Etiqueta: Federico García Lorca

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‘La estela que dejó Federico García Lorca’: Rafael Alberti

[…] una noche, en sueños, se me presentó Federico, como subido de la profundidad de la tierra, para verme. Estaba muy envejecido. Parecía que hubiera seguido cumpliendo años, físicamente, durante todos aquéllos después de su muerte. Pensé que tal vez ascendía del barranco en donde fue arrojado para reconciliarse conmigo —¿sería eso?— por las mínimas e inocentes rencillas literarias que alguna vez pudimos haber tenido.

Rafael Alberti

Hurgando de nuevo por las memorias de Rafael Alberti, quise dar continuidad a la columna anterior, en la que me subí a las ramas de su arboleda perdida para pintar cómo Rafael conoció a Federico. Ahora, en esta peineta de la ene de agosto, me inspira escribir sobre un suceso que marcó la vida de Alberti de igual manera como cuando se encontraron por primera vez estos dos poetas andaluces; me refiero, por supuesto, a cómo afectó el asesinato de Federico a Rafael.

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‘Cuando conocí a Federico García Lorca’: Rafael Alberti

Debiste de haber muerto sin llevarte a tu gloria
ese horror en los ojos de último fogonazo
ante la propia sangre que dobló tu memoria,
toda flor y clarísimo corazón sin balazo.
Mas si mi muerte ha muerto, quedándome la tuya,
si acaso le esperaba más bella y larga vida,
haré por merecerla, hasta que restituya
a la tierra esa lumbre de cosecha cumplida.
 

«Elegía a un poeta que no tuvo su muerte»
RAFAEL ALBERTI 

La arboleda perdida de Rafael Alberti, magnífico poeta y dramaturgo, suele mencionarse como las ‘memorias’ del poeta gaditano. Probablemente sea ésta la manera con la que Rafael llamaba a este conjunto de libros en los que, a guisa de retrospección, escribía su historia de vida, sobre aquél que había sido en el pasado. En este texto mi prioridad no es disertar sobre un posible estatuto genérico de La arboleda perdida como una autobiografía en partes y no como la conocemos mayoritariamente, como memorias. Sin embargo, esta discusión es muy interesante y fecunda para escribir muchas páginas sobre su menester en el futuro. Será en otra ocasión.

En ésta traigo al presente un momento maravilloso para la literatura española del siglo anterior que quedó inmortalizado en el segundo libro de La arboleda perdida: aquel día de octubre de 1924 en el que, como dos fuerzas tan grandiosas y potentes como un huracán masivo y un volcán eruptivo colisionando, se conocieron Rafael Alberti y Federico García Lorca en la Residencia de Estudiantes de Madrid.

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Un no-análisis a un poema de Federico García Lorca

Leer a Federico García Lorca supone dos retos muy evidentes: el primero, acercarse a un autor talismán lleno de significaciones políticas y éticas; el segundo, un ejercicio sesudo de interpretación hermenéutica que convierte la sangre en savia verde.

El influjo de los símbolos lorquianos en el ojo de lectura nos somete a entrar en un universo muy variado en el que crecen los olmos de la tradición popular andaluza (de raíces que llegan hasta el lejano Al-Ándalus y a los pueblos medievales cristianos en los que se cantaban romances y canciones que, por algún extraño motivo musical-cerebral, no pueden sacarse de la elucubración inconsciente mientras en las horas muertas nuestras bocas comienzan a cantarlos y cantarlos una y otra vez). Por eso mismo, de nueva cuenta se cumple la séptima ley de Newton: la poesía es música, también es literatura, ¡cómo no!, pero le debe su regencia en el Parnaso a las estelas de la acentuación rítmica. Es menester remarcar que uno de los más gloriosos culpables de esto es mi querido Miguel Poveda.

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Federico García Lorca en prosa

Imagen: “Hojas en un cuaderno”, por Ricardo Rosales de Paula Muñoz

Entre 1916 y 1918, durante la tregua espacial de España con el resto de Europa, que estaba en truculenta guerra, un joven escritor granadino escribía sus Impresiones y paisajes. El novel Federico sentía con sus propias manos la realización del ideal pedagógico del krausismo español: García Lorca formó parte de los viajes pedagógicos organizados por su profesor de la Universidad de Granada, Martín Domínguez Berrueta, célebre exponente de la Institución Libre de Enseñanza. Como dice su título, este libro recopila una serie de textos escritos en prosa que fueron el producto de la reflexión de su autor frente a los paisajes, mayormente rurales, en los que Federico acudió como estudiante de Berrueta y, como afirma Rafael Lozano Miralles[1], con los que definió su afición y apego a la escritura literaria.