Altar y ofrenda poética a la Generación del 27

Ofrendas de día de muertos es Mixquic, fotografía de Edgard Garrido

Fotografía de Edgard Garrido

Durante los últimos días de octubre, se convoca a los muertos a volver al mundo de los que aún vivimos en la ilusión de la vida. Comienzan los grandes días de fiesta. Uno y dos de noviembre: Día de Muertos. Arte Poética mexicana. La tierra comienza a endurecerse con el soplo de otoño y el césped, aferrándose a los resquicios de la primavera, va perdiendo su tenaz verdor. México, tierra tan extraña y tan maravillosa por su surrealismo intrínseco que deslumbró a un André Bretón que sólo pudo elucubrar la materia onírica de la realidad ignorando que en este país se vive en ella todos los días. México de la muerte cantora, donde los muertos vuelven año con año rompiendo la severa ley de las cálidas aguas del Leteo mesoamericano. México, donde la muerte sabe a chocolate. México, vereda en la que los huesos han sido sembrados desde antaño y donde siguen sepultándose para que broten las ramas del grito que sigue clamando por la justicia y la libertad verdadera. México que, como su compañera España, ha sabido conformarse con los cantos poéticos para que los huesos de sus poetas muertos en la aleatoria sepultura vibren, crujan y digan con voz de ultratumba: «¡Aquí, aquí estoy! ¡Aquí fui fusilado! ¡Aquí fui asesinada! ¡Aquí me arrancaron la dignidad!».

Aquí estoy hoy, deshojando los pétalos de esta cempasúchil poética para no perder el camino de vuelta hacia la vida, hacia este sendero tan incierto como siempre lo ha sido. Quiero volver. Volveré. ¿Qué hay a mi alrededor? Un viento que hiela y un clamor de nubes negras que se suceden entre ellas como algodones de azúcar morena. La vereda llega hasta un frondoso altar de huesos, de velas encendidas y de papel picado de colores chirriantes, como la muerte misma. Cuando he llegado aquí he colocado uno por uno los retratos de estos magníficos poetas, inmortalizados en el pigmento del líquido revelador o de las palabras más sinceras. Como se estila en esta maravillosa geografía, un altar del Día de Muertos puede celebrar la vuelta de los familiares más cercanos o de los amigos más entrañables. Esta es una ofrenda poética del Día de Muertos dedicada con todo el amor posible a algunos miembros del grupo del veintisiete.

Vicente Aleixandre

Poeta inexplicable que tuvo el grandísimo mérito de sellar la verdad de su poesía dentro de un sarcófago inexpugnable. Poeta inagotable. Líder de las metáforas fundadas bajo el embrujo del amor. La muerte fue para ti como todo aquello que tocó tu pluma: potencialidad de la belleza. Sólo puedo pensar en una palabra para intentar acercarme a una definición respetuosa de tu poesía: pulcra. Como la luna, como el mar y como la muerte. Tú le pediste al mar ser el espejo de la tuya:

Mátame como si un puñal, un sol dorado o lúcido,
una mirada buida de un inviolable ojo,
un brazo prepotente en que la desnudez fuese el frío,
un relámpago que buscase mi pecho o su destino…
¡Ah, pronto, pronto; quiero morir frente a ti, mar,
frente a ti, mar vertical cuyas espumas tocan los cielos,
a ti cuyos celestes peces entre nubes
son como pájaros olvidados del hondo!

Toma, ahora, este espejo y mírate de nuevo en él; verás el mar y verás la vida. Vicente Aleixandre, vuelve a tu casa de la poesía, hogar de las palabras limpias como la nieve y como la espuma que queda liviana sobre el oro molido de la playa. Si el mar te ha llevado, que el mar te traiga de vuelta.

Muerte como el puñado de arena,
como el agua que en el hoyo queda solitaria,
como la gaviota que en medio de la noche
tiene un color de sangre sobre el mar que no existe.

*

Luis Cernuda

Poeta que ornamenta los mares desnudos de una Valencia agujereada por las bombas fascistas como una joya de piel de bronce que deja siempre brillando el mar sobre de la nostalgia perenne. Tu silueta es la Giralda; tus versos, el sol de Sevilla. La imagen perfecta. Tú lo has dicho: No es el amor quien muere, sino aquel que no quiere verlo. Y en el mar te envuelve la muerte…

Morir cuotidiano, undoso
entre sábanas de espuma;
almohada, alas de pluma
de los hombros en reposo.
Un abismo deleitoso
cede; lo incierto presente
a quien con el cuerpo ausente
en contraluces pasea.
Al blando lecho rodea
ébano en sombra luciente.

