Rosalía es para siempre

Siempre encuentro muy necesario hablar, sugerir o escribir sobre por qué cualquier momento es perfecto para leer a Rosalía de Castro (1837-1885). La gran poeta de Galicia ha dejado su huella en la tradición popular gallega y en un sinfín de autores ulteriores; por ejemplo, en los Seis poemas galegos (1935) y en algunas de las Impresiones y paisajes (1918) de Federico García Lorca, en los relatos cortos de Manuel Rivas, así como en cantautores como Xoan Montes Capón, Luz Casal y Carlos Nuñez, quienes han musicalizado la “Negra sombra» del fenomenal libro Follas novas (1880). El otoño siempre nos invita a reiterarnos la fugacidad de nuestra piel, como si fueran hojas quebradizas de un otoño deshojado. Éste es el mejor momento, tal vez, para ir a las Hojas nuevas tan eternas y tan entrañables como la presencia de Rosalía de Castro.

La también novelista de Santiago de Compostela, puntual lectora de Ramón de Campoamor y Gustavo Adolfo Bécquer, representa bien al movimiento modernizador de la tradición oral galaico-portuguesa —ésta es, por cierto, más antigua que la castellana: Alfonso X de Castilla, «el sabio», tomó la poesía gallega como modelo para escribir sus Cantigas de Santa María— y de las filtraciones del romanticismo en las letras españolas del siglo XIX. Algo muy parecido, aunque en otras aguas y tierras, realizarán Antonio Machado en Campos de Castilla (1912) y García Lorca en su Romancero gitano unos cuantos años después. No es una coincidencia que Antonio Machado homenajeara a la poeta gallega en su poema “Yo voy soñando caminos». El clavo en el corazón de Rosalía es la espina en el corazón de Antonio.

Como lo ha asentado Marina Mayoral, reconocidísima estudiosa de Rosalía, el factor paisajístico de la poesía decastrista es imprescindible para poder aproximarse a sus textos desde el velo de su propia historicidad: la incapacidad de la escritora romántica de sentirse comprendida por el mundo en el que la mimetización con la naturaleza es una manera de expresar la pesada inefabilidad de la vida. En el caso de nuestra querida poeta, sus dificultades biográficas y personales coadyuvaron a la creación de un personaje poético tan entrañable como su obra: una mujer que desafió los paradigmas de género del hermético siglo XIX español.

No aire andan dabondo as cousas graves, é certo; fácil é conocelas, e hasta falar delas; mais son muller e mulleres, apenas si á propia femenina franqueza lle é permitido adiviñalas, sentilas pasar. Nós somos arpa de sóio dúas cordas, a imaxinación i o sentimento; no eterno panal que traballamos alá no íntimo, solasmente se dá mel, máis o menos doce, de máis ou menos puro olido, pero mel sempre e nada máis que mel.[1]

La sombra, rasgo semántico presente entre las líneas de sus versos y sus párrafos, se lee como una carga, una imposibilidad incesante que impide la total autorrealización de la voz poética de la autora, o bien como muestra de la intratable melancolía o saudade que despierta la lluvia de cualquier rincón de Galicia; es decir, la voz de la personalidad literaria de Rosalía deja ver sus inquietudes únicas. La voz íntima de Rosalía de Castro es un verdadero ejemplo de lirismo que nace desde las entrañas.

En todo estás e ti és todo,
pra min i en min mesma moras,
nin me abandonarás nunca,
sombra que sempre me asombras.[2]

Las culturas gallega y mexicana tienen muchos rasgos comunes, aunque tal vez no estén muy conscientes de ello. Ambos pueblos poseen una mirada de la muerte tan compleja como para cantarle a los ojos. La muerte gallega resuena en la mágica herencia celta y la muerte mexicana danza recordando aquellos tiempos piramidales en que reinaban otros dioses sedientos de sangre. Los infortunios de la historia decantan muchos tesoros futuros. Lo mismo sucedió con los mexicanos y los gallegos, quienes aprendieron a nombrarse a sí mismos entre la muerte viviendo y muriendo a la vez. En estas fechas de otoño es cuando más se recuerdan las sombras de aquella pena que nunca deja de aparecerse en la melancolía de la vida misma. Los gallegos y los mexicanos estamos hechos de otoño.

Eu levo unha pena
gardada no peito;
eu lévoa, e non sabe
ninguén por qué a levo.[3]

Asimismo, Rosalía de Castro se ha convertido en un símbolo de pinceladas herderianas de la cultura popular gallega, ya que representa la resistencia frente a la oficialidad castellana, cuya tradición —no es excluyente, hay que decirlo— también se apropia. Sin embargo, su decisión de escribir en gallego durante una gran parte de su producción literaria remarca la fuerza que le adjudica a la identidad lingüística de su comunidad, pues en la lengua se depositan sentimientos y valores compartidos, precisamente, porque una lengua es una visión del mundo única.

Entre sus versos se encuentran las sombras de una entrañable mujer que se posicionó frente a un contexto histórico muy complicado como el del siglo XIX español, así como a circunstancias personales tales como la enfermedad prolongada durante una gran parte de su vida. Es un deber vindicar la importancia que ha legado Rosalía a la literatura gallega y a otros asombrados más, como es el caso de García Lorca. Las sombras de Rosalía de Castro son también nuestras sombras, las mismas que arrastramos desde el romanticismo hasta hoy y que nos cubren el sol con un manto abismal y una cortina de incesante orvallo, las sombras de nuestras preocupaciones modernas y por las que es necesario decir que Rosalía es para siempre.


[1] Las cosas graves abundan en el aire, es cierto; es fácil conocerlas e incluso hablar de ellas; mas son mujer y mujeres, apenas si la propia franqueza femenina se permite adivinar, sentirlas pasar. Nosotras somos arpa de dos cuerdas, la imaginación y el sentimiento; en el panal eterno trabajamos allí en lo íntimo, sólo se da miel, más o menos dulce, de olor más o menos puro, pero miel siempre y nada más que miel.

[2] En todo estás y tú eres todo,
para mí y en mí misma moras,
ni me abandonarás nunca,
sombra que siempre me asombras.

[3] Yo llevo una pena
guardada en el pecho;
la llevo, y no sabe
nadie por qué la llevo.