Sobre nuestro suicidio: Una reflexión del romanticismo en el siglo XXI

El 22 de marzo de 1835 se estrenó Don Álvaro o la fuerza del sino de Ángel de Saavedra, el  magnífico Duque de Rivas (1791-1865), en el Teatro del Príncipe de Madrid. Este drama suscitó muy diversas críticas en la prensa española del momento, así como el reconocimiento del teatro romántico por parte de un público todavía acostumbrado al ordenamiento y gusto neoclásicos. La obra, de templanza provocativa, entretejida predominantemente con maravillosas redondillas y octosílabos, adquiere su momento más sentimental y entrañable cuando, al final de la quinta jornada, el protagonista, Don Álvaro, decide arrojarse desde lo alto de un risco para acabar con su vida. Sin embargo, el suicidio de Don Álvaro no responde únicamente a la imposibilidad de aceptar una realidad golpeada por los infortunios, quienes han demostrado que sus mejores amigos son la muerte y el desamor. En esta tragedia española, el Duque de Rivas deja ver una preocupación típicamente romántica que hemos arrastrado hasta los resquebrajantes escalones del siglo XXI: la negación de la insoportable y fatal realidad que nos golpea día con día.

Mi intención no es loar es suicidio. Quiero sentarme a dialogar con él y preguntarle por qué se ha vuelto, nuevamente, un protagonista más de la vida pública de los infaustos años en que nos ha tocado vivir. No es metafórico asentar que vivimos atravesados por algunos sables filosos día con día. Pareciese que andamos levemente sin remedio en un planeta Tierra que se ha quedado sin el recurso que más codicia el ser humano. Por supuesto que no me refiero al oro, tampoco a los diamantes, ni siquiera al petróleo: estoy hablando precisamente del filtro natural, de un panorama impoluto en el que el ser humano aún no ha marcado la piel de la Naturaleza con su ferviente sello al rojo vivo. Esto que estamos viviendo, lectores míos, es un suicidio colectivo sin marcha atrás.

Como reacción a los fundamentos del paradigma ilustrado, Don Álvaro o la fuerza del sino pone en duda una de las características más recurrentes del Siglo de las luces: la consecución de la felicidad. Empero, en el drama —que Giuseppe Verdi adaptará a su ópera La forza del destino en 1862— se representa que este estado de suma gracia a veces no logra desarrollarse por dificultades tan variadas como las vicisitudes de la vida misma. Desde el desvanecimiento amoroso de Werther en la novela de Goethe, pasando por el disparo que Mariano José de Larra se pegó a sí mismo, el suicidio romántico se consolidó como el acto último de la manera romántica de afrontar la vida: la negación de la vida misma.

Día con día, logro convencerme de las palabras que han quedado retumbando en mi aula cerebral tal y como fueron pronunciadas por algunos de mis maestros más admirados: «En la actualidad seguimos siendo románticos». Hoy, durante este año de 2020, he conseguido entender que el influjo romántico del arte continúa presente en nuestras vidas. Como sucedió en la lejana primera mitad del siglo XIX, nuestra especie también se siente amenazada por los grandes adelantos científicos y tecnológicos. Basta con echar un vistazo a una considerable cantidad de los libros y filmes que se escriben en la actualidad. Aquello que hace veinte años llamábamos «ciencia ficción» hoy mismo es parte real del contenido de los telediarios informativos. Simultáneamente, ha surgido una corriente importante de historias nostálgicas que idealizan el pasado como un territorio de lo bondadoso, donde se podía encontrar la felicidad o, irónicamente, se podía acceder a ella más fácilmente. Sí, seguimos siendo románticos…

Desgraciadamente, las condiciones de la crisis de la humanidad en la que hoy participamos nos impiden subir a lo alto de los montes para observar el horizonte del espacio natural que nos incluye como una mínima parte de su verdadera magnificencia. Ni siquiera hoy podemos ser El caminante sobre el mar de nubles de Caspar David Friedrich. Nos queda admirarlo desde la ventana de la simulación, desde el cuadrante de la pantalla retina, desde el marco de las posibilidades sincrónicas de la comunicación in situ alteris.

¡Infierno, abre tu boca y trágame! ¡Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción…!

Duque de Rivas. Don Álvaro o la fuerza del sino.

Éstas son las últimas palabras que pronuncia Don Álvaro antes de arrojarse al abismo y liberar su alma de la prisión de la existencia humana, mientras, aterrados, los demás personajes claman misericordia a Dios. El Duque de Rivas cerró su drama con un discurso que despierta, sorpresivamente, la inquietud de nuestra existencia en este extraño año de 2020. En estos tiempos, compartimos dos de las características más apabullantes de los románticos: la orfandad espiritual del ser humano y la desesperanza en el porvenir. Como en el segundo tercio del siglo XIX, nos hemos hastiado de una sociedad que sólo ve a la Naturaleza como una fuente de recursos con el fin de monetizarlos. El futuro que nos espera resuena muy obscuro y desalmado. El sistema político, económico y social que nos encuadraba ha dejado ver sus prioridades, las cuales no son aquellos ideales tan humanizantes y progresistas que circulaban en nuestro imaginario colectivo neoliberal.

Como escribió Martha Vidal-Guirao la semana anterior, la idea que tenemos de las cosas y de lo que llamamos realidad está atravesada por un discurso de ordenamiento que conviene a unos cuantos, no a todos. Por lo tanto, no todos los jardines son enteramente verdes, pues no a todos las esquinas del mundo hemos querido que llegue el agua. Si seguimos jactándonos de ser humanos, hay que llevarla para el bien de todos. En este punto de la historia vale la pena cuestionarnos si aún es posible, sin romanticismos, recomponer el camino o si es necesario, como Don Álvaro, arrojarnos todos juntos del risco hacia el oscuro destino de la muerte.