Autor: yanuvalen

Escritora y editora. Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Autora de los poemarios "Como decir cántaro" y "Desviada para siempre". Autora de las columnas "Corazón de cebolla" y "Vainas de la lengua".
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“Mahmud Darwish anda en metro” hecho pedazos

Por Yanuva León

Por lo común, cuando leemos cuentos o novelas engullimos la última frase, cerramos el libro y somos capaces de repasar experiencias de personajes que página a página fueron quedando en pelotas ante nuestro morbo mirón. Podemos decir, por ejemplo: acabo de leer la historia de un hombre que lo tenía todo (décadas de casado, buen hogar, fortuna, hijos profesionales, una vejez cómoda), hasta que un día su abnegada esposa, en mitad de la cena, le pide el divorcio y que se vaya muy derecho al carajo. Entonces, la trama hilvana El viaje vertical que un tipo debe hacer en el cénit de su existencia y que resumimos a los amigos en una conversación de sobremesa.

Bien ahí. Pero, ¿por qué no es tan fácil hacer eso con Mahmud Darwish anda en metro?, del barinés Miguel Antonio Guevara, publicado recientemente por la editorial colombiana El Taller Blanco.

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“Aunque a nadie ya le importe”, sí importa

Por Yanuva León
Fotografía de Manuel Fernández

Es ligero, breve (cosa que, salvo en lides amatorias, siempre se agradece) y cómodo de llevar. Portada sin muchas ambiciones estéticas: fondo blanco, tipografías negras y rojas, dos líneas horizontales, la imagen de una pistola entre dos palabras a modo de silencio imperativo, y el sello de Editorial El Colectivo. Arriba dice: “Matías Segreti”. En el centro, ocupando tres cuartas partes del espacio, se lee: “Aunque a nadie ya le importe”.

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“Awas”: los coletazos de un lagarto mutante

Por Yanuva León

Fotografía de Eny Roland Hernández

Hay obras literarias que si fuesen animales serían más raros y hermosos que un ornitorrinco. Podríamos verles las patas palmípedas, la lengua bífida, el cuerpo parafinado de escamas y nos sorprendería descubrir cómo amamantan después de que sus crías eclosionan los huevos, hediondas a caldo vital. Respiran debajo del agua y fuera de ella. Vuelan, nadan y reptan. Escupen fuego.

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“Quieto” y su lenguaje desnudo

Fotografía de Albert Cañas

Irrumpe a quemarropa: “arriba: sexo, sexo, sexo, acabamos afuera apenas empieza el día entre la lógica disposición de las calles, arriba”. El poeta penetra el silencio con una voz que dispara “un solo tiro en la cabeza”, mientras anuncia “sexo: anal para ella, anal para él, en tu boca, en mi boca, encima de los hombros”, e insiste: “todo viene de arriba”. No está ofreciendo simulacros.

El poemario se titula Quieto, como grita el policía al muchacho que huye entre la multitud; como escupe el ladrón antes de robar; como los padres al hijo; como el amo al perro; como nosotros al deseo que promete reventarnos por dentro; como la Ley al de abajo, porque todo viene de arriba. “Desde arriba del cuerpo comienza el dominio o la salida. / Ninguna mirada desde lo alto nos abarca / sin la observación de nuestra pequeñez (…)  Desde arriba del cuerpo, con paciencia, para entrar y salir”.

El poeta se llama Víctor Manuel Pinto, es venezolano y está a punto de cumplir 37 años. La voz poética viene a cantar desde una pulsión viril su filosofía del poder; enfática y persistente en el despliegue de una erótica a veces sucia, a veces guarra, a veces violenta, siempre urgente. Cuerpo y poder; temas que coinciden con la gran angustia foucaultiana, pero expuestos en el trajinar del albañil, del pasajero de autobús, del liceísta condenado al circuito de la pobreza urbana en América Latina, del marginado versus el marginado.

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Pancho Villa en la pluma de Paco Ignacio Taibo II

Nada más leer “PANCHO VILLA” en mayúsculas sostenidas, se intuye el estruendo de caballos, alaridos, lluvia de balas y telones de polvo. A primera vista es un ladrillo. Debe pesar cerca de tres libras. No finjamos, los libros gordos intimidan, especialmente aquellos que prometen aplastarnos algo por dentro.

Paco Ignacio Taibo II reconstruyó en clave de biografía la vida del hombre que luego de ser “prófugo de la justicia, bandolero, ladrón, asaltante de caminos y cuatrero” por los lares de Durango y Chihuahua, decidió, de un día para otro, dedicar cuerpo, alma y razón a la lucha social. En 2006, casi un siglo después de los primeros sucesos de la Revolución mexicana, la editorial Planeta publicó las ochocientas ochenta y cuatro páginas que resultaron de cuatro años de intensa investigación.

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“El entierro de Cortijo” casi cuarenta años después

Quien escucha salsa y algo como un brinco animal empieza a sacudirle las caderas y los hombros, debe leer la crónica del puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá: El entierro de Cortijo; publicada en 1982, mismo año de la muerte del músico boricua. Pero también debe leerla quien haya nacido entre la pobrecía de Lima, Caracas, Cali, Ciudad de Panamá, San Juan, La Habana, Veracruz, Nueva York o cualquier zona candelosa que desde los años sesenta venga trasnochándose al ritmo de los cueros aguardientados por una descarga bestial de Cortijo y su Combo. Debe leerla quien se asuma parte del feliz mulataje y entienda que las madrugadas en el barrio no llegan solamente con sabor a salsa, sino que también truenan seco y duelen de cansancio.