Autor: Arody Rangel

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El ayuno como arte: Kafka

Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo?

Franz Kafka, Carta a Oskar Pollak, 1907

En una carta de septiembre de 1921, Franz Kafka pedía a su amigo y editor Max Brod que quemara sus manuscritos. Franz llevaba años combatiendo la tuberculosis y podría pensarse que su petición respondía más a la depresión o al desaliento que a su real voluntad; aunque a decir del propio Brod, Kafka era un sujeto tímido y no aspiraba al reconocimiento o renombre, pero era un gigante por más que prefiriera pasar desapercibido. Así lo entendió Brod y en lugar de quemar la obra de Kafka, la editó y publicó.

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Distopía a la Huxley

“El amor a la servidumbre sólo puede lograrse como resultado de una revolución profunda, personal, en las mentes y los cuerpos humanos”.

Un mundo feliz, Aldous Huxley

En el siglo VII de la Era Fordiana, los hombres se producen en serie y son diseñados y condicionados para funciones sociales específicas. En el Estado Mundial la gente es feliz: ama su trabajo, compra cosas, tiene libertad sexual, entretenimiento y drogas para escapar de la realidad. Los especímenes de la antigua civilización viven en Reservas para Salvajes, con su moral, su religión, sus enfermedades y sus crisis existenciales… Éste es el argumento de Un mundo feliz, la novela más famosa del escritor inglés Aldous Huxley.

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Michel Houellebecq, el último de los malditos

“La vida siempre nos rompe el corazón. Por mucho valor, sangre fría y humor que uno acumule a lo largo de su vida, siempre acaba con el corazón destrozado”.
Las partículas elementales

Irremediable, indómito e incómodo, Michel Houellebecq recién cumplió 63 años y su más reciente novela, Serotonina, ya se encuentra en librerías en nuestro país. Pretexto suficiente para hablar de su obra, pero antes, una anécdota.

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Jack Kerouac, portavoz de la generación beat

“… una generación de hipsters locos e iluminados, que aparecieron de pronto y empezaron a errar por los caminos de América, graves, indiscretos, haciendo dedo, harapientos, beatíficos, hermosos, de una fea belleza beat…”
La filosofía de la Generación beat, Jack Kerouac

Un aullido en el camino, el golpe rítmico del jazz, el abatimiento de una generación a contrapelo de la cultura estadounidense de posguerra o la beatitud que buscan los vagabundos del dharma. El beat, un derrotado marginal con convicciones intensas: la búsqueda de una nueva forma de vida, más natural, en oposición al materialismo imperante y rapaz; la apuesta por una escritura espontánea, una prosa y una poesía rebeldes y disidentes de las normas sintácticas y retóricas, electrizantes como el fraseo enloquecido del bebop.  

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Meursault, el héroe absurdo

Albert Camus, filósofo y hombre de letras, escribió en El mito de Sísifo que el suicidio plantea el único problema filosófico verdaderamente serio: ¿qué sentido tiene la vida? Y la filosofía del absurdo es la apuesta de Camus para encarar esta cuestión. Si nuestra vida no tiene un sentido intrínseco y la muerte constata la gratuidad de nuestro existir, ¿qué hacer? Obstinarnos en vivir a sabiendas de que es absurdo, rechazar el consuelo, la esperanza y el porvenir, vivir el presente en la acrobacia de mantenernos al filo del absurdo; esta obstinación es un acto de rebeldía, en él nos reconocemos libres, pero, ¿quién podría ser tal acróbata?

El héroe absurdo, ese hombre que carece de esperanza, que no pertenece al porvenir y que es consciente de que el único desenlace certero del drama humano es la muerte. Pese a esto, ama la vida y es feliz, pues comprende que el hecho de que la vida sea un sinsentido no implica que no la vivamos, disfrutemos y amemos. Ese Sísifo es Meursault, el protagonista de El extranjero, la novela-manifiesto de nuestro filósofo del absurdo.