelly Reichard parafrasea lo que Muñoz propone en su libro: revisa —o crea— (se puede leer de cualquier manera, la ambigüedad de su elipsis nuclear lo permite) un pasado lleno de potencialidades para crear una utopía que critique y señale las masculinidades, el capitalismo y las relaciones afectivas.

First Cow está disponible en MUBI junto con sus “preludios” Old Joy (2006) y Wendy And Lucy (2008).