Una pincelada de realidad en el lienzo del deseo: La contemplación en la poesía de Luis Cernuda

Luis Cernuda ha sido uno de los casos más claros de ‘voz’ poética. Lo que ha habido siempre en su mejor poesía ha sido eso: voz, indefinible acento, ritmo pero no insistente, sino tierno y ahogado como de agua murmurante.

Tomás Segovia

Contemplación. Con esta palabra —aun en distintas altitudes temáticas— Pedro Salinas, Elena Garro, James Valender, Octavio Paz y Miguel J. Flys coinciden al aproximarse hacia los primeros trazos del retrato del magnífico poeta sevillano Luis Cernuda Bidón (1902-1963). Por supuesto, estos retratos de palabras suelen trazarse con técnicas muy poéticas de pincel delgado y amable. “Era como si Cernuda viviera separado del mundo por una cortina invisible”, dice Elena Garro en sus memorias españolas, en las que la escritora mexicana nos lega cómo le conoció dorándose la piel bajo el fustigante sol en las playas de Valencia, en plena Guerra Civil. Garro nos describe a un Luis Cernuda tímido, cariñoso, melancólico y reforzadamente prudente ante las preguntas insaciables de Elena. Con esa misma paciencia con la que Cernuda observaba el mar de Valencia entre bombardeo y bombardeo, trazaba el recorrido de sus primeros pasos literarios. La soledad fue un ingrediente medular de la creación poética de Cernuda. La soledad permite que el poeta admire y contemple el mundo para articularlo mediante el misterioso y revelador lenguaje de la poesía. No son gratuitas todas las letras que se han escrito sobre los colores de Fray Luis de León en las imágenes poéticas del sevillano:

Aquella noche el mar no tuvo sueño.
Cansado de contar, siempre contar a tantas olas,
quiso vivir hacia lo lejos,
donde supiera alguien de su color amargo.

Un rito, un amor

Largo y tendido se ha hablado de la influencia de John Keats en el ánimo creador de los jardines poéticos de Cernuda. Si bien sería imprudente y estulto negar un influjo real del poeta inglés en la obra de Cernuda, me decanto por una preocupación estética y ontológica recurrente del autor de La realidad y el deseo. Una gran cantidad de los poemas del sevillano devienen en una mirada subjetiva de una experiencia que se irá apropiando la voz lírica hasta observarla como un todo lleno de colores, sensaciones, emociones y sentidos. La acción; es decir, el desplazamiento del poema no la realiza la voz del poema, sino que sucede desde la percepción de la experiencia:

Verdes están las hojas;
el crepúsculo huye,
anegándose en sombra
las fugitivas luces.

PRIMERAS POESÍAS

Más que un ánimo descriptivo, la poesía de Cernuda posee una dimensión de aprehensión subjetiva de un panorama a veces idílico, otras veces sombrío. He aquí otra de sus grandes influencias literarias que, por cierto, fue su iniciación con la poesía: la voz poética romántica y aprehensiva del otro gran poeta de Sevilla, Gustavo Adolfo Bécquer. De Bécquer, entre muchas cosas más, Luis Cernuda absorbió las espumas de la mimetización del poeta con la voz lírica y el ambiente en el universo del poema:

Te quiero.
Te lo he dicho con el viento,
jugueteando tal un animalillo en la arena
o iracundo como órgano tempestuoso;
[…]
te lo he dicho como las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas.

LOS PLACERES PROHIBIDOS
Ramón Gaya. Cernuda en la playa. 1934. Museo Ramón Gaya.

Vuelvo al concepto de la contemplación. En la mirada poética, las imágenes que se suscitan, precedidas por las palabras, incitan a la memoria de la subjetividad. De tal guisa, la reminiscencia del pasado también fluye como el agua del río de la memoria. La voz del poema se apropia de toda realidad cognoscible en el pasado y la revive como una nueva cortina de imágenes. En Donde habite el olvido (1934), antecediendo los poemas, Cernuda enarbola unos párrafos que funcionan como un pacto de lectura.

Como aparece en la “Rima LXVI”[1] de Bécquer, Cernuda alude a que las palabras son la única manera de poder recordar un pasado tortuoso, que siempre tenderá al olvido. Una de las paradojas platónicas de la poesía y otra de las grandes preguntas del ser humano se resuelven a manera de la contemplación activa del poeta y con la referencia directa a una existencia en comunión con la naturaleza, de la cual forma parte como un todo, el mismo todo que la voz poética contempla:

Adolescente fui en días idénticos a nubes,
cosa grácil, visible por penumbra y reflejo,
y extraño es, si ese recuerdo busco,
que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy.

DONDE HABITE EL OLVIDO

Luis Cernuda es una de las deslumbrantes joyas de la Generación del 27; de eso no queda ninguna duda. Numerosos poetas y amigos del sevillano laudaron la frescura de la poesía de Cernuda y es considerado como uno de los poetas más singulares del grupo del 27. La timidez con la que se ha asociado la personalidad de Cernuda se balancea con una imagen amena, pulcra y bien cuidada. “Moreno, delgado, finísimo, cuidadísimo”, lo recuerda Rafael Alberti; y la magnífica Concha Méndez, quien lo acompañará hasta el fin, lo describe como “Hombre hermético, retraído, incapaz de revelar en su trato un rasgo sentimental de clase alguna”. Parece imposible no pensar en sus bigotes bien delineados cuando se escucha su nombre.

Melancólico desde joven, acentuó este estado anímico cuando tuvo que huir de una España que se desangraba por el fascismo. Encontró refugio en el Reino Unido y Estados Unidos de América, pero se sintió más cálido en México, donde vivió hospedado en la casa de Concha Méndez y Miguel Altolaguirre en Coyoacán. Allí, entre los muros de piedra volcánica de la Universidad Nacional Autónoma de México —cuya nueva Ciudad Universitaria en el sur de la ciudad nunca le agradó— y los empedrados coloniales de Coyoacán, se abandonó hacia sí mismo como se abandona la voz poética hacia sus poemas, probablamente contemplándose como se contempla todo poeta buscando la improvisada realidad en un lienzo en el que siempre colocamos nuestros deseos y nuestros más profundos anhelos. En «el lugar por el que moran los coyotes», Cernuda no podía recostarse sobre la arena del mar y contemplar la naturaleza siendo reflejada por el agua salina del Mediterráneo, así que Cernuda, con su piel de oro, se convirtió en un coyote más que moraba entre los altos ahuehuetes y las casas coloridas.

El 5 de noviembre de 1963, Luis Cernuda murió de un infarto fulminante en el Coyoacán que lo adoptó amorosamente y de sus suspiros brotaron las ramas de una leyenda como uno de los más grandes poetas que han escrito sus versos en nuestra tan maravillosa lengua.


[1]  ¿De dónde vengo?… El más horrible y áspero
de los senderos busca;
las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura;
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.
¿Adónde voy? El más sombrío y triste
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas
en donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.