Categoría: Creación literaria

Creación literaria. Narrativa, poesía, minificción y otros híbridos.

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Crimen ejemplar || Microrrelato de Luis Gálvez

A Max Aub

El muy pendejo se subió al bus y, pistola en mano, dijo cáiganle con todo hijos de su putamadre, así que lo amagué, le quité el arma y pum, le di justito en la cabeza. ¿Quién es culpable? ¿Él por haber tenido en verdad la intención de matar o yo por haberlo hecho?

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Discurso metafísico sobre la muerte || Poema de Emilio Paz

Sobre la esperanza de los muertos

La muerte no asesina,
la muerte guarda lo que ama.

Una rosa, a los pies del mausoleo, es evidencia
de algún ser humano que sobrevivió a la guerra.
Entre los tejidos y las pieles,
entre los pétalos y las grietas de las columnas,
se esconde algún poema
que buscará vencer a la muerte.

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La nada y el soliloquio de la muerte || Poemas de Javier Alejandro Fuentes

Pintura: Muerte de Alfonso XII de Juan Antonio Benlliure

Angustioso soliloquio ante la lápida

“Yo no quiero que al escuchar la tierra
preguntes quiénes son los muertos”

Joaquín Prada

I

Traigo las flores que prometí
y no hay abeja capaz de extraer
cada lágrima con las que crie su pétalo,
no hay abeja capaz de fecundar
con este polen estéril otra rosa marchita.

Traigo mi peor sonrisa
cada diente es un soldado
cada mancha en ellos una familia
que en la incertidumbre de una guerra
no sabe dónde quedará el cadáver de los recuerdos.

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El sueño infinito || Cuento de Isaac Gasca

Ilustración de Aimeé Cervantes

Cuesta trabajo abrir los párpados al amanecer después de otra noche intentando dormir. La mirada pesa, los ojos duelen. Siento que floto, como si mi cuerpo estuviera inflado con helio. De un momento a otro levitaré. Humecto mis ojos con un gotero que lo mismo podría contener fuego. En el espejo observo que las ojeras se levantan bajo mis ojos como un muro infranqueable que prohíbe entrar al sueño. Mis ojos se tornan más negros, más pronunciados mis gestos. Llamo al trabajo para pedir otro día de descanso. El jefe me otorga el permiso y me recomienda un psiquiatra, el tercero en lo que va del año. “Claro que sí, Julio. Tómate el tiempo que quieras a cuenta de tus vacaciones”. Cuelgo. Mi casa fría, blanca, vacía, es una perfecta analogía de mi corazón roto, duro, estéril. Por la falta de sueño agrego sal a la leche, azúcar a la carne, miel a la pasta. Si existe la vida después de la muerte debe comenzar así.

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Viaducto - Aimeé Cervantes

Viaducto || Cuento de Rodolfo Munguía

Ilustración de Aimeé Cervantes

I

Eran las tres de la mañana cuando los policías se juntaron debajo del puente, donde vivía el Puntas y la Negra, donde por lo menos una vez a la semana atropellan a un güey, y donde hacía dos minutos habían atropellado a un cabrón. El cuerpo del infeliz había ido a dar al colchón improvisado de la Negra. Ella estaba tan empedrada que apenas notó un poco de humedad en los periódicos que usaba como sábanas. Pensó, incluso, que otra vez se había meado. Cuando te criqueas no te aguantas, pinche viciosa, le decía el Puntas. La mera neta, a lo único a lo que le hacía el Puntas era al activo y a la chela, hasta eso no era tan drogo. Había logrado dejar el foco con los madrazos que le pusieron en el anexo a los 19. Le sufría en el pinche anexo, ahí lo metieron sus tías que disque lo querían un chingo. Logró escaparse en uno de esos días que salían a vender dulces a las micros. No le dio la vuelta a la ruta como debía y se bajó en Viaducto. Ahí mero estaba el puente en el que haría su casa. Hogar, dulce hogar, decía cuando venía de la tlapalería de comprar su correspondiente estopa. Ahí mero conoció a la Negra, que un día llegó vagando con un niño en brazos. Al principio, en su alucín, el Puntas creyó que era un muñeco porque el pinche chamaco ni lloraba ni se movía. El cabrón, el pinche mojón negro, estaba muerto y el Puntas tuvo que arrebatárselo para tirarlo a la basura. Desde ese día, hay veces que el Puntas escucha llorar un morro antes de dormir, pero entre más activado esté, más fácil lo ignora. Ahí mero se quedó la Negra un buen tiempo.

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Estalactita - Aimeé Cervantes

Las cumbres peladas del insomnio || Poemas de Edis Namar

Ilustración de Aimeé Cervantes

Soneto I

En este cementerio de la memoria
las ruinas de la razón aspiradas
son espectros o almas evaporadas,
molida hojarasca de mi historia.
Y así sólo te aprehendo, luz mortuoria,
bajo el claroscuro de las miradas;
rasgo tu piel, las formas destiladas,
y las poseo con violencia amatoria.
Pero al fin, eso es nada. Pobre rico
que del pulvis eris admira el arte,
y del amor le quedan los despojos.
De esta forma, más o menos me explico
por qué hay días en que no quiero buscarte,
y te encuentro cuando cierro los ojos.