… y al alejarse el mar, te destapará el pecho para que el frío de la luna te invite a volver. Luis Cernuda con el gesto de la triste desesperación silenciosa, toma este par de zapatos de un brillo tan ilustre como el de tus versos naturales. Anda con ellos hacia noviembre; vuelve a nosotros con la sonrisa que hacía que tu bigote fuese el más maravilloso de todos los tiempos. Vuelve con tus coyotes del exilio. 

*

Rosa Chacel

Recogiste el soneto de las manos de Petrarca y le devolviste la perfección del último endecasílabo concluyente, aquel que rima por sí mismo con la vida y con sus vicisitudes. Y he tiritado de frío cada vez que leo tu «Mariposa nocturna» mientras me aterra la soledad de ese poema tan perfecto y a la vez tan tenebroso. Ven, como mariposa de la luna, que ésta es la noche en la que más puedes hacer presente las pesadillas de la vida misma por el temor a la muerte.

Sobre montes velludos, sobre playas
donde las olas blancas se deshojan
la soledad tendida está a tu vuelo…

¿Por qué traes a la alcoba,
a la ventana abierta, confiada, el terror?…

Toma estas alas de papel como ícono de tu deseo de libertad auspiciado por la escritura, con cuyas hojas volaste por los aires más soleados hasta por los obscuros, como hoy. Revolotea hacia mí. Sigue a las demás mariposas, que todas vienen de vuelta a la vida.

*

Dámaso Alonso

Académico, pero siempre poeta. Aceptaste el mejor consejo que tu compadre mexicano Alfonso Reyes pudo haberte dado: rescatar del polvo a don Luis de Góngora. Esculpiste los mármoles del veintisiete con números poéticos. Toma este libro en blanco para que lo esculpas con el cincel de la sabiduría página por página, lámina por lámina, piedra por piedra. Tú ya sabías que yo te invitaría a volver un día; lo he leído en uno de tus más grandiosos poemas:

Cuando pienso estas cosas,
cuando contemplo mi triste miseria de larva que aún vive
me vuelvo a vosotros, criaturas perfectas, seres ungidos
por ese aceite suave,
de olor empalagosamente dulce, que es la muerte.
Ahora, en la tarde de este sedoso día
en que noviembre incendia mi jardín,
entre la calma, entre la seda lenta
de la amarilla luz filtrada,
luz cedida
por huidizo sol,
que el follaje amarillo
sublima hasta las glorias
del amarillo elemental primero
(cuando aún era un perfume la tristeza),
y en que el aire
es una piscina de amarilla tersura,
turbada sólo por la caída de alguna rara hoja
que en lentas espirales amarillas
augustamente
busca también el tibio seno
de la tierra, donde se ha de pudrir,

ahora, medito a solas con la amarilla luz,
y, ausente, miro tanto y tanto huerto
donde piadosamente os han sembrado
con esperanza de cosecha inmortal.
Hoy la enlutada fila, la fila interminable
de parientes, de amigos,
os lleva flores, os enciende candelicas.

Alúmbranos con tus versos que ya auspiciaban tu inmortalidad, que yo soy una de éstas criaturas que te esperan de vuelta en la estación del retorno con una velita entre mis manos. No hay forma de perderte, a mi lado está Alfonso Reyes sosteniendo un libro tuyo separando su lectura con una flor de cempasúchil.

*

María Teresa León

María Teresa, tú eres la dueña de la melancolía permanente. Llegaste a la orilla de España desde las tierras altas y duras para convertirte en la capitana del barco de la magnificencia literaria. No tienes que haber escrito versos para ser poeta. Tu memoria es poesía, tu memoria es la historia de muchas mujeres y muchos hombres huérfanos de la identidad. Tú has dicho que «La memoria puede tener los ojos indulgentes. Ya no llegan a nosotros los ruidos vivos sino los muertos» y de eso estoy seguro haciéndote volver, porque ya todos estamos muertos, sólo que aún no podemos recordarlo. Llega a estas altas y duras tierras una vez más, aquí donde encaraste en el Palacio de Bellas Artes la dura misión de contender la voz de la neutralidad entre unos pintores muralistas iracundos y unos señores con amenazantes pistolas de la Revolución, aquí donde fuiste muy feliz. Toma este sombrero con una sola flor, única, como tus palabras que tenían el más profundo miedo a ser olvidadas dentro de ti misma. Olvida esa angustia del olvido. Jamás has sido olvidada. Jamás lo has de estar. Cierro estas magníficas palabras tuyas que probablemente puedan ser el epitafio de mi tumba:

Vivir no es tan importante como recordar.

*

Rafael Alberti

Rafael de los poetas. Poeta de la voz del pueblo libre, barquito rubio en el mar que sigue su curso oscilante entre los médanos de oro solar. Vendrás también sobre un velero andaluz seguramente y con las alas que te has ganado en el universo de los ángeles. Te vestiste de Cervantes en aquellas noches de plomo de la tremenda guerra, a la que tuviste la perspicacia de atenuar con tus potentes versos y tu mono azul, como el arcabuz cervantino del mar verde. Toma esta camisa de rayas blancas y azules, como tu bandera, la del mar, la de la libertad, aquélla que siempre fue contigo alrededor del mundo mientras no podías desembarcar en tu Cádiz de oro. Desembarca ya. ¿Recuerdas?, tú preguntabas…

¿Que he vivir tierra adentro,
que he de morir en la tierra;
que este vagar junto al mar
tan sólo es por un momento?

Y yo te respondo que es tiempo de que vuelvas a vivir tierra adentro. Vuelve a la tierra de los ahuehuetes que tanto te maravilló. Como dijiste una vez…

Si Garcilaso volviera
yo sería tu escudero;
que buen caballero era.

 Y ahora yo te digo a ti…

Rafael es Garcilaso
ahora que yo soy aquel
a quien le marcas el paso.

*

Concha Méndez

Maestra de los telones rojos y del escenario poético. Sobre tus versos se encuentra la profundidad de la música, como un arpa tocándose bajo el agua. Debajo de ellos guardaste la intimidad poética como una perla que sólo puede tocarse si se te lee con el mismo amor con el que escribiste. Toma esta lámpara para que te acompañe en tus travesías nocturnas en las que vas imaginando cada verso con cada paso que das hasta que llegas al punto final del poema: tu destino. Como dijiste en el poema «Todo, menor venir para acabarse…», tenías razón, tú nunca has ido ni venido para acabarte. Nunca te has ido porque tu presencia sigue andando por las calles empedradas del Coyoacán que te vio morir y renacer. Como has dicho en «Me gusta andar de noche», anda y ven con nosotros.

Me gusta andar de noche las ciudades desiertas,
cuando los propios pasos se oyen en el silencio.
Sentirse andar, a solas, por entre lo dormido,
es sentir que se pasa por entre un mundo inmenso.

Todo cobra relieve: una ventana abierta,
una luz, una pausa, un suspiro, una sombra…
Las calles son más largas, el tiempo también crece.

¡Yo alcancé a vivir siglos andando algunas horas!

*

Manuel Altolaguirre

Manolo, Manolito, no encuentro mayor frescura en el mundo que leer tus versos después de un día gris. Cuando te leo, cierro el libro conociéndome más que antes de abrirlo. ¿Cómo lo haces? Seguramente estás mirando un árbol con el mar lejano detrás sobre tus islas invitadas, rodeadas de amor. Como tú lo llevaste al verso: no hay muerte, sino retorno, eterno retorno del ciclo más misterioso de todo aquello que puede ser cognoscible:

No hay muerte ni principios.
Sólo hay un árbol grande
que sacude sus hojas
para nutrirse de ellas
cuando caigan al suelo.

No hay muerte eterna, Manuel. Toma esta hoja seca, vehículo de la materia viva y muerta. Hoy más que nunca planea entre el pesado aire y cae delicadamente sobre esta ofrenda. Verás que todos somos hojas secas que hemos caído al suelo.

*

Federico García Lorca

Ven, Federico, alma y gracia de la poesía y de la felicidad. Contigo no sé cómo dirigirme sin deshacerme en pétalos a tus plantas. Tu doloroso hasta pronto sigue siendo una pena para todos nosotros, pero yérguete como un girasol de otoño dirigiendo tu corona dorada hacia esta tierra a la que estuviste a punto de huir antes de que te arrancaran vilmente la savia. Lo has pedido…

Cuando yo me muera,
enterradme con mi guitarra
bajo la arena.

Cuando yo me muera,
entre los naranjos
y la hierbabuena.

Cuando yo me muera,
enterradme si queréis
en una veleta.

¡Cuando yo me muera!

… pero no te has ido nunca, sólo moriste un momento, por eso vuelves. Toma este humilde clavel convertido en guitarra, nota y prueba universal de tu maravilla poética: una flor blanca ante el mundo, ante los colores de la guerra y del odio. Una flor blanca erecta como la más indescifrable belleza de los momentos buenos, de la música de la poesía, de la poesía de la vida. Rasga sus cuerdas y canta. Sin ti, el mundo sería otro. Ven a reír una vez más. Toma también esta pajarita hecha con la única tela que puedo hilarte: la de la admiración.

*

Miguel Hernández

Como buen pastor, nos has guiado por este mundo lleno de injusticias, y hemos encontrado en él, gracias a ti, los detalles de la más sublime belleza, ¡la libertad! Miguel, no hay peor cárcel que la del olvido, de ésa no se podrá salir nunca. Tú eres libre porque te cantamos todos los días y así se rompen todos los barrotes del mundo. Tu memoria es la nuestra, la de miles de hijos que escuchan tus arengas frente a la adversidad. No importa cuántas veces quieran borrar tus versos del mármol; no podrán borrarlo nunca de nuestra memoria, porque no se puede borrar aquello que exalta la libertad. Siguiendo tus indicaciones poéticas me he asomado a ti…

No te asomes
a la ventana,
que no hay nada en esta casa.

Asómate a mi alma.

No te asomes
al cementerio,
que no hay nada entre esos huesos.

Asómate a mi cuerpo.

… y he visto que sigue palpitando tu corazón. Miguel, toma esta vihuela, para que la rimes desde Orihuela. Ven para que alegres esta fiesta, que no es fiesta si no estás tú.

*

Pedro Salinas

La poesía como una búsqueda. ¿De qué? De eso que no tiene palabras. Lo buscaste, lo encontraste y te dejó perplejo porque supiste cómo se veía la belleza. Pedro Salinas, maestro de maestros. Eres el concepto o palabra trasladada a la experiencia del amor, la que siempre asumiste como la más poderosa, aun frente a la muerte, pues será sólo un cadáver del sueño.

Ya sé el secreto último:
el cadáver de un sueño es carne viva,
es un hombre de pie, que tuvo como un sueño,
y alguien se lo mató. Que vive, finge.
Pero ya, antes de ser su propio muerto,
está siendo el cadáver de un sueño.
Por ti sabré, quizá, cómo viviendo
se resucita aún, entre los muertos.

Toma este pañuelo rojo, tan rojo como el amor que corre entre tus venas, como la sangre de tus hojas. Ven y resucita de este sueño cadavérico que es la muerte, y cuéntanos qué ha sido del amor en la otra vida.

*

Emilio Prados

Cantaor del ensimismamiento, perseguidor de la explicación de la existencia mediante la poesía viva. Te pasaste tu vida buscando tu propia definición para darte cuenta que la soledad es lo único que necesitabas para ser. Soledad de reflexión y descubrimiento, no de ausencia. Emilio de la voz cautiva, libérate del silencio y canta nuevamente. Toma estos anteojos para que te guíen en tu camino hacia esta muerte viva en que ligero, el mundo amanece y respira nuevamente.

Los brazos de mi corona,
¡qué ramas al cielo tienden!
¡Qué silencios tumba el alma!
¡Qué puertas cruza la Muerte!

Tumba la puerta con palabras; respira el aire fresco que tanto se te negó en los pulmones. Vuelve a tu México, donde elegiste abandonar tu presencia hacia la soledad de la muerte.

*

Está soplando el cielo de noviembre y se escuchan ya las voces de nuestros muertos. Es tiempo. Y así les dejo este altar con los objetos para su vuelta. Coman, beban y festejen, que la vida y la muerte están entrelazadas en un abrazo de fin de ciclo. Vuelvan. Vengan y celebremos esta fiesta juntos. Todos estamos muertos, sólo que no lo sabemos o tal vez ya lo hemos olvidado por los rincones y esquinas del allí. Para mí, dejo esta peineta que adornará la ene de mi muerte. Me separo de mi carne como un esqueleto vivo. Mi calavera les esperará sentada en este sillón con sus libros y páginas bien abiertas, como siempre